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Lunes , 16.07.2018 / 11:11 Hoy

Greenaway en Guanajuato

Los paisajes invisibles.

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Iván Ríos Gascón

Es natural que un creador tenga altibajos. Son pocos los escritores cuya bibliografía se compone de puras obras maestras, lo mismo que entre las partituras de los músicos suele haber piezas menores y que en la producción de los artistas plásticos haya series de poca o nula energía simbólica. Los dramaturgos fallan ocasionalmente en los montajes; los actores no atinan siempre al vestir la piel de sus personajes; los fotógrafos corren el riesgo de extraviar la luz y los cineastas, bueno, los cineastas pueden entramparse a la hora de dirigir, editar, incluso al momento de mirar.

No obstante siempre hay límites, o debe haberlos, al incurrir en una pifia, de lo contrario ésta puede convertirse en una bola de nieve y crecer y crecer hasta alcanzar una dimensión insospechada. Pienso esto al recordar el primer gran error de Peter Greenaway en Eisenstein en Guanajuato, un detalle mínimo, casi intrascendente si se quiere, pero incomprensible para el escrupuloso ojo de un maestro de la poesía visual y los escarpados del desaliento humano: tras el exordio del fundido de apertura, la historia comienza con ese ruso amanerado y extravagante hasta la caricatura debido a la interpretación de Elmer Bäck, arribando a Guanajuato en su coche rojo. Lo que vemos en segundo plano es, ni más ni menos, que La Giganta de José Luis Cuevas, ubicada en el Jardín de la Unión entre el Teatro Juárez y el Templo de San Diego. Es un detalle nimio, reiteramos, pero como se trata de una historia fechada en 1931, bien pudo evitarse su inclusión en el valioso rectángulo del que hablaba Hitchcock, para eso sirve el encuadre, la imagen es un todo.

A partir de entonces comienza la espiral de abigarramientos y deslices. Greenaway, el virtuoso que cuenta con portentos como La panza del arquitecto, El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante o El libro de cabecera u 8 mujeres ½, sucumbe a la tentación de contemplar un México mágico cursi y recargado, de introducir a su Sergei en un caracol de asombros patéticos hasta la ñoñez, y de mover a sus títeres con la misma torpeza que, digamos, la de Sebastián del Amo en su Cantinflas (2014): personajes acartonados (una Frida Kahlo flaca y cejijunta, un Diego Rivera que más que al muralista recuerda al Panzón Soto, una sobreactuada Mary Craig Sinclair), composiciones que de tan relamidas habrían hecho enrojecer al genuino Eisenstein (con solo leer El sentido del cine, libro esencial del realizador de El acorazado Potemkin, se pueden advertir los empalagos visuales de Greenaway), diálogos descoloridos y pedestres, situaciones de menesteroso sentido del humor, como esa aparición constante de un trío de matones que semejan clones de una peli de Robert Rodríguez. En suma, el Eisenstein que en Guanajuato encuentra su Waterloo sexual y sentimental, se torna un serafín caído en la tierra del pulque, del mezcal y del maguey.

¿A qué se debe que un cineasta agudo y, más que experto, magistral, como Peter Greenaway, hiciera un filme tan descosido al inspirarse, paradójicamente, en un legendario colega de la pantalla grande y su descubrimiento del sarape? ¿Fue por Eisenstein o por Guanajuato?

Es natural que un creador tenga altibajos, sí, pero me sigue pareciendo inexplicable cuando le ocurre a un artista que ya consolidó un estilo, una idea estética redonda. ¿Será, acaso, la geografía? Pensemos en la Italia del arquitecto Kracklite (La panza…), en el Japón de la romántica Nagiko (El libro de cabecera), en el chalet de Ginebra de los Emmenthal (8 mujeres y ½), en… para qué nombrar más escenarios. Quizá las locaciones poseen un anatema y ni hablar. México siempre suscita el pintoresquismo más básico, naíf, en la imaginación del forastero.

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