El gran escape

A decir de Hermann Broch, nada como la religión del trabajo para extraernos con eficacia de nuestra propia conciencia.
Hermann Broch.
Hermann Broch. (Especial)

México

Uno de los asuntos más enigmáticos en torno al ser humano, más allá de las necesidades básicas que hacen posible la supervivencia, es: ¿qué es lo que nos impulsa a actuar a lo largo de la vida? Quizá buena parte del atractivo de las narrativas religiosas esté relacionado con el hecho de que responden a la pregunta por el sentido de la existencia. Sin embargo, a pesar de que comúnmente la religión pone el énfasis en el más allá, en realidad el gran alivio que provee es un código de conducta para orientar a los fieles sobre cómo comportarse en el más acá. Al proveer incluso de remedios tan adictivos como la culpa y la penitencia, la religión permite evadir la responsabilidad de decidir y hacerse cargo de uno mismo, pues un ser superior llamado Dios ya se ha tomado la molestia de determinar por nosotros cuáles son las reglas a las cuales hemos de plegarnos si queremos algún día participar de su gloria. Esto hace que el infierno no sean los otros sino uno mismo, pues la vida mental se convierte a menudo en una maraña de anhelos sepultados por prohibiciones, que se rebelan contra éstas mediante actos llamados a transgredirlas, con lo que a su vez engendrarán brotes de remordimiento para que el individuo pueda flagelarse, y en medio de todas estas fuerzas en batalla perpetua ya no queda nadie llamado “yo” con la obligación de hacerse responsable de decidir cómo ha de conducir su existencia.

Como han demostrado varios pensadores, la narrativa moderna, pese a ser secular, conservó prácticamente intacta la estructura religiosa. A través de códigos de conducta jurídicos, sociales, institucionales, educativos y demás, resumidos en lo que Michelstaedter llamó “el aparato retórico que estructura nuestras vidas”, nos pasamos la vida entera obedeciendo e imitando una vida que termina siendo de todos menos nuestra. Y es que, a decir de Hermann Broch, nada como la religión del trabajo para extraernos con eficacia de nuestra propia conciencia: “Pues el ritmo del trabajo es un buen amo de los hombres; los libera de tener que elegir y de una libertad que no les sirve para nada. Ah, ya no tienen más tiempo para tomar decisiones; más y más rápidamente se les escapa la vida y ellos quedan como paralizados por la prisa con que aquella huye”. Así que cambian las formas de lidiar con la angustia, pero la constante es que siempre buscamos resolverla mediante un orden rígido, dictado por quien sea excepto por uno mismo. Y es que, como bien dice uno de los personajes de Broch en El maleficio: “Si todo no fuera más que puro azar, no cabría otro camino más que la desesperación”.