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Martes , 18.09.2018 / 19:27 Hoy

Hace 30 años

Ambos mundos.

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Hace treinta años, el 18 de septiembre de 1985, subí a un avión de Avianca, en Bogotá, con destino final a Madrid y escala en Santo Domingo, pues en esa época la autonomía de vuelo no alcanzaba para llegar hasta Europa de un solo jalón. Iba a estudiar Filología Hispánica a la Universidad Complutense de Madrid y tenía 19 años, pero lo que no sabía es que tardaría tanto en volver a vivir a Colombia.

Recuerdo los infinitos preparativos del viaje. La compra de ropa para el invierno: medias hasta las rodillas, guantes, una bufanda, abrigo pesado, una pinta elegante con mocasines y chaqueta de pana, unos tenis, tres blue jeans, etcétera. Y la elección de las cosas prácticas. Algunos me insistían en que debía llevar una navaja con tenedor y abrelatas, pues la frase que más escuché por esos días fue: “Para no tener que comprar allá”. O un extraño artilugio que no he vuelto a ver y que llevé: un tubo de metal que uno conectaba a la corriente y metía dentro del líquido, fuera café o leche, hasta que se ponía rojo. ¡Una cosa peligrosísima! Podía uno electrocutarse con nada. Y por supuesto, mi máquina de escribir Remington portátil más cintas de tinta de recambio, con la que debía dar inicio a mi sueño de esos días, que era el de convertirme en escritor.

Y por supuesto los libros. Todavía hoy conservo los que me llevé, lo que quiere decir que fueron y volvieron conmigo, y que además me acompañaron en Madrid, París, Roma y Nueva Delhi. Está, entre otros, la primera edición en español del Ulises, de James Joyce, traducida por José Salas Subirat (Editor Santiago Rueda de Buenos Aires, 14 de julio de 1945). También los dos tomos de los Cuentos completos de Edgar Allan Poe traducidos por Julio Cortázar. O Cuatro años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea Borda, y un libro de León de Greiff que me regaló mi padre en su primera edición, Fárrago Quinto Mamotreto (Ediciones S.L.B, 1955). Y unos pocos más, imprescindibles, para no tener que comprarlos allá.

En esos años irse a vivir a Europa era como viajar a otro planeta, y por eso la despedida en el aeropuerto fue el summum del melodrama. Unas 40 personas vinieron a decirme adiós, todos con ojos tristes, pasándome papelitos con mensajes, metiéndolos a mis bolsillos, dándome consejos de última hora, diciéndome frases simbólicas o enigmáticas o entregándome sobres con algunos dolaritos “para el viaje”. Abracé a mis más queridos amigos del barrio, del colegio y la universidad —ahí estaba Mario Mendoza—, también a mis tíos y primos, y por supuesto a mi novia de entonces (que después fue novia de Mario Mendoza). ¡Como haber asistido a mi propio funeral! Y por delante ese largo viaje, la incógnita del futuro, esa extraña orfandad que provoca el quedarse solo de repente, y la seguridad de que estaba tomando el camino correcto. Pero ignoro si ese joven tímido y delgado que se fue de Colombia aprobaría lo que hice yo de él, 30 años después. Escribo esto con la esperanza de no haberlo traicionado.

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