Me habría gustado responder

Es común escuchar que prácticamente la totalidad de las noticias que llegan de aquí tienen que ver con la violencia.
Antonio Ortuño.
Antonio Ortuño. (Jorge Carballo)

México

La semana pasada acudí a la Feria del Libro de Londres, quizá después de la de Frankfurt el evento editorial más relevante a nivel internacional. En mi caso, muy a menudo se aborda el tema de la situación en México, pues es común escuchar que prácticamente la totalidad de las noticias que llegan de aquí tienen que ver con la violencia relacionada con el narcotráfico, con las desapariciones, con las violaciones masivas de derechos humanos, o con los periódicos escándalos de corrupción gubernamental, que sorprenden principalmente porque casi siempre los involucrados permanecen impunes.

Principalmente por respeto hacia las miles de personas que en efecto viven un horror cotidiano a causa del tipo de noticias que viajan al extranjero, en general prefiero permanecer en silencio, pues solo la propaganda gubernamental es capaz de refutar la contundencia de estos hechos. Sin embargo, pensándolo posteriormente, me habría gustado argumentar que si bien cada una de las noticias espeluznantes que les llegan son ciertas –incluso son solo la punta del iceberg–, es verdad que no cuentan la historia completa de la realidad actual del país, pues existe una amplia capa poblacional que, a pesar de encontrarse asediada por la horrorosa realidad producida más o menos a partes iguales por el crimen organizado y por las autoridades, se esfuerza por vencer al desánimo y por intentar crear pequeños espacios, pequeños vínculos, en donde rijan códigos distintos, códigos que permitan imaginar que en un futuro pudiera haber un despertar de la actual pesadilla colectiva.

Para limitarme tan solo al espacio de los libros, en primera instancia es manifiesto que existen numerosos escritores jóvenes como Yuri Herrera, Emiliano Monge, Fernanda Melchor o Antonio Ortuño, por mencionar solo unos cuantos, cuyas obras son en cierta medida un reflejo, muy bien sublimado literariamente, de la realidad actual. Sería ingenuo pensar que la literatura es capaz de transformarla, pero sí ofrece un espacio de reflexión común que a su vez puede ayudar a pensar en distintas posibilidades colectivas. Pero no son los únicos: de nuevo, limitándome al mundo del libro, en estos años he constatado la existencia de un ejército anónimo de promotores de la lectura, funcionarios culturales, editores, libreros, periodistas y un sinfín de profesiones más, que desempeñan su labor magistralmente, bajo condiciones tan precarias que esos mismos editores con los que hablaba en Londres difícilmente podrían imaginar. En la mayoría de las ocasiones, los impulsa la convicción de que los libros y la lectura importan, de que para mucha gente, principalmente jóvenes, pueden llegar a ser una de las escasas vías de escape para imaginar futuros diferentes. Solo así se explica la existencia de tantas ferias del libro, festivales literarios, librerías en comunidades remotas y demás fenómenos que desafían a toda lógica económica o mercantil. Me habría gustado responderle a mis interlocutores que, sin ese México paralelo, que evidentemente no se limita solo al mundo del libro, quizá entonces sí ya nos hubiéramos ido completamente a la mierda.