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Viernes , 17.08.2018 / 04:44 Hoy

Gatopardismo

Toscanadas

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En El gatopardo, el padre Pirrone monologa con un campesino que se queda dormido. Sin necesidad de un largo tratado socioeconómico, expresa con claridad por qué las clases altas y bajas son tan distintas, antagonistas e incompatibles.

“Pietrino, los ‘señores’, como dice usted, no es gente fácil de entender. Viven en un universo particular que no ha sido creado directamente por Dios, sino por ellos mismos durante siglos de experiencias especialísimas, de afanes y alegrías suyas. Poseen una memoria colectiva muy poderosa, y por lo tanto se turban o se alegran por cosas que a usted y a mí nos importan un rábano, pero que para ellos son vitales porque están en relación con su patrimonio de recuerdos, de esperanzas y de temores de clase”.

“Usted saltaría para decirme que los señores hacen mal en sentir este desprecio por los demás… Pero añadiré que no es justo culpar de desprecio solo a los ‘señores’, puesto que éste es un vicio universal. Quien enseña en la Universidad desprecia al maestrillo de las escuelas parroquiales… Nosotros los eclesiásticos nos consideramos superiores a los laicos, y nosotros los jesuitas superiores al resto del clero… Para los magistrados los abogados no son más que incordios que tratan de demorar el funcionamiento de las leyes”.

Mas esta división de clases no la marca solo el dinero sino precisamente la clase, también conocida como buena crianza, hoy apenas llamada educación.

Por eso, sin salir de El gatopardo, vemos al alcalde que escaló hasta la cima de la escalera económica sin ascender en su clase: “El frac de don Calogero era una catástrofe. El paño era finísimo, el modelo reciente, pero el corte era sencillamente monstruoso… Las puntas de los faldones se erguían hacia el cielo en muda súplica, el ancho cuello era informe y, aunque sea doloroso, es necesario decirlo: los pies del alcalde estaban calzados con botas de botones”.

Don Calogero admira ese nuevo mundo al que ahora pertenece. “Se dio cuenta de lo agradable que es un hombre bien educado, porque en el fondo no es más que una persona que elimina las manifestaciones siempre desagradables de mucha parte de la condición humana… Lentamente comprendía que una comida en común no debe ser un huracán de ruidos de masticaciones y de manchas de grasa; que una conversación puede muy bien no parecerse a una pelea de perros”. Y aunque quiere refinarse, él siempre será un cafone y la condición aristócrata de su familia tardará al menos tres generaciones en florecer.

Pero no siempre se sube por la escalera; también se baja. En mucha Europa esa nobleza acabaría por perder sus privilegios y propiedades; mas no la memoria colectiva de la que habla el padre Pirrone, no la buena crianza. Esos descastados se aglomeraron en una nueva clase: la intelligentsia. Y a través de ella volvieron a ser la clase influyente y dominante, aun con los bolsillos vacíos. Gatopardamente, fue una forma de cambiar para que las cosas siguieran igual, tal como en la novela; ante el avance de la historia, el príncipe Fabrizio decide avalar el cambio.

Yo no lo sé de cierto, pero supongo que en las alturas mexicanas nadie quiere apoyar un cambio. Supongo que, en caso de caer, esas clases altas no sabrían agruparse en una intelligentsia. Y así, para que nada cambie, buscarán que todo siga igual. Y también supongo que seguirán proliferando los “alcaldes” que trepan y disimulan su vulgaridad en ese mundo sin educación donde el refinamiento está en el precio.


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