“Soy la guardiana de esta ruina…”: Wendy Guerra

La autora cubana alcanzó resonancia literaria por plasmar en sus novelas la crítica situación de los sectores intelectuales y artísticos de la isla, así como la realidad cruzada de contradicciones ...

Ciudad de México

Wendy Guerra (Cuba, 1970) posee una potente y seductora voz narrativa coloreada de sensualidad y rítmica, controvertida además porque, sin ser política de forma unívoca, explora temas incómodos para el régimen de su país: la persistencia del racismo y la discriminación en la isla, donde la raza negra aún no logra una presencia masiva en las instancias de gobierno y autoridad; el contraste entre la buena instrucción escolar y una educación general dominada por el machismo, los prejuicios de género y cierto fanatismo; el ejercicio de una sexualidad polimorfa y abierta a pesar de la autoritaria “reorientación” de homosexuales, lesbianas y transgénero; el delirio colectivo implícito en los catárticos rituales de la santería; el acallamiento de artistas y creadores, el drama de la diáspora cubana, el exilio de innumerables artistas desde los años sesenta.

Otro de sus asuntos centrales es la lucha por la libertad de expresión por difundir las obras artísticas e intelectuales en un país con enormes limitaciones económicas y donde el Estado decide qué se edita y a quién se promueve, restricción padecida por la misma escritora a quien no se publica en la isla no obstante haber ganado el premio Bruguera 2006 con su novela en clave autobiográfica Todos se van, de contar con varios poemarios y de haber publicado las novelas Nunca fui Primera Dama (Bruguera, 2008), Posar desnuda en La Habana (Alfaguara, 2010) y Negra (Anagrama, 2013).

“Como Eliseo Diego, José Ponte, María Elena Cruz Varela, Cabrera Infante, Reinaldo Arenas y una infinita lista de autores cubanos, no soy editada en mi patria. Eso tiene una explicación muy simple, el Estado es dueño y señor de todo y no hay opciones, ellos han decidido dejarnos Fuera del juego, como tituló su poemario Heberto Padilla y por el cual fue expulsado de Cuba. Pertenezco a una dinastía de autores silenciados y cuando entro a mi isla, luego de ser traducida a tantas lenguas, resiento un potente silencio sobre mí. Soy parte de un duro silencio”.


Wendy nació en la costa nororiente de Cuba, en medio de otro de los álgidos (y cíclicos) tropiezos de la Revolución Cubana:

“Era el invierno de 1970 y nos encontrábamos en una crisis terrible. Las 10 millones de arrobas de caña exigidas por Fidel no fueron posibles, el país estaba a oscuras, ni carnavales, ni fiestas, no había nada para celebrar y muy poco para comer, vestir, fumar o alumbrarse. Vine al mundo en un pequeño hospital de provincia y nos mudamos a la ciudad más hermosa de Cuba, Cienfuegos, una ciudad afrancesada y discreta. El patio de mi casa era el mar, aprendí a nadar sola encontrando la laguna dulce dentro de la corriente salada y conviví con un mundo soviético de militares e ingenieros nucleares, ese mundo se movía y decidía por nosotros de una manera oculta y a la vez presente, autoritaria. Veía pasar los submarinos en Cayo Carenas y mis amigos descubrían su ‘antenita’ o el ‘lomo’, sabiendo que debajo de esas aguas del Caribe un mundo ruso nos espiaba. Juicios, delaciones, despedidas, exilios, todo esto sucedía a mi lado mientras yo intentaba comportarme como una niña común en un país que había decidido ser diferente”.


A los 11 años Guerra debutó como conductora de un programa de televisión en la isla, rudimentario y en blanco y negro, pero se volvió una niña admirada por una generación de jóvenes. Empezó luego a escribir poesía mientras sus amigos dejaban el país y partían al exilio. Wendy decidió quedarse y aún después de su reconocimiento literario en América y Europa, persiste en esta voluntad.

