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SEMÁFORO
El autor de Decadencia y caída del Imperio romano
El autor de Decadencia y caída del Imperio romano (Especial)

Notable la cantidad de analistas que hoy buscan ejemplo y rumbo en la Ilustración. Las actitudes ilustradas cobijan una superioridad: somos mejores que nuestros ancestros porque los hemos digerido y seguimos avanzando. En otras épocas se percibe lo contrario: no importa cuánto talento, cuánto conocimiento acumulemos, jamás estaremos a la altura de los genios de nuestro pasado. Podremos asimilarlos, pero no alcanzar las mismas cumbres.

Las ilustraciones se asumen como épocas cultas y altas y suponen que su labor es llevar más arriba la vara de medir. Aman la educación y los trabajos editoriales, admiran la tecnología como forma de pensamiento, más que como medio de producción; creen en la ciencia como virtud humana, juzgan obligatorio el esfuerzo por incrementar el conocimiento y organizan el juicio moral desde la ecuación de Aristóteles: el conocimiento lleva a la virtud y viceversa.

Edward Gibbon, una de las cimas de la Ilustración, se toma apenas tres mil páginas para explicar la Decadencia y caída del Imperio romano. Suena a muchas páginas. Cuando uno se engancha en la lectura, se vuelven pocas. Y desesperantes cuando uno entiende que la descripción de la decadencia perfectamente cabe para nuestros días y país: la SEP, Pemex, las cámaras de diputados, senadores... grillas inútiles, históricamente frívolas, guerras entre ellos por el poder y los dineros públicos, cada vez más lejos de sus objetivos originales.

Tal cual describe Gibbon los afanes del ejército romano: nunca se dieron cuenta de que su objetivo y obligación, la paz civil, la vida jurídica, les quedaba cada vez más lejos. Destruyeron sus objetivos y siguieron peleando durante siglos por cosas que ellos mismos volvieron imposibles.

Cualquier zona política, económica, cultural puede servir de ejemplo. Digamos, la educación: una nación emprende la idea de volver accesible la educación para todos y diseña sistemas y estructuras. A poco, surgen conflictos entre las cabezas operativas, las facciones, los intereses; crece la burocracia y pronto hay más empleados de los necesarios y las filas gremiales siguen aumentando. Se multiplica la burocracia, pero siguen creyendo que son educadores y son el gran beneficio del país. Una bolita de patricios venales se enfrentan con bárbaros llenos de resentimiento.

Las decadencias calcan los objetivos ilustrados, pero cada vez quedan un poco más abajo y más lejos de unos valores que heredaron y nunca revisaron. Simulan soluciones cuando no hacen sino alargarse y todo se vuelve síntoma. Muchas causas, distintos tiempos. Una constante: suponer que las cosas pueden repararse, que, pasada esta crisis, podremos volver al objetivo principal. Lo mismo vale para generales romanos (imaginaban que destruyendo a los godos, Roma volvería al esplendor imperial) o para funcionarios que creen que, una vez sometidos los sindicatos magisteriales, México retomará el impulso benefactor e ilustrado de la educación estatal. Las eras decadentes necean con la reparación de vejestorios, incluso a sabiendas de que sería mejor, más barato, eficiente, de mayor calidad, soltar amarras y que la sociedad construya sus nuevos objetivos.