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Sábado , 23.06.2018 / 22:40 Hoy

Gogolear

Toscanadas

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David Toscana

Dostoievski dijo que todos veníamos de El capote de Gógol, o, según la traducción, que habíamos salido o éramos hijos de él.

La frase puede ser literaria. De tal modo, los escritores distinguen en los hombres pequeños y sin atributos un manantial de historias para contar. No hace falta encabezar un ejército o salir a deshacer entuertos para que un personaje pueda llamarse héroe.

La frase también puede salirse del dominio de la literatura y dirigirse al ser humano en su vida cotidiana. En ella vemos una legión detrás de otra de Akakis Akakievich. Adonde uno voltee, descubre personajes secundarios o terciarios o menos aún. Gógol habla así de su personaje: “En cierto departamento ministerial trabajaba un funcionario, de quien apenas si se puede decir que tenía algo de particular”.

Pero esto no es un problema. Una sociedad no puede funcionar si todos aspiran a ser Beethoven o Einstein o Cervantes o Magallanes o Jobs o Maradona o Pavarotti o a ganar un Premio Nobel de Física o de Medicina. Esas ambiciones a veces se expresan en la infancia a modo de sueño, pero sin ir acompañadas del hambre, la inteligencia, el ingenio y la disciplina necesarios.

Si ningún niño tiene el anhelo de convertirse en albañil o cajero o taxista o afanador, ¿entonces de dónde salen los albañiles y cajeros y taxistas y afanadores? Tiene que haber un momento en el que el niño se quita la capa de superhéroe y se pone el capote de Gógol.

Quizá el texto más influyente para modelar la vida de los seres humanos no sea algún clásico de la literatura o un libro sagrado o un tratado científico sino el aviso oportuno. Se solicita ayudante de chofer, guardias de seguridad, operario de torno, demostradoras, agentes de ventas, auxiliar de almacén, empacador, intendente, mesero, parrillero, promotor de tarjeta de crédito, recepcionista. Se solicitan Akakis Akakievich, o, para seguir con Gógol: se solicitan almas muertas.

Luego de muchos esfuerzos, Akaki Akakievich pudo comprarse un capote nuevo. Eso lo hizo sentirse un hombre nuevo. Distinto. Más digno que él mismo con el capote viejo. Y es que cuando flaquea el ser siempre se puede engañar con el tener.

Pero que Akaki Akakievich sea el protagonista de El capote, y que El capote sea una obra de arte, no significa que la vida de los empleados se acerque al arte. Nada de eso. Si Akaki tiene grandeza es porque ésta se la concedió Gógol. El Akaki de palabras es grande. Pero Akaki de carne y hueso es triste y patético.

Ergo, si todos venimos de El capote, entonces todos somos tristes y patéticos.

Y nuestra vida siempre será muy distinta al relato de nuestra vida.

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