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Lunes , 10.12.2018 / 04:13 Hoy

Gabriel Ripstein: me siento más cercano a las películas de los Cohen o de Haneke

El tráfico de armas de Estados Unidos a México y la insospechada empatía entre un policía y un delincuente son los elementos dramáticos de600 millas
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Arnulfo Rubio (Krystyan Ferrer) es un joven operador de nivel bajo en el tráfico de armas entre Estados Unidos y México. Tras su pista tiene a Hank Harris (Tim Roth), un veterano agente de la ATF, a quien secuestra en un acto desesperado. En 600 millas, el realizador mexicano Gabriel Ripstein parte de un conflicto político, el tráfico de armas, para construir una historia de dos enemigos a quienes las circunstancias obligan a convivir.

¿De qué nace 600 millas?

Mientras viví en Los Angeles, vi de cerca el apetito voraz de los gringos respecto a las armas. A eso se sumó el operativo Rápido y furioso, que permitió la entrada de armamento a México. A partir de esto, y de la violencia que vivimos en el país, surgió mi interés por hablar sobre el fenómeno.

El discurso de su película se mantiene a ras de suelo, es decir, se queda en las implicaciones que tienen las armas en el ciudadano de a pie.

Quería una historia mínima: aterrizar la película en dos personas y no una historia de los líderes de los cárteles. No me interesa la figura del policía heroico sino los eslabones más débiles de la cadena. Quería, además, mostrar a dos seres humanos opuestos que por las circunstancias se ven obligados a interactuar para salir con vida. Algo que siempre me fascinó fue mostrar el zafarrancho que se arma a partir de pequeños detalles. En cierta forma, 600 millas se desata por el robo de una lámpara.

¿Cómo fue la construcción de los personajes en términos de psicología?

El conflicto es el elemento básico a la hora de contar una historia. Uno es joven, mexicano; el otro es viejo, estadunidense y veterano de guerra. Cada uno tiene el carácter suficiente para sobrevivir por sí mismo, pero son objetos de un encuentro obligado. Dentro de esta circunstancia cometen una serie de errores; de hecho, son víctimas de sus equivocaciones. Tenía la idea definida desde el principio, pero el guión tomó vida con sus interpretaciones. Son tipos inteligentes y me dieron la naturalidad que buscaba. Nunca ensayamos pero de inmediato encontraron el rango dramático que les correspondía.

En un sentido básico, la película plantea una reflexión moral: el que la hace la paga. ¿Cómo cuidó de no hacer del debate moral un discurso moralino?

Lo que menos quería era que la película resultara moralina. Me he topado con gente que la cuestiona, que se siente un poco insatisfecha con el final. Supongo que lo que les molesta consiste en que el filme no tiene el típico desenlace hollywoodense. No obstante, en mi cabeza es el único posible y obedece a una cuestión de justicia y equilibrio.

Hay, además, un uso premeditado de la figura del antihéroe como elemento empático con el espectador.

No me interesa confundir al espectador. Aunque la historia va un poco a la deriva, es transparente a partir del tono gris de los personajes. No quise mostrar un mundo obvio o simplificado. A través de un tema político y complejo como el tráfico de armas, me propuse desarrollar un conflicto personal en el que dos personajes comparten responsabilidades. Ahí está la metáfora de todo.

Su apellido está ligado a la historia del cine mexicano. ¿Le pesa?

Creo que no, al contrario. De hecho, durante una época y en un acto de rebeldía, me puse a estudiar Economía pero no tardé demasiado en descubrir que lo mío era el cine. Fue un camino largo. El apellido lo agradezco muchísimo pero no es ni un peso ni una llave mágica.

Pero de alguna manera lo compromete a mantener cierto nivel.

Sé que me compararán con mi padre, quien tiene una filmografía larga. Si te soy sincero, hice la película sin ninguna conciencia de acercarme o alejarme del cine de mi papá. En términos de referentes, me siento más cercano a las películas de los Cohen o de Haneke. En todo caso, lo que trato de imitar de mi papá es la tenacidad y la honestidad.

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