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Viernes , 25.05.2018 / 06:58 Hoy

Furia y ausencia

[Vibraciones]

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Hugo Roca Joglar

La Cuarta Sinfonía de Henryk Górecki sugiere un algo ominoso que se consuma en el vacío

Escuchemos la Cuarta Sinfonía de Henryk Górecki (1933–2010). Los dos primeros movimientos están llenos de terror. Alientos y percusiones impelidos por la brutalidad invaden escalas tonales —de amplias melodías que proponen atmósferas ya siniestras, ya delicadas y otra vez siniestras— a cargo de las cuerdas. Y la sensación de invasión se convierte en lo inmediato, aun cuando todo parece haberse tranquilizado: la presencia del mal se ha instalado en el espíritu. Ataques (reales e imaginarios) continuos e inclementes, que no deben significar algo concreto. Su única realidad es la abstracción del miedo; un miedo abierto hacia la imaginación, en espera de adquirir cualquier forma posible que algún efímero visitante quiera darle a esos sonidos: un maestro humilla a su alumno, bombas destruyen ciudades o dos amantes que en el sexo únicamente encuentran vacío.

II

Górecki murió antes de poder concluir esta música (su hijo Mikolaj la terminó de orquestar). ¿Qué visiones lo atormentaban durante su agonía?, ¿qué insoportables pesadillas? Tal vez sufría por su Tercera Sinfonía, una obra que —se lo repitió cada día durante los últimos 30 años de su vida— nunca debió haber escrito. El arrepentimiento no fue a causa de la música, sino por lo que vino después: la fama desmedida y la vileza.

III

Górecki fue un niño que creció con la sensación permanente de estar a un instante de la muerte. Tenía dos años cuando murió su madre, cinco durante la invasión de Alemania a su Polonia natal y 11 al término de la Segunda Guerra Mundial. Para afrontar el miedo y la soledad, su padre le enseñó a rezar, y juntos rezaban todas las noches de rodillas ante una imagen de María.

Esta experiencia espiritual definió el sentido de su música. Aunque al principio —como en Epitafium (1958) o su Primera Sinfonía (1959), en donde se alinea con la Escuela de Darmstadt y utiliza el serialismo para suprimir cualquier tipo de jerarquía en la partitura— sus lenguajes fueron crípticos, cerebrales y fríos, a partir de su Segunda Sinfonía (1972), “Copernicana”, encontró en otra vanguardia de la posguerra, el minimalismo, un procedimiento sonoro que lo llevaría, en la Tercera Sinfonía (1976), a expresar con desconcertante transparencia las sensaciones de su infancia: estar a un instante de la muerte y rezar al lado de su padre ante una imagen de María.

IV

En la Tercera Sinfonía interviene una soprano. Se divide en tres movimientos y en cada uno ella interpreta una canción triste: la de María llorando las heridas de Cristo; la de una mujer de 18 años encerrada en Polonia por la Gestapo que escribió “Madre, no, no hay que llorar” en las paredes de su celda; y la de una madre que busca el cadáver de su hijo muerto en la guerra. Es música que busca acercar el alma a lo inexplicable. Es música en donde cantar es la manera más pura de rezar.

V

En 1992 una grabación de la Tercera Sinfonía se volvió masiva. La música sagrada de Górecki —las tres canciones tristes sobre su miedo y su infancia, sobre la muerte, la sanación y la esperanza— comenzó a ser escuchada fuera de contexto (como música de fondo en restaurantes y centros comerciales) y a inspirar ridículas versiones de rock y de rap. Górecki se sintió agredido y humillado. Entonces despreció al mundo moderno.

VI

Y aquí tenemos la furia de Górecki. Escuchemos la Cuarta Sinfonía. El tercer movimiento comienza con una efímera marcha —efusiva, un poco grotesca— protagonizada por los metales.

En toda marcha habita la sensación de que algo avanza. Por eso ésta resulta tan trágica: a la mitad, tras minuto y medio de recorrido, en el nacimiento mismo de su alegría, justo cuando se comenzaba a atisbar el lugar al que se llegaría, la marcha es destruida. De su destrucción surge un piano solitario de acordes ambiguos y tintes impresionistas. Entra un chelo, después un violón y finalmente un pícolo. Los cuatro instrumentos tejen una angustiante quietud que desemboca en la otra mitad de la marcha destruida.

Ahora la marcha es continua y avanza a través del cuarto y último movimiento adquiriendo atmósferas cada vez más primitivas y descontroladas. Las formas se enrarecen. Los sonidos se agolpan, enciman y anulan. A la mitad, el piano otra vez destruye y se queda solo. De su canción corta y errática vuelve a nacer la orquesta. Y el mismo terror del principio nace con ella. Alientos y percusiones impelidos por la brutalidad invaden escalas tonales a cargo de las cuerdas. Pero algo ha cambiado. Ya no hay miedo, solo ausencia.

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