A mí también me gusta James Dean

Escapar es un verbo no posible, existe una red de recuerdos conectados entre sí, todos lo llevan al mismo sitio. La ciudad es un fantasma de concreto que se tambalea, las voces se suspenden, todo ...
A mí también me gusta James Dean.
A mí también me gusta James Dean. (Arturo Fonseca)

México

El suicida nació muerto, su cuerpo es habitado por un muerto estorboso que se asoma gruñendo alguna tarde tranquila, que jadea desesperado en las playas familiares los domingos. Veneno, alguien va a pagar una noche o una mañana. ¿Qué hacía frente a la puerta de una extraña?, tocó para pedirle que bajara el volumen. El ruido lo sacaba de quicio, sí, le gustaban los motores ruidosos, no soportaba otra clase de ruido. Un motor rugiendo en medio de la noche le abría puertas extrañas a su interior. Tocó muchas veces antes de que ella abriera. La voz firme, no se trabó, le pidió escuchar moderadamente música. Ella empezó a reír, se asustó, por un momento pensó que tenía la capacidad de adivinar su pensamiento. Vivo con un hombre de hojalata, no tiene corazón, tú lo conoces ¿no?, no lo conozco, pasa, no te quedes ahí, la lluvia refrescó la ciudad, nadie debería estar fuera de casa cuando llueve. Todo estaba ordenado, a excepción de un mundo de discos compactos regados por todo el piso, una botella sobre la mesa de centro, una cubeta con hielos, cigarrillos desparramados en la mesa. A excepción de ese círculo desordenado cerca de los sillones, el sitio era un mundo de orden que le gustó. ¿Qué diferencia encontraba entre ella y cualquier persona? ¿qué afinidad?, tenía problemas al pensar que las personas escuchaban, leían, vivían, acumulaban cosas que no tenían nada en común.

Se quedó observando los cigarros, ¿no me digas que eres de esos raros? de ser así, tendrás que irte… pensándolo bien si quieres desmadrar mi casa, matarme o robarte todo, hazlo, me vale madre, cuando bebo, nada importa. Comenzó a reírse, lo contagió. ¿Vives con un hombre de hojalata entonces?, pensé que venías a buscarlo, nadie viene a buscarme desde hace dos años. Olvidé la sensación de que alguien toque y diga mi nombre, pregunte por mí o se dirija a mí en algún momento del día- la noche- los meses- los años, ¿sabes una cosa? A veces pienso que soy un mueble con ojos, si vas al baño, el mueble donde guardo todo lo de la tina podría ser yo, no, no, no… prefiero ser la cama ¿ves ese librero? imagínate que tiembla, se caen todos los libros, cosas y pendejadas que están ahí, el hombre de hojalata levantaría todo eso antes de verificar que no estoy muerta bajo el techo de la cocina o aplastada por un muro. Solo te pregunté si en verdad vivías con un hombre de hojalata

¿Eres de esos a los que no les gusta escuchar?, creo que soy de esos a los que no les gusta escuchar, ¿qué te gusta entonces?, James Dean, ¡A mi me gusta James Dean!, saltó, corrió a uno de los cuartos, al regresar llevaba en sus manos sobres y sobres de papeles extraños, libretas, todo tipo de sobres, sacó uno de ese mundo de papeles, era color blanco tamaño carta, salieron un par de postales, James Dean posando en su Mustang, extendió más de 16 postales de James posando en un suéter color café agarrándose el cuello con las manos emulando una chamarra de cuero, una serie que había visto alguna vez en uno de sus viajes a Nueva York, él quería ser esas poses de rockstar, autos viejos, rock and roll, valium y suicidio. Te las regalo, escoge las que quieras, No las quiero, ¿Ah no?, entonces vete a la chingada, mueve el culito tan pequeño-que-tienes de-mi-sillón, vete. Se levantó, quiso pedir una disculpa, se sintió tan estúpido, ¿por qué iba a disculparse por rechazar un regalo que no pidió? Salió abrumado del departamento de la extraña, no sabía que sentir, pena, alegría, había visto en los ojos de esa mujer tristeza cuando dijo que no las quería, le gustaba hacer daño, esta vez no sintió alegría, sintió tristeza. Ganas de llorar mezcladas con ganas de regresar. Arista y Mina, una esquina única, solitaria. Vagar, llegará el día de lavar su cadáver desde la nada. Cada animal tiene una ruta. Caminó hasta Insurgentes, se metió al Burger King, pidió una hamburguesa doble, recordó que ya había comido, recogió su combo, salió, lo tiró en el bote rebosante de basura que estaba en esa esquina. Un olor a basura lo siguió por varias calles, no pensaba en nada, se metió al bar Latino, sintiéndose igual que el personaje principal de East of Eden, “puedo arreglarlo”, pidió ginebra en un vaso alto con hielos, sintió ganas de no estar ahí, la horrorosa posibilidad de amanecer vivo, tenía que darse prisa. Lo que tú necesitas es morir. Bebió lentamente.

