La guerra es la paz

Por parte de las potencias mundiales, la política parece ser una orwelliana guerra perpetua como estado normal de cosas.
Una orwelliana guerra perpetua.
Una orwelliana guerra perpetua. (Reuters)

México

Hace un par de días, el periodista de The Guardian, George Monbiot, publicó un artículo cuya traducción sería “¿Por qué detenernos con el Estado Islámico cuando podríamos bombardear al mundo árabe entero?” (http://www.theguardian.com/commentisfree/2014/sep/30/isis-bomb-muslim-world-air-strikes-saudi-arabia), en donde analiza con mordaz sarcasmo la actual política occidental de bombardear al sanguinario Estado Islámico, al mismo tiempo que tolera otro tipo de atrocidades perpetradas por regímenes como el de Arabia Saudita, Siria o incluso el propio Israel. A la par de las escalofriantes decapitaciones grabadas y difundidas por el Estado Islámico (EI), Monbiot enlista masacres de las milicias shiítas en Irak, las 59 decapitaciones ocurridas este año en Arabia Saudita por adulterio y brujería, la matanza de más de 2 mil 100 palestinos por parte del ejército israelí, o un memorando secreto de Hillary Clinton donde establece que Arabia Saudita apoya financieramente a Al-Qaeda y a los talibanes.

Como bien establece Monbiot, no es solo que el mismo imperativo moral que se aduce para bombardear al EI sería aplicable al resto de los casos, sino que probablemente es justo lo que el EI desea, para azuzar su versión de la lucha entre bien y mal librada contra Occidente. Por parte de las potencias mundiales, la política parece ser una orwelliana guerra perpetua como estado normal de cosas: “Los objetivos cambian, la política no. No importa cuál sea la pregunta, la respuesta son las bombas. En el nombre de la paz y de la preservación de la vida, nuestros gobiernos libran una guerra perpetua”. Y lo peor es que, incluso a nivel de resultados, “Las regiones en las que nuestros gobiernos han intervenido son aquellas que más sufren del terrorismo y la guerra. Nada de eso es ni casual ni sorprendente”.

El mecanismo que subyace al análisis de Monbiot consiste en la adopción, por los regímenes occidentales, de la misma narrativa de la lucha del bien contra el mal, que principalmente a nivel mental permite no profundizar en las causas históricas de conflictos geopolíticos, muchas de las cuales tienen que ver con las políticas imperialistas y predatorias de dichos regímenes. Resulta mucho más sencillo y reconfortante simplemente considerar malvado a todo aquel que no se pliega a los intereses de la narrativa libertaria-consumista, y hacer la vista gorda frente a las atrocidades cometidas por quienes sí lo hacen. La violencia tan solo engendrará nuevas formas de violencia, pero en el fondo la escalada funciona para producir una guerra perpetua, dotando a ambos bandos de una meta última que justifique las respectivas maneras de existir.