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Domingo , 27.05.2018 / 14:29 Hoy

Gardenia 35*

*Fragmento de la crónica “Gardenia 35”, que forma parte del libro El material de los años, de reciente aparición en Fractal Ediciones/ Conaculta.

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Carlos López Beltrán

Entre 1980 y 1987 viví en el número 35 de la Privada Gardenia, en los hermosos edificios del Buen Tono que ocupan el cuadrángulo entre las calles de Barcelona, Bucareli, Turín y Abraham González en la colonia Juárez de la Ciudad de México. Construidos con la plusvalía acumulada por la familia Pugibet, dueña de la famosa cigarrera porfiriana, estos edificios de dos niveles cubren una cuadra inmensa, y son señalados como un ejemplo de la arquitectura social progresista de principios del siglo XX, pues su finalidad fue alojar a los trabajadores de la fábrica de cigarros, que estaba muy cerca de ahí, detrás de la Ciudadela. Atravesados de costado a costado por tres privadas cuyos nombres nunca olvidaré pues están anotados en neuronas profundas (Mascota, Gardenia e Ideal; luego supe que tenían que ver con las marcas de los cigarros), estos edificios de departamentos no solo son bellos y nobles sino que están construidos con una tecnología decimonónica férrea. Sus pisos y paredes están armados encima de un solidísimo entramado industrial de vigas y pilotes metálicos atornillados, como lo estaban las estructuras de los edificios fabriles de aquel periodo. Y eso lo sé por cómo se mueven, pero lo sé mejor por el rechinido. Ay, el rechinido metálico de esa estructura mientras soportaba los embates brutales de las ondas sísmicas del 19 de septiembre de 1985 es un recuerdo que, cuando lo dejo emerger, hiela mi sangre.

*

El día y la hora del temblor, 19 de septiembre de 1985, minutos después de las siete de la mañana, ya estábamos despiertos. Antonieta, nuestra hija de un año, exigía su mamila mañanera. Para entretenerla en su molestia yo, que seguía en la cama, la tenía acostada sobre mi pecho. Su madre se ocupaba del alimento (mi recuerdo la ubica alternativamente en la cocina o junto a nosotros con la mamila lista). Desde la primera sacudida estaba claro que no se trataba de un temblor cualquiera. Fue algo violento que movió la cama e hizo tronar los muros del edificio. Acostumbrados a ello, decidimos tomarlo con calma. Tratar de vestirnos antes de salir a buscar seguridad. El sismo lo impidió. La ondas fueron incrementando rápidamente su violencia hasta alcanzar un nivel surreal y aterrador. Tardamos casi un minuto en salir, un minuto en el que a nuestro alrededor, nuestro mundo íntimo se contorsionaba, escupía, chirriaba, se sacudía bajo una especie de macabros efectos especiales. Cada tres pasos, uno de los dos se tropezaba o caía, o golpeaba contra una pared como en barco en tormentoso mar. Mi brazo derecho envolvía a mi hija y el brazo izquierdo de Tony, su madre, la rozaba y buscaba constantemente, asegurándose de que siguiera ahí. Salimos hacia la privada Gardenia, muy cerca de la gran reja que da a Abraham González. El edificio seguía bailando horizontalmente y chirriando de manera alucinante; gordos pedazos de la balaustrada del edificio caían desde sus doce metros de altura sobre el pavimento. Al salir hacia Abraham González había gente corriendo en todas direcciones. El sonido ambiente era una suma de golpes de ramas, de postes, de cables con gritos y acelerones y carreras... Al voltear a la derecha noté que el edificio alto que estaba a unos 40 metros, en la esquina con Barcelona, se movía hacia adelante y hacia atrás con un bamboleo pasmoso que se incrementaba a cada ciclo. El efecto fue hipnótico. La mirada seguía en su ir y venir a esa mole magnífica que se portaba de manera absurda y asombrosa. Trato de recordar si había algún sonido asociado a esa descomunal oscilación; quiero pensar que sí. Sé que tardo más en contar esto de lo que duró en la realidad. Pero no, porque así hayan sido segundos o milisegundos, las impresiones de esos instantes estuvieron conectadas cruda y directamente con el alma inmensurable del tiempo. A la tercera oscilación el edificio ya no regresó. Alcanzó el punto muerto donde se anticipaba, como en los columpios, un alto, una pausa instantánea y un movimiento inercial de regreso, pero no se detuvo. Siguió y siguió y siguió metro por metro inclinándose más y más y más... y aquí sí aparece un sonido de resquebrajamiento, una queja desde lo hondo de la materia sometida a trabajos imposibles, un agrietamiento hondo. Mientras veíamos al gigante doblarse hacia la calle, de reojo percibimos, al mismo tiempo, el pandemonio de personas y coches yendo o viniendo; alejándose, intentando escapar. Brutal, infinito, descomunal, grotescamente inmenso, en una ráfaga el cemento cayó sobre la calle. Todo el hormigón y toda la varilla y todos los cristales y tuberías y losas de un edificio gordo de doce, trece pisos, cayendo sobre la tierra en un instante. Cayendo sobre la calle y borrando de la faz de la tierra así, zas, de un solo madrazo, a decenas de mis vecinos mientras intentaban huir. Cuando muchos meses después sacaron los autos de debajo del escombro, los hallamos aplanados hasta el grosor de tres centímetros.