La muerte primero, todo lo que parece vivo sirve para sobornar a la muerte que acompaña al suicida. No estaba seguro de haber tocado la puerta de su vecina, alguien sin rostro hasta esa mañana, muchas cosas de su vida le parecían ficciones, había días en que aseguraba no salir jamás, extrañamente los pies le dolían, juraba que las quemaduras en sus manos no eran producto de las jarras de té, seguramente eran los cigarrillos que a veces se consumían en sus dedos mientras miraba desde su ventana en la calle de Arista, horas de trance en las que se concentraba para no pensar en nada, siempre terminaba pensando en que no quería pensar, entonces lo asaltaban uno a uno, motivos, motivos, motivos viejos, pero que aún lograban hacer efecto devastador. Todo eran justificaciones, sólo eso. Estaba solo, tendría que aceptarlo tarde o temprano, sintió por un momento haber perdido algo, no sabía exactamente qué, pero dentro de su alma tenía un hueco, una pérdida, algo que le dolía. Lo despertó de ese trance el ruido del Metro Revolución, su mugre sin gracia, travestis y transexuales con plastas de maquillaje le ofrecían placer, una mujer con cara de pájaro echaba la suerte desde su silla de ruedas, le sonrió, ¿quieres saber qué pasaría si te mueres?, nada, no sucedería nada. Va tarde a ninguna parte. Paga un boleto. Desciende. Último vagón, alcanzó lugar, una chica vestida de blanco leía Julieta, Sade, edición de 20 pesos. Las estaciones del Metro llevaban algunos años con puestitos pequeños dentro de cada estación, había ojeado meses atrás la versión, le pareció demasiado censurada ¿qué esperabas por 20 pesos? La chica que atendía el puesto lo miró de un modo extraño, le preguntó si deseaba comprarlo, Sade censurado es una baratija que jamás estará en mi librero.  La chica no le contestó, ¿qué podía esperar? no era agradable, solo a la vista, ojos expresivos, buena piel, un rostro levemente marcado por el dolor, no lo suficiente, los otros no lo notaban, sus palabras tenían un efecto taladro bastante decepcionante.

Observó a la chica un par de estaciones más, cuando llegaron a Tacuba él se bajó, una última mirada a la chica de blanco que leía. Sintió pena por ella. Sintió pena por toda esa manada que olía a trabajos mal pagados, tristes, inhumanos. Él era mesero, un buen mesero, no era ese chico lento que tropezaba con los demás, no era el niño bonito en clases de piano, tampoco era el chico de 19 que descubrió el vacío. Su vida jamás tuvo inicio, ¿cuántos recuerdos puede guardar una razón destruida medias? No lo sabe, repasa el pasado para soportar el presente. Escapar es un verbo no posible, existe una red de recuerdos conectados entre sí, todos lo llevan al mismo sitio. La ciudad es un fantasma de concreto que se tambalea, las voces se suspenden, todo va quedando obscuro. La hora detenida en el reloj de la estación, salió del Metro, observó las sucias escaleras, el ruido de la calle le distrajo un poco de esa tarde tan confusa.

El lenguaje desnudo de la miseria personal. Soy un accidente, estar aquí es un accidente, lo provoqué. Un auto a toda velocidad lo trajo de regreso a la avenida. Caminó, compró unos cigarros, la enfermedad rondaba su corazón, la vida estaba afuera, él estaba dentro, podía considerarse a salvo de esa vida alegre que tiene motivos para cualquier situación o sentimiento. Pensó en James Dean, toma con sus manos el cuello del suéter,  la cabeza en alto, un poco ladeada, enciende un cigarro, si alguien tomara una fotografía de ese momento, podría saber quién es. En las calles: la ausencia, en cualquier sitio él es aquello que falta. Una calada, respira, observa, fumando como James se pierde en avenida Revolución buscando un auto.

*Novelista. Autora de "Señorita Vodka" (Tusquets)