Lee aquí un fragmento de "Palinuro de México"

Publicada en 1977, Palinuro de México es considerada por su autor, Fernando del Paso, como su obra favorita, en ella cuenta la historia de un estudiante de medicina; lee aquí un fragmento del libro. 
Palinuro de México/Fernando del Paso/ Fondo de Cultura Económica, 2013 (Colec. LETRAS MEXICANAS)
Palinuro de México/Fernando del Paso/ Fondo de Cultura Económica, 2013 (Colec. LETRAS MEXICANAS) (FCE)

Ciudad de México

El escritor Fernando del Paso es el sexto mexicano en ser reconocido con el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes. Aquí un fragmento de una de sus obras más conocidas Palinuro de México (Fondo de Cultura Económica, 2013)


La ciencia de la medicina fue un fantasma que habitó, toda la vida, en el corazón de Palinuro. A veces era un fantasma triste que arrastraba por los hospitales de la tierra una cauda de riñones flotantes y corpiños de acero. A veces era un fantasma sabio que se le aparecía en sueños para ofrecerle, como Atenea a Esculapio, dos redomas llenas de sangre: con una de ellas, podía resucitar a sus muertos queridos; con la otra, podía destruirlos y destruirse a sí mismo.

Entre sus muertos queridos estaba —o estaría algún día, cuando en su pecho dejaran de escucharse las crepitaciones infinitesimales que lo ahogaban, oscuras y apenas perceptibles como un aleteo de mariposas— el tío Esteban, uno más de los seres queridos o admirados por Palinuro, que como él estaban vinculados desde siempre con la medicina. En efecto, el tío Esteban, que tenía manos largas y blancas capaces de copiar en el aire una operación maestra y ligar con dos arabescos la arteria ilíaca de John Abernethy, el cirujano inglés que cien años antes había inventado la misma operación para asombro de la posteridad, el tío Esteban, decíamos, soñó también con ser médico algún día.

Entre sus muertos queridos estaba —o estaría algún día, cuando en su pecho dejaran de escucharse las crepitaciones infinitesimales que lo ahogaban, oscuras y apenas perceptibles como un aleteo de mariposas— el tío Esteban, uno más de los seres queridos o admirados por Palinuro, que como él estaban vinculados desde siempre con la medicina. En efecto, el tío Esteban, que tenía manos largas y blancas capaces de copiar en el aire una operación maestra y ligar con dos arabescos la arteria ilíaca de John Abernethy, el cirujano inglés que cien años antes había inventado la misma operación para asombro de la posteridad, el tío Esteban, decíamos, soñó también con ser médico algún día.

Las campanas de la catedral de Leopoldstadt tocaban a rebato cuando el tío Esteban nació, a la orilla izquierda del Da nubio, en un imperio que se extendía desde la Transilvania hasta los picachos helados del Tirol. Su padre, médico cirujano y músico de cámara los domingos y días festivos, lo levantó en sus brazos y lo consagró a todos los dioses de la medicina por él conocidos: Apolo, Danavandri, Esmuno el fenicio y Khors el eslavo. Pero en 1916, o sea cuando el tío Esteban tenía dieciséis años porque había nacido exactamente con el siglo en el que se cumpliría el vaticino de Von Hofmannsthal, y Austria se de rrumbaría y con ella la Kakania entera —muerto ya su padre y lejos de los instrumentos quirúrgicos y de los libros que había heredado—, el tío Esteban, que estudiaba entonces en Berlín, se vio de pronto enrolado en las filas del ejército alemán.

Y esto decidió para siempre su destino, el de Estefanía y el mío. En julio del mismo año el tío Esteban participó en la Batalla del Somme y gracias a que una bala se desvió unos milímetros y no le perforó la aorta, el tío se salvó de ser uno de los cuatrocientos mil soldados del ejército alemán que quedaron en el campo, y cuya sangre se mezcló con el jugo de las remolachas francesas mientras los buitres se llevaban en sus picos las páginas de La Es trella de la Alianza. Ésta fue la primera vez que el tío se salvó de la muerte.

