Enemigo de la pose

Rogelio Cuéllar lleva fotografiando ya casi cinco décadas.
Más de mil creadores, entre escritores, artistas plásticos, arquitectos, actores, bailarines y músicos, han pasado frente a la cámara de Rogelio Cuéllar.
Más de mil creadores, entre escritores, artistas plásticos, arquitectos, actores, bailarines y músicos, han pasado frente a la cámara de Rogelio Cuéllar. (Cuartoscuro)

Ciudad de México

Mirar más allá de lo aparente. Descubrir el alma de los seres y eternizarla en una imagen. La fotografía deja de pertenecer a su autor y se vuelve parte de la memoria colectiva. Eso ha logrado Rogelio Cuéllar (Ciudad de México, 1950) durante ya casi cinco décadas. Ante su lente de 50 milímetros han desfilado escritores, poetas, filósofos, dramaturgos, pintores y escultores de México y Latinoamérica, a quienes ha robado el alma para luego revelarla públicamente. Una selección de 155 retratos conforma El rostro de las letras, publicada conjuntamente por Conaculta y La Cabra ediciones.

“Siempre voy tras la mirada. Busco el espíritu a través de la mirada”, ha reiterado Cuéllar cuando se le pregunta sobre el proceso de factura de sus retratos. “Me interesa la mirada y es la máxima exigencia, pues revela lo que es una persona”. Bajo esa premisa construyó uno de sus retratos más elocuentes: el de Adolfo Bioy Casares, realizado en 1991 en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México: el escritor argentino apresado en un instante inmenso. Cuando se advierte su mirada diáfana dirigida al cielo, el espectador comprende que la solución del fotógrafo fue afortunada.

Y así como en esta imagen, luego del hallazgo no queda más que la exposición. Eso es todo: mostrar a José Emilio Pacheco como el experimentado capitán de un barco que navega en un mar de libros; a Gabriel García Márquez, sereno y poderoso a la entrada de su casa en El Pedregal; a Julio Cortázar desafiando con su enormidad a un árbol laberíntico; a José Revueltas confiado de que una pluma puede ser el arma más letal; a Rosario Castellanos retadora frente a su destino.

En un buen número de imágenes, Cuéllar define el ambiente a través de una serie de elementos que delatan la personalidad y el quehacer artístico de sus retratados. Los aprehende en sus bibliotecas, junto a torres de libros, cerca de sus máquinas de escribir, entre revistas, manuscritos o simples papeles. En otras fotografías, los “rostros de las letras” aparecen en un entorno natural: parques, bosques, cerca de árboles o incorporándose a la naturaleza, como es el caso del retrato en el que Natalia Toledo parece querer convertirse en una rama más de un frondoso árbol.

Más allá del ámbito, los retratos realizados por Cuéllar tienen algo de depredador. En ellos se cumple lo que genialmente sentenciara Susan Sontag al reflexionar sobre el retrato: “fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente”. Y, en efecto, los espectadores logran poseer aquellos rostros recreados a través de la particular gramática de la imagen concebida por el fotógrafo.

Hay también en estas imágenes un cierto enamoramiento. Así lo