“Yo me siento a veces culpable por haberme quedado. Culpable porque siento que estoy dejando que acaben con el país. Mis amigos se han ido, me han dejado sus cosas, me han dado sus fotos de familia... y a veces veo las ruinas y a veces digo, dios mío, no puedo hacer nada más que escribir. Yo siento que no he hecho nada para que mis amigos vuelvan, que estando ahí no he podido hacer lo suficiente, y mira que más palos no puedo recibir, pero siento que me quedo porque soy la guardiana del dolor, de esta historia, de esta ruina... Pero si me hubiera ido me sentiría también culpable por irme, por abandonar mi espacio.

“Y están los escritores muertos fuera de Cuba, sin la posibilidad ya no de publicar sino de volver a ver a su familia... de poder regresar. Esto es terrible, hay que ser muy indecente para no sentirse mal, viviendo en Cuba, publicando en el mundo entero, y no sentir dolor por los que se han ido sin poder volver, grandes autores... Yo sé lo que cuesta vivir en el exilio y en el ‘inxilio’ en el que yo estoy, porque la ciudad que ellos dejaron ya no existe tampoco. Así que yo vivo en un ‘inxilio’, que es una especie de estado amorfo, ni gaseoso ni líquido ni sólido. Como dijo Cavafis, la ciudad que tú amas va contigo, la ciudad que tú amas ya no existe”.


Guerra asume sus influencias canónicas, Lezama Lima y Carpentier, y se siente heredera del grupo Orígenes, el cual transformó la literatura cubana en los años cuarenta con escritores como el propio Lezama, Eliseo Alberto, Virgilio Piñera, Cintio Vitier, Fina García y el pintor René Portocarrero.

“Soy una cubana que ama Orígenes y todo lo que significó ese grupo. Vengo de ahí y me siento parte de eso, de lo que pasó con ellos, de esos cánones que establecieron para que nosotros siguiéramos escribiendo; eso es para mí el antes y el después de la literatura de la cual yo soy parte.

“De niña, mi mamá me leía a Lezama, siempre lo cuento porque era muy extraño, me quedaba con sus imágenes... y amo a Cerpentier. Creo que mi madre lo tenía claro cuando me dio lo que medio a leer. Desde niña me hizo un programa de estudios alternativo a la escuela. En la escuela sí se leía a Carpentier, por supuesto, pero no a Lezama, cuando yo estudiaba no iba a estar para nada Lezama en los programas de estudio, en medio del problema de la ‘parametrización’ en Cuba (la expulsión y prohibición de varios autores por disidencias políticas o preferencias sexuales). Lezama es La Habana, es una cosa muy fuerte. Hay momentos en que no te lo puedo describir pero lo siento ahí, en lugares. Es esa cosa que tenemos s los cubanos, toda esta cosa cultural, hay momentos, hay mármoles, hay exhuberancias en el lenguaje de la vida cotidiana que son muy Lezama. Aunque sea en medio de las ruinas y del polvo, hay presencias muy lezamianas, pero hay que vivir ahí para darse cuenta de eso... Y a veces agarro los libros de Cabrera Infante, subrayo los lugares y voy a verlos. No te imaginas lo distintos que están descritos, entre la realidad y la de Cabrera, hay otra realidad... En mi obra hay un homenaje a estas Habanas, la de Cabrera, la de Pedro Juan Gutiérrez, la de Arenas, a las Habanas distintas y distantes”.


Para “sentir” que hace algo más y aprovechar sus relaciones y su éxito literario, Wendy Guerra busca ahora editar autores jóvenes y del exilio.

“Estoy en busca de apoyos para hacer una editorial independiente en Cuba, ‘Malcriados’ le pusimos, a ver si a través de alguna fundación, porque en Cuba nadie puede entrar y editar o publicar miles de libros. Yo no soy la más indicada, con todos mis tropiezos en el mundo editorial, pero estoy tratando de publicar y sacar de la nada a esos autores muy buenos y desconocidos. Pero tengo otra culpa, porque desde luego yo no soy la mejor escritora cubana. Conozco a una, Ana Lucía Portela, y me parece la más grande de mi generación. Estoy buscando jóvenes para publicarlos y quiero también reeditar a Eliseo Diego, reeditar a Lichi, reeditar incluso gente del exilio, desde una posición independiente. Lo voy a hacer, es parte de la decencia de una persona de su tiempo, porque yo no soy capaz, como muchos jóvenes hoy en día, de salir a la calle y gritar, pero ésta sí es mi manera de defender la conciencia de mi país”.