La gente pequeñita

Como alguna vez dijera la multimillonaria estadunidense Leona Helmsley: “Nosotros no pagamos impuestos. Solo la gente pequeñita paga impuestos”.
Leona Helmsley.
Leona Helmsley. (Jennifer Graylock/AP)

México

Uno de los postulados esenciales de la teoría económica neoliberal es que los agentes económicos no puedan recurrir a lo que se conoce como Esquema Ponzi, que consiste básicamente en endeudarse para ir pagando deudas anteriores, como un perro que se muerde la cola hasta el infinito, bajo la ilusión de que a cada giro la cola fuera la de alguien más y no la suya. Sin embargo, buena parte de Occidente lleva décadas viviendo así, y sin el financiamiento de los mercados internacionales prácticamente todas las grandes economías caerían en la quiebra y en el impago de servicios, como se recuerda cada año con el drama de la autorización que emite el Congreso de Estados Unidos para que el gobierno pueda endeudarse y no deje de pagar sus cuentas.

Esto ocurre en buena medida por el proyecto de clase neoliberal que, bajo la bandera de la libertad y de luchar contra la tiranía del Big Government, ha pujado con éxito por una reducción de impuestos, ayudada por complicadas operaciones de transferencias de recursos entre empresas y filiales, de manera que grandes compañías como Apple terminan pagando una cantidad irrisoria de impuestos en lugares como España, pese a que sus productos generan ahí ventas descomunales. Como alguna vez dijera la multimillonaria estadunidense Leona Helmsley: “Nosotros no pagamos impuestos. Solo la gente pequeñita paga impuestos”. Este desliz freudiano revela claramente la conciencia de la clase que se ha hecho con el poder gubernamental, empresarial y académico durante las últimas décadas, que ha dejado a los gobiernos con niveles de endeudamiento inusitados, arrodillados frente a los designios de los mercados, que cada vez exigen menos regulaciones y mayores beneficios fiscales.

¿Y quién llena el vacío? Principalmente, la filantropía y las marcas. La primera funciona como mecanismo para destinar dinero que en parte tendría que pagarse en impuestos a la preocupación en turno del millonario excéntrico, que con eso lava su imagen ante la sociedad y se muestra como alguien comprometido con los excesos e injusticias que en realidad él representa mejor que nadie. Al mismo tiempo, las marcas han encontrado una publicidad permanente al remozar parques, intercambiar córneas por goles, y emprender campañas contra la obesidad, a pesar de que puedan ser una de las principales fuentes de la misma. Quizá no nos encontremos tan lejos de lo que imaginó David Foster Wallace: que se venda el patrocinio de los años, y así al menos, si por ejemplo el 2015 fuera El Año Coca-Cola, todos andaríamos más sonrientes y contagiados de la chispa de la vida.