Durante los primeros meses que pasó en el hospital —si hospital podía llamársele a esa serie de tiendas de campaña sucias y hediondas donde conoció a la enfermera polaca—, el tío Esteban tuvo oportunidad de leer varios libros de cirugía y de medicina, y de confirmar una vez más su vocación. Se prometió que cuando acabara la guerra iniciaría sus estudios facultativos y que con el tiempo llegaría a ser un cirujano de prestigio en su querida Budapest. Cualquiera hubiera dicho que el tío Esteban pasó una mala temporada entonces: iba de una complicación a otra, de una fiebre recurrente a una disentería, de una infección a un delirio. Y además, y para colmo, hubo necesidad varias veces de transportar el hospital con todo y heridos y moribundos. El tío Esteban nunca supo, por ejemplo, si soñó o fue verdad que en una de esas ocasiones lo llevaron, Alpes arriba, en una camilla que colgaba de un trole aéreo. Pero el caso es que el tío Esteban, absorto en sus dos amores: la medicina y la polaca, pasó en el hospital algunos de los días más deliciosos de su juventud.

Entre una convalecencia y otra se transformó en ayudante de la polaca y aprendió a confeccionar vendajes: la capelina simple, el vendaje de Velpeau y el vendaje de fronda, el guantelete. Después, cuando se acabaron las vendas de algodón, le enseñaron a improvisarlas con musgos esfagnáceos. En pocas semanas, el tío Esteban ya era capaz de aplicar una sonda gástrica o de ponerle a un camarada sifilítico una inyección intravenosa de Salvarsán; y en esas mismas pocas semanas podía diagnosticar una sepsis, recetar una venesección a una víctima de los gases tóxicos, interpretar el sombrío pronóstico de las gráficas de temperatura que mostraban oscilaciones en aguja de campanario, y aplicar soluciones de agua y sal fisiológica en las heridas para estimular la producción de pus. Pero también el tío Esteban se encargaba de realizar una serie de tareas humildes que fueron, más tarde, el mejor ejemplo que pudo darle a Estefanía, como eran simplemente limpiar las encías de los heridos, lavarles el cuerpo con ungüento de zinc y ricino cuando se ensuciaban en la cama, o espulgarles la cabeza en busca de piojos.

"Nada abundó más en la Gran Guerra que los piojos —le contaba el tío Esteban a su hija Estefanía—. Piojos había más que alemanes, rusos e ingleses juntos, multiplicados por mil." Cuando el tío Este ban y la enfermera polaca hacían el amor, ya fuera en una de las viejas ambulancias tiradas por caballos al estilo sudafricano, o en un laboratorio bacteriológico móvil, siempre, al final o en los intermedios, se quitaban uno al otro los piojos. Luego se dormían o volvían a hacer el amor después de amarrarse a la cabeza una cuerda de lana impregnada con mercurio y cera de abejas. No por eso se querían menos: siendo ella enfermera y él un futuro médico, y viviendo en lo que comenzaban a ser los horrores de la guerra, el tío Esteban y la polaca le perdieron el asco a la vida. El tío era capaz de silbar un concierto brandemburgués cuando incineraba las heces de las letrinas. El tío Esteban, y con él sus amigos húngaros, la polaca y las demás enfermeras, comían y reían junto a los pabellones donde se pudrían los miembros de las víctimas de la gangrena gaseosa, y hablaban de libros, de la familia, de la primavera y de ir a cenar y bailar una noche, cuando acabara la guerra, después de ver en el cine a la Mary Pickford en El sombrero de Nueva York.

Y creció la mugre, y se multiplicaron aún más los piojos, y el tío Esteban se enfermó de pie de trinchera, y a la polaca le picó el ácaro de la sarna, y los dientes de los dos se llenaron de sarro, y ellos siguieron amándose. Aunque es verdad que una vez —o quizás dos, o cinco— se metieron con sus amigos, todos juntos al agua en un enorme barril de madera que les recordó las tinajas donde se pisa la uva y que les permitió soñar que estaban bañándose con vino de Tokay.

