A los fotógrafos nos espera el olvido: Rodrigo Moya

Quien fuera el único fotoperiodista latinoamericano en la invasión de EU a Santo Domingo en 1965, habla en entrevista con MILENIO de su trabajo y de su vocación también como escritor.
“En mi casa se respiraba un ambiente literario. Me echaron del kínder a los cinco años porque ya podía medio leer”.
“En mi casa se respiraba un ambiente literario. Me echaron del kínder a los cinco años porque ya podía medio leer”. (Héctor Téllez)

México

El fotógrafo mexicano Rodrigo Moya no solo puede ser catalogado como un hombre que capturó imágenes de las guerrillas latinoamericanas. Si bien, en su trabajo, se pueden encontrar diapositivas de los movimientos armados en Guatemala, México y Venezuela, también se observa la serie que le hizo a Ernesto Guevara de la Serna, El Che, en 1964, y las imágenes de artistas relevantes para el país, como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Adolfo Mexiac y Mariana Yampolsky, entre otros.

En su archivo —el cual tiene más de 30 mil imágenes, y ocupa dos cuartos de su casa de Cuernavaca—, se aprecia fotografías de una de sus grandes pasiones: el mar, y cada uno de los elementos que lo rodean. Uno de sus fotoreportajes más reconocidos en la materia es la que hizo sobre las tortugas. Asimismo, se ven campañas políticas que cubrió y manifestaciones sociales.

En entrevista con MILENIO, quien fuera el único fotógrafo latinoamericano en la invasión estadunidense a Santo Domingo en 1965, habla de su trabajo en las revistas Impacto, Sucesos y Política. Asimismo, platica sobre su nuevo libro, El telescopio interior, publicación que se presentará en el Centro de la Imagen el martes 28 de abril a las 19:00 horas y del fotoperiodismo actual.

¿Qué diferencia encuentra entre los fotógrafos de antes y los actuales?

Suelo escribir mucho sobre el olvido que nos espera a los fotógrafos. No conozco un fotógrafo que haya muerto rico, aunque hay un cambio de clase en el gremio.  Este cambio se da porque hay hijos de familia que quieren ser fotógrafos. No saben hacer otra cosa y creen que la fotografía es fácil. Muchos jóvenes tienen acceso a las cámaras. Antes, comprar una cámara era un acontecimiento. Te daba mucho gusto. Te duraba diez o 15 años, y luego tenías que cambiarla por otra. Ahora, los muchachos adquieren cámaras de miles de pesos. Son chavos cosmopolitas, casi todos hablan inglés. Los fotógrafos de antes surgimos de la clase media, clase media baja o lumpen. Ahora estamos influidos por el posmodernismo europeo y la objetualidad alemana de los años veinte: objetos, fotos movidas, y esto es todo lo contrario del documentalismo que trata de transmitir algo.

Háblenos de "El telescopio interior"

Este libro fue una sorpresa que me dio el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) en combinación con el Centro de la Imagen. La publicación es una suma de textos míos con algunas fotos. Está dividido en dos partes: “Moya por Moya” y “Moya por otros”. En esta última parte hay textos que otras personas escriben sobre mí.

¿Por qué pasó del fotoperiodismo a la creación de una revista como “Técnica pesquera”?

El mar siempre me fascinó. Estudié en un Colegio Militar interno y me castigaban mucho porque me escapaba y me iba al mar con un amigo. Me encantó desde que lo vi por primera vez en Veracruz. Leía muchas historias de los océanos. Cuando dejé el periodismo, lo primero que se me ocurrió fue hacer trabajos sobre la arqueología mexicana y fotos del mar. Llegué a hacer un reportaje sobre tortugas marinas. Poco tiempo después hice, con otras personas, Técnica Pesquera, la cual la tuve 21 años.

Usted tiene dos premios literarios, ¿cómo pasó de la fotografía a la escritura?

Escribía desde muy chamaco. En mi casa se respiraba un ambiente literario. Me echaron del kínder a los cinco años porque ya podía medio leer. En tercer año de primaria ingresé al Colegio Madrid, y ahí se hablaba mucho de literatura. Cuando caí interno en un Colegio Militar empecé a hacer un diario, porque estaba bien pinche desesperado. En la revista Impacto tengo reportajes publicados sobre teatro, por ejemplo. Fue la fotografía la que me jaló de la escritura. Nunca dejé de escribir.

¿Novelas?

Cuando llegué a Cuernavaca tenía el firme propósito de escribir novelas. Tengo dos novelas iniciadas: La novia francesa de Laris Kindinis, que fue la persona que me enseñó a bucear, y Colegio Madrid, la cual habla de la escuela, los niños refugiados, las plásticas de la guerra.

¿Cómo se conectó con los movimientos sociales de América Latina?

Cuando entré en contacto con el fotógrafo colombiano Guillermo Angulo, conocí a sus amigos intelectuales, quienes comenzaron a darme distintas lecturas políticas. Empecé a tomar una actitud antiimperialista. Con estas influencias me radicalicé. Acudí a manifestaciones. Me empecé a politizar y a entablar contacto con los grupos de izquierda que estaban en México. Aquí había guatemaltecos, cubanos, venezolanos; México era una especie de Casa Blanca, había agentes de inteligencia, ex guerrilleros, de todo. Mi trabajo sobre las guerrillas fue incidental sobre muchas de las cosas que hice.

Háblenos de la fotografía que le tomó a Gabriel García Márquez con el ojo morado

Mi casa en México era refugio de la colonia colombiana asilada en México, porque mi madre era de ese país. A García Márquez lo conocí ahí. Solía invitarme a mi mujer y a mí a comer a su casa. Yo no era su gran amigo, pero compartimos varios momentos juntos. Cuando nos reuníamos hablaba de su relación con Fidel Castro y François Mitterrand, entre otros. No paraba. Dejaba a todos boquiabiertos. Eso era antidemocrático. Un día tocaron a la puerta de mi casa. Era él. Le pregunté qué le había pasado. Tenía un chingadazo muy fuerte. Según me contó, en la presentación de una película fue a abrazar a Mario Vargas Llosa y éste lo recibió con un derechazo, muy a su manera: “ideológico y físico”. La foto que he preferido publicar es una donde aparece con una gran risa, porque en las demás sí se ve madreado. Al parecer García Márquez y su mujer, Mercedes, fueron paño de lágrimas de Patricia, la esposa de Vargas Llosa, cuando vivían en París y Patricia y Mario habían tenido problemas. Cuando regresaron, ella le contó de la solidaridad de Gabriel y Mercedes y Mario se molestó.