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Miércoles , 18.07.2018 / 17:38 Hoy

Gol, terremoto y civilización

Toscanadas


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David Toscana

No sé cómo fue el famoso terremoto de Lisboa, pero cuando Ederzito anotó su gol en el minuto 109 contra Francia, sentí que el suelo vibraba como en aquel noviembre de 1755, con la diferencia de que el movimiento telúrico del pasado lo había causado la ira de Dios, y ahora, a decir del presidente Marcelo, fue una gracia de la Virgen de Fátima.

Siempre es mejor dejar la responsabilidad de una catástrofe telúrica a las fuerzas naturales o se puede llevar a muchos judíos a la hoguera, como ocurrió en aquel siglo XVIII; y en el caso de eventos deportivos, dejémosla en manos de los jugadores, pues de lo contrario habría que alzar un debate teológico. Dado que la virgen que se apareció en Fátima es la misma que se manifestó en Lourdes, ¿acaso siente más cariño por Lucía, Francisco y Jacinta, los tres pastorcitos portugueses, que por Bernadette Soubirous, la pastorcita francesa? Para el que cree, todo es posible, y vaya uno a saber si el tercer misterio de la virgen de Fátima consistía en este resultado futbolero, lo cual le habría dado información privilegiada a un papa apostador.

Haya sido como haya sido, cuando pitó el árbitro me fui a caminar por Príncipe Real, Chiado, la plaza de Rossio, y finalmente a la plaza Marqués de Pombal, que para los lisboetas es lo que el Ángel para los chilangos. Vi que el futbol es en verdad capaz de dar alegría, y si se le mezcla con un poco de historia y política, esa alegría llega incluso a tener sentido y hasta puede echar raíces en forma de dignidad.

Si llegó a haber una nota discordante, se debió a esos turistas ingleses que están destinados a hacer el ridículo en el mundo entero, más aún en un país donde la cerveza cuesta la tercera parte que en su tierra; más aún porque su soberbia no les ha informado que hace mucho dejaron de ser imperio, que su monarquía es una broma y que el inglés dejó de ser la lengua de Shakespeare para volverse la de John Doe.

Portugal también fue imperio, pero dejó atrás la soberbia, si es que algún día la tuvo. La historia les enseña, pero no los contamina. Disfrazado de tercer mundo, Portugal es sin duda el país más civilizado del mundo.

Para muestra, un botón: los resultados electorales fueron tan poco decisivos como en España; sin embargo, izquierda y derecha se pusieron de acuerdo muy pronto para formar un gobierno: eso hacen los hombres de Estado. En cambio en España la rebatinga continúa sin que se vislumbre un acuerdo: eso hacen los hombrecitos de partido.

Portugal es un oasis en la Europa cascarrabias. Recientemente el país fue nominado entre los cinco más pacíficos del mundo. Y en verdad que los miles y miles que salieron a festejar este domingo no precisaron de un despliegue policial para mantener el orden, como se precisa infructuosamente en Pamplona. Vivir en uno de los países más seguros del mundo es una bendición impagable. La libertad comienza con la seguridad; en cambio la desconfianza mata la convivencia.

No me extenderé en las maravillas de vivir en un país como Portugal, pues aquí me he hermanado con otros escritores que convirtieron Lisboa en su casa, como José Manuel Fajardo, Karla Suárez, Mempo Giardinelli y el caballeresco Antonio Sarabia, e hicimos el pacto de desinformar a la gente; de decir que la vida en Portugal es terrible, para así disuadir al enjambre de potenciales inmigrantes que vendrían a subirnos el precio de las rentas y nos convertirían la modesta tasca de la esquina en el bar de moda y la paz nocturna en un bullicio madrileño y la copa con los amigos en un vómito británico y la cortesía de las ruas en el enfado de las rues.

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