Desde entonces el tío se vio a sí mismo casado con la polaca y transformado en un oftalmólogo: los ojos de ella decidieron su especialidad. Pero sus proyectos fueron unos, y las órdenes que le dieron y la suerte que le tocó fueron otras. Le fue negado el permiso para permanecer trabajando en el hospital y lo enviaron de nuevo al frente. El tío Esteban y la polaca hicieron desesperados el amor por unas noches con sus días: unas veces en el fango de la trinchera, otras bajo el toldo de un camión cargado con miles de dosis de suero antitetánico y otra más, la última, en el laboratorio móvil. Al final, el tío Esteban cogió un piojo, lo observó al microscopio y le dijo a la polaca que había descubierto que sus piojos eran piojas porque tenían, todos, un par de tetas negras. Se rieron tanto, que las lágrimas de la polaca bañaron la cruz gamada que le colgaba al cuello, y que según le había explicado ella, era un emblema de la buena suerte y simbolizaba la fuente de la vida y el fuego sagrado. El tío le creyó, porque entonces ni él ni ella —los dos eran judíos— sabían lo que la svástica iba a significar después. Ella, en realidad, no tuvo tiempo de saberlo porque murió con el cuerpo erizado de shrapnel unos cuantos meses después de que el tío Esteban marchó al frente oriental para incorporarse al ejército austrohúngaro. Y él, por lo pronto, casi no tuvo tiempo de llorar su muerte: cuando el general que según el tío Esteban tenía nombre no tanto de militar como de vacuna —la vacuna Brusilov— inició la ofensiva rusa, le tocó al tío Esteban ser uno de los miles de húngaros que fueron hechos prisioneros en los Cárpatos. Y así fue como por segunda vez se salvó de morir. Pero antes arrojó el fusil y corrió, corrió todo lo que pudo, mientras que a miles de kilómetros de distancia, en la tierra que después adoptaría —México—, el abuelo Francisco huía de la Expedición Punitiva comandada por John J. Pershing. El abuelo Francisco, que iba a ser suegro del tío Esteban, era revolucionario, masón de un rito descendiente del Hijo de Hiram y Caltzontzi Vivo, y cabalgaba, como siempre, al lado de su general Villa.

Pero en Siberia, la Siberia de la leyenda, más abajo de la tundra alfombrada de musgos y de líquenes, en la Siberia que después de todo no resultó tan inhóspita y tan en el fin del mundo como le ha bían contado, al tío Esteban le sobraron los días, las semanas y los años para llorar a la polaca. Para imaginarse cada primavera, al derretirse la nieve, cuando los muertos que habían quedado sepultados durante todo el invierno comenzaban a aparecer, asomando aquí y allá una mano, un pie, un codo, que ella iba a estar allí también bajo la nieve, pálida y congelada. Así lo imaginaba cada vez que en la blancura se formaba un hueco negro y líquido por el que asomaba un mechón de cabello rubio y quebradizo. Tanto la lloró, que cuando lo pusieron en libertad supo que la había olvidado. Tanto también había llorado a su patria, que a pesar de que la Casa de Austria había fracasado en su intento de volver realidad el soberbio lema bilingüe de las cinco vocales: Austria est imperare orbi universo —Alles Erdreich ist Oesterreich unterthan—, y que Hungría, por lo mismo, estaba liberada, el tío Esteban ya no quiso regresar a su tierra. Para él, Europa estaba podrida. Y fue así como salvó la vida por la tercera vez, al escaparse de ser uno de los veinte millones de europeos que murieron de 1918 a 1919 en la epidemia de influenza.

Con cuatro idiomas a cuestas y una guerra mundial pisándole los talones, el tío Esteban se dirigió a Vladivostok. Parte del trayecto lo hizo caminando, diciéndole adiós a los pasajeros que viajaban en el Ferrocarril Transiberiano. Parte lo hizo en el Transiberiano, diciéndole adiós a los caminantes que iban por el campo. De Vladivostok se fue a Hong Kong y de Hong Kong a San Francisco. Allí, en América, mientras trabajaba de lavaplatos en el barrio chino, de conductor de trenes cuesta abajo, de pelador de jaibas en el muelle y de mozo de burdel en Haight-Ashbury, el tío Esteban siguió soñando con ser un médico, con penetrar en los misterios de la sal reverberatum de la que hablaba Paracelso y que purifica a la Naturaleza entera; con contemplar, en el ocular del microscopio, los siniestros espirilos negros del morbo gálico y con diagnosticar la muerte de un marinero muerto de una embolia aérea con el corazón lleno de espuma.