Se levantó un ominoso hongo de polvo sucio. La tolvanera de la muerte. Sobre nosotros cayó una gran cortina de pasmo y alerta emocional. La muerte estaba ahí, suelta y campante, dueña de nuestras calles. Confundidos. Tomados de la mano y abrazando con fuerza a nuestra hija, que milagrosamente había dejado de exigir comida o siquiera atención alguna, empezamos a caminar hacia un improbable lugar de refugio y seguridad. Decenas de otros hongos de polvo sucio se levantaban por toda la colonia Juárez. Columnas de humo surgían de algunos de los derrumbes indicando pequeños incendios. Había fugas de agua y de gas. Había cables eléctricos chicoteando. Una pequeña multitud se fue conformando en el centro de las calles, como eludiendo ambas amenazantes orillas. Tratábamos instintivamente de alejarnos del peligro. Sirenas sonaban a lo lejos. Miles. Y comenzaban a sobrevolar los helicópteros. Pero ahí mismo, en el frente de guerra, sin radios ni teléfonos que funcionaran, no había autoridad ni información alguna de qué y cómo hacer para alejarnos del peligro. Rumores y más rumores empezaron a circular en ese cuerpo nervioso. Hablar en torrente era uno de los síntomas del terror en algunos. Llorar en silencio en otros. Nos acercamos, llevados por la masa y sus instintos erráticos hacia avenida Chapultepec. Los televiteatros estaban derrumbados y un fuerte olor a gas se expandía por el aire elevando la intensidad del miedo distribuido por la cercanía de varias columnas de humo. No parecía haber ningún camino franco de salida. En todas las direcciones había derrumbes. Tolvaneras. Caos. En algún rincón de la informe y desorientada masa se gritó que la explosión era inminente y se desató el pandemonio. Gente corriendo o intentando correr en todas direcciones empezó a oprimirnos. Nuestra bebé, continuando su milagrosa cooperación, se había dormido profundamente en mis brazos, sin desayunar. Temimos por su seguridad entre los apretujones y luchamos con codo y con rodilla por salir de ahí. Regresamos sobre nuestros pasos para descubrir que en los minutos de nuestra fallida huida las cosas se habían calmado. El polvo artero se había asentado dejando ver el cadáver aberrante del dinosaurio que vimos derrumbarse, como un millón de costales de piedras, descansando de costado sobre sus costillas. Reconocimos muchos rostros en la gente que, ya más serena, se reunía en corrillos sobre las banquetas. Vecinos organizados, organizándose. Yendo a traer a los viejitos o a los inválidos que no habían alcanzado a salir de sus casas. Yendo y viniendo a cerrar llaves de gas, de agua, interruptores de electricidad. Antonieta finalmente pudo desayunar. Descubrimos que por un capricho del cableado del Telmex aún no privatizado, el único teléfono que seguía funcionando en la cuadra era el de nuestro piso. Después de tranquilizar a los parientes cercanos, organizamos un servicio de apoyo para que todo el que lo necesitara llamase de nuestra línea. Se corrió la voz. Se hizo una cola de vecinos afuera del 35. Junto al teléfono pusimos vasos con limonada y tazas con té de yerbas. Las conversaciones eran interminables. Emotivas. Abruptas. Angustiosas. Descabelladas. En dos o tres horas conocimos a más vecinos del barrio que en cinco años. Me asombró darme cuenta de que mi vecino de arriba (un joven médico neurótico que maltrataba a su mujer) tenía, en medio del caos y de la locura imperantes, una brigada de rescate organizada con otros voluntarios, que trataba de sacar de los escombros, y a mano limpia, a quienes estuviesen sepultados. En retrospectiva, me parece apenas natural que yo debí sumarme, sin pensarlo, a esos esfuerzos, pero debo confesar que en ese momento lo vi como una acción precipitada y voluntariosa. Mi reacción fue egoísta y cobarde. Destemplado hondamente por la experiencia, mi instinto de autopreservación, y mi impulso por estar cerca de mi hija en esos momentos de peligro, fueron la fuente real de dicha debilidad. Conforme pasaron las horas de aquella mañana eterna, más y más orden empezó a caer sobre las calles bombardeadas de nuestra colonia. Un recorrido de media hora me permitió entender que los derrumbes se contaban por centenas y las muertes por millares. Pasé, por ejemplo, por la cuadra donde Rockdrigo quedó sepultado con su mujer. No había casi ningún edificio en pie y varias decenas de personas rezaban y lloraban sobre los camellones, con tonos que oscilaban entre lamento y furia. Por las privadas del Buen Tono, cimbradas pero enteras, comenzó a correr el rumor de que seríamos evacuados debido a que un edificio contiguo se había quebrado y se estaba apoyando en el de nosotros. Al poco tiempo, la policía lo confirmó.

