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Martes , 19.06.2018 / 07:41 Hoy

[Función Dominical] El Principito creció

Justo porque la infancia es un estado particularmente privilegiado, según el novelista, es que resulta un dislate ver a este niño ya crecidito.

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Fernando Zamora

Quien haya leído El Principito debe conceder que, aunque profunda, se mueve en la delicada frontera entre lo sublime y lo cursi. Por eso, a pesar de que la película El Principito, de Mark Osborne, tiene grandes momentos animados, cuando este director le pone más miel, empalaga.

En la tradición anglosajona ha sucedido lo mismo con Peter Pan. Hemos visto decenas de interpretaciones de la historia de Barrie y algunas no están mal. Hay otras, sin embargo, que se enfrentan con el problema de introducir otra ficción en la novela original. Así sucede por ejemplo en Hook, el regreso del Capitán Garfio una de las obras más fallidas de Spielberg. Y es que hacer crecer a estos seres (a Peter Pan o al Principito) implica traicionar todo lo que sus autores están queriendo decir. Tanto el niño de Barrie como el de Saint-Exupéry simbolizan una infancia que a decir de los novelistas no deberíamos olvidar nunca, de modo que asistir a la sobreactuación de Robin Williams cuarentón haciendo de Peter Pan, resulta casi tan patético como ver esta animación en la que de pronto aparece un Principito medio tonto; un espíritu infantil que finalmente creció.

Otra cosa es la animación que, a decir verdad, resulta espectacular. Los dibujos animados corresponden con tres niveles de ficción. El primero es el de una niña que a los ocho años ya tiene su vida planeada. Su madre, una ejecutiva triunfadora, le ha regalado un horario en el que están detallados, minuto a minuto, todos los días de su vida. La animación en este nivel sigue el estilo impuesto por Pixar. Ahora bien, la niña y su mamá (por un giro en la historia que está muy mal explicado) cambian de casa justo a tiempo para encontrarse con un vecino que resulta ser nada más ni nada menos que Antoine de Saint-Exupéry disfrazado de El Aviador. Como es de suponer luego de un par de desencuentros, el escritor y la niña se hacen amigos. Es aquí donde entra el segundo nivel de ficción y un nuevo estilo de animación. Porque para contar las aventuras de El Aviador en el desierto del Sahara, para hablar de cómo conoció a este niño que salido de la nada le pidió que le dibujara a un cordero, Mark Osborne utiliza una animación mucho más original que la de Pixar. Así, cuando la historia nos conduce hasta la memoria del avejentado escritor, la textura se vuelve la de un collage que parece hecho con hilos, arena y recortes de papel. El tercer nivel es el cuento mismo, ése que tal vez hemos leído cuando niños y en el que hay una rosa que representa al amor, una serpiente que simboliza a la muerte y un pequeño príncipe que representa a esa infancia que, según de Saint-Exupéry, puede ver detrás de las apariencias lo más esencial.

Justo porque la infancia es un estado particularmente privilegiado, según el novelista, es que resulta un dislate ver a este niño ya crecidito, de modo que la animación de El Principito no resulta suficiente para recomendarla en esta función dominical.


El Principito (The Little Prince). Dirección: Mark Osborne. Guión: Irena Brignull y Bob Persichetti basados en la novela de Antoine de Saint-Exupéry. Fotografía: Kris Kapp. Con las voces en español de Melissa Gutiérrez, Manuel El Loco Valdés, Cecilia Suárez, José Gilberto Vilchis. Francia, 2015.

@fernandovzamora

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