Visitaba los museos en los fines de semana, compró libros y revistas viejos y colecciones de instrumentos antiguos: los electrodos oftálmicos del doctor Wirtz, las cucharas de Gibson para dar medicinas a los niños y a los locos, así como láminas anatómicas, estuches homeopáticos y microscopios dorados.

En las noches devoraba los libros y lo memorizaba todo, en desorden: conocimientos antiguos y modernos, recetas en verso de los médicos de la Escuela de Salerno y anécdotas sobre la vida de Liston, que se paseaba por los hospitales de Edimburgo en sus botas Wellington para afirmar la supremacía de Escocia en la cirugía de su tiempo. Y así se le pasaron los años, y cuando tenía más de treinta de edad sin haber jamás intentado presentar un examen de admisión en alguna escuela de medicina, el tío Esteban empacó sus maravillas y con ellas y un grupo de gitanos zíngaros se lanzó a recorrer a lo ancho los Estados Unidos hasta ir a dar a Nueva Orleans. A esta misma ciudad iba, dos o tres veces al año, el abuelo Francisco —que entonces estaba en el esplendor de su carrera política— a escuchar jazz, a practicar su inglés con las prostitutas irlandesas y a comer macarela al vino blanco en Bourbon Street. El tío Esteban, que estaba predestinado no sólo a ser su yerno, sino lo que es más, a hacerlo abuelo de verdad y por la vez primera, no lo conoció en esa ciudad. Aunque quizás algún día se cruzaron en la calle, sin saberlo. Quizás el abuelo Francisco se cruzó con un muchacho alto y blanco, de pelo negro como las pasas de corinto, y quizás el tío Esteban —que tampoco entonces era tío de nadie— se cruzó con un hombre muy gordo de grandes bigotes —que todavía no eran blancos—, bastón de puño de nácar y reloj de ferrocarrilero de plata esterlina. Quizás. Pero había tanta gente tan rara en la Nueva Orleans de aquella época y sucedían cosas tan extrañas que no le llamaban la atención a nadie, que uno podía tropezar en la calle, sin saberlo, con Duke Ellington, o asistir a los funerales de un músico y quitarse el sombrero al paso de la carroza de vitrales coloreados arrastrada por caballos negros y empenachados a los que se les había refregado los ojos con cebolla para que lloraran durante todo el entierro, mientras atrás jerimiqueaban las viudas del jazz al ritmo de un blues.

Pero si no se encontraron en Nueva Orleans, no cupo duda que el tío Esteban se acercaba cada vez más a su destino, y se esmeraba en hacerlo lo mejor posible: porque fue allí donde no sólo aprendió a tomar leche con sal como algunos cubanos —cosa que siempre le hizo mucha gracia al abuelo Francisco—, sino lo que era más importante, se adiestró en las artes y las fanfarronerías del pókar, el juego favorito del Presidente Municipal de San Ángel.

Una tarde fondeó en Nueva Orleans un barco mexicano, El Ta basco, que llegaba siempre cargado de plátano roatán y plátano cientoemboca y regresaba a Tampico y a la bella Veracruz —las otras dos ciudades que el abuelo visitaba con frecuencia—, reventando de contrabando: whiskies, coñacs, cachemiras, perfumes franceses y cama feos florentinos. El capitán del barco —que por pura coincidencia era primo lejano del abuelo Francisco—, después de ganarle al tío Esteban en el pókar veinte dólares y un speculum vaginal de Ricord, lo invitó a viajar a México. Y el tío Esteban se agregó al contrabando de El Tabasco y entró a México, junto con una bocanada de vientos alisios, por el mismo lugar donde veintiséis años antes había llegado Jean Paul, el botánico francés con el que nunca se casó la tía Luisa, hermana única del abuelo. Al despedirse, el capitán le devolvió el speculum y le dio la dirección que tenía en la ciudad de México su primo, que según le dijo era senador y en cualquier momento, el día menos pensado, podía subir de sopetón a la gubernatura de un estado.