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Tardamos una eternidad en sortear y abandonar las calles del Centro de la ciudad, sembradas de destrucción y muerte, en nuestra Brasilia vieja. Hoy en mi memoria se mezclan las escenas dantescas que vi directamente con las miles de imágenes y relatos que desde ese momento empezaron a circular en la televisión y la prensa. El cúmulo de impresiones del horror y del dolor en torno a lo que aquel temblor provocó en sus más de tres minutos de agresión desmesurada al suelo defeño no ha cesado. La cuenta de los muertos tampoco, pues muchos, muchísimos quedaron anónimos y revueltos con el cascajo. Recuerdo el azoro que me produjo cuando, después de las horas de lucha por salir del laberinto del infierno, cruzamos finalmente el Viaducto hacia el sur. A la altura de Vértiz, hacia la Narvarte, descubrimos que allá, del otro lado, nada, pero de verdad nada había pasado. Todos los edificios seguían en su sitio. El cielo era azul y no plomizo. No olía a quemado ni a podrido. Las banderas mexicanas por el mes patrio colgaban orondas de los balcones, los parroquianos paseaban a sus perros, los niños corrían a casa de regreso de la escuela. La vida seguía como si nada, aunque debajo de las losas derrumbadas a solo unos kilómetros, la muerte seguía extrayendo cada instante de su sanguinario impuesto de dolor y vida.

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*Fragmento de la crónica “Gardenia 35”, que forma parte del libro El material de los años, de reciente aparición en Fractal Ediciones/ Conaculta.

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