Pero al tío Esteban ya no le tocó la época dorada del abuelo Francisco, el cual efectivamente llegó a la jefatura de un estado, pero por unos cuantos meses porque su nombramiento era de gobernador interino. Y los cuantos meses se redujeron a unas pocas semanas, porque el abuelo tuvo un accidente que lo obligó a retirarse para siempre de la política y de la buena vida: estaba en una cantina de Tampico comentando el asesinato de Obregón en La Bombilla, cuando un camión sin frenos abatió la pared y fue a estrellarse contra el mostrador. El abuelo apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado y arrojarse al suelo como si esperara la explosión de una bomba. Pero una enorme máquina registradora le cayó en una pierna, en la pierna que ya desde antes lo había hecho sufrir, cuando le metieron una bala en la Revolución, y que después en más de una ocasión estuvieron a punto de cortársela. El contenido de la registradora se derramó sobre él, así que cuando llegó la ambulancia, el abuelo —que en ningún momento perdió su buen humor—, arrojaba al aire billetes y centenarios de oro, gritando: "¡Soy rico, soy rico!" Pero desde entonces, y porque tampoco su destino perdió jamás el sentido de la ironía, la fortuna del abuelo comenzó a mermar y al fin se hundió en forma súbita y aparatosa —como se hunden los barcos y los trasatlánticos: como se hundió el Titanic y se hundió el Lusitania—, y sus últimos resplandores coincidieron —años más, años menos— con el apocalíptico incendio de los pozos Meriwether y Morrison que alguna vez, precisamente por la primera guerra, hicieron de Tampico el emporio petrolero más grande del orbe.

Su mujer, la abuela Altagracia, que amaba a su jardín por sobre todas las cosas, se levantó un día decidida a solucionar el problema económico sin tener que vender la casa. "No ha quemado usted las hojas secas", le dijo a Ricardo el jardinero apenas asomó la cabeza fuera de su cuarto. "No, señora", le contestó Ricardo. "No ha quemado usted las hojas secas", le dijo de nuevo cuando regresó de la misa. "No, señora." "No ha quemado usted las hojas secas", le repitió después del desayuno. Hasta que al fin Ricardo el jardinero recogió las hojas, las apiló en la azotehuela y consumó los funerales del otoño. Ricardo el jardinero suspiró de alivio, y en la cocina la abuela Altagracia, satisfecha, detectó el olor a cortocircuitos y orugas expiatorias. Entonces fue cuando se le ocurrió la idea —que en realidad no tenía ninguna relación con las hojas secas—, y esa misma noche pintó el letrero y lo colgó en la fachada. De modo que cuando el tío Esteban, estrenando un sombrero Stetson de piel de castor y unos calcetines de hilo egipcio se apareció por allí para saludar al gobernador, a casi dos años de distancia de haber desembarcado en Veracruz, y se encontró con un letrero que decía: "Se rentan cuartos", pensó que se había equivocado. Pero no, la abuela, sencillamente, había transformado la mansión porfiriana en casa de huéspedes. Y la casa era tan grande —como grande había sido la carrera política del gobernador—, que en ella no sólo había lugar para un comandante de tránsito, una corista retirada, don Próspero el vendedor de enciclopedias, la madre del subsecretario de la Marina Nacional y otros varios huéspedes, además de los mismos abuelos Francisco y Altagracia, y de sus hijas y yernos y por supuesto de la tía Luisa, sino también para el tío Esteban, el cual, después de conversar con el ex senador y conocer a la tía Lucrecia (que lo miró bajo sus cejas Marlène y sus pestañas de aguacero con los dos ojos verdes y resbaladizos que eran idénticos a los peces de su signo), alquiló desde ese mismo día y sin pensarlo un instante la recámara provenzal.

Y fue en esta casa de cenadores emparrados y tolvas de lilas y portones sombríos, donde la tía Lucrecia y el tío Esteban primero —y papá Eduardo y mamá Clementina después—, y bajo una túnica de virtudes y losanges, se juraron de espaldas un amor enigmático y se besaron de pie a la altura de la manzana de Adán. Y fue allí, con esas caricias, donde Palinuro y Estefanía comenzaron a nacer, y en esa casa, en sus corredores perfumados y sus desvanes azules, fue donde acabaron de nacer y vivieron sus primeros años, como primo y prima, como hermano y hermana, asombrándose de los huéspedes japoneses y los gusanos luminosos del jardín, de la enorme tina de baño y de la lámpara imperial del comedor que siempre estaba en un vértice de transformarse en caleidoscopio. Fue allí, en esa casa de los abuelos, donde Palinuro y Estefanía se sentaban en las tardes, con la tía Luisa, a descubrir rostros en el claroscuro de los nomeolvides. Y unos eran rostros que nunca habían visto, blancos y de piedra y con musgo asustado en los labios, y otros eran los rostros que los miraban desde las tapicerías, y desde la pared del cuarto de la abuela Altagracia que no sólo sabía peinarse el cabello con cepillos mansos mojados con agua de sal para sacarle brillo, sino también se las arreglaba para llenar su vida de cuadros, daguerrotipos, fotografías y miniaturas de todos los parientes, vivos y muertos, que la salvaban del infierno cada noche con sus peripecias ajedrezadas.

Después, Palinuro y Estefanía se sentaban junto al tío Esteban, para oírlo hablar de medicina. El tío Esteban había esperado muchos años a que creciéramos mi prima y yo —es decir, Estefanía y Palinuro—, para encontrar oyentes. Aunque también, a veces, se presentaba nuestro primo Walter, que tenía unos años más que nosotros. Antes, apenas comenzaba el tío Esteban a hablar de emplastos, peste bubónica o instilaciones de tuberculina en los ojos, la tía Luisa, o los huéspedes, o la abuela, exclamaban: “¡Qué horror! ¡Qué horror!” Hasta que el tío Esteban tuvo que reconocer que sus conversaciones sobre las maravillas y los horrores del arte de Hipócrates y Avicena y de su historia no le hacían la menor gracia a nadie. Y no porque el abuelo Francisco o los demás no fueran personas cultas. El mismo don Próspero, que cuando llegó el tío Esteban iba ya en la letra D de la enciclopedia, sabía ya quién había escrito El decamerón, quién había sido Dédalo y dónde estaba el río Delaware. La propia abuela Altagracia, que tocaba el Claro de luna en el piano y que sabía cómo entornar los párpados en las reuniones para ocultar su miopía 

espiritual, leía las Selecciones del Reader’s Digest y recordaba haber visto alguna vez un cuadro original del Tiziano. Lo que sucedía, simplemente, era que el interés de todos ellos en la medicina no pasaba de las píldoras, las inyecciones, los jarabes, los enemas y los elixires paregóricos que los curaban o aliviaban de la constipación, las anginas o la ciática. Por lo demás, no todo el mundo tenía el estómago y el ánimo necesarios para oír hablar de desmembramientos y amputaciones por más que el tío Esteban los adornara con yemas de huevos y aceite de rosas, que eran los ingredientes de los emplastos que Ambrosio Paré, cirujano de Francisco Segundo, untaba en los muñones de los heridos. No todo el mundo, tampoco, podía resistir el imaginarse a John Hunter disecando fetos en su casa de Covent Garden, por más que el tío Esteban se esmeraba en pintarles el espectáculo paradisiaco de la plaza, donde las verduleras y las floristas anunciaban las alcachofas y las coliflores extrovertidas del día, mientras un poco más allá, en la ópera, Parsifal mataba con sus flechas al cisne y Ariadna se lamentaba de la soledad de Naxos. Sólo a la tía Clementina, madre de Palinuro, le conmovían estas referencias a la ópera. Por lo demás nadie pudo nunca entender —con la excepción ya señalada de Palinuro, Estefanía y el primo Walter— las delicadas metáforas que el tío Esteban —a partir de esas mismas frutas y flores humildes de Covent Garden— empleaba para atenuar la corrupción y delitescencia de los cadáveres y sus metamorfosis en criaturas azucaradas, afirmando que las figuras del Museo de Cera de Madame Tussaud, de la noche a la mañana y gracias a la piromanía de un loco, podían amanecer convertidas —tras derretirse en la oscuridad como los bustos de Medardo Rosso— en las manzanas, las ciruelas y los duraznos, también de cera, que la abuela Altagracia colocaba cada domingo en el centro de la mesa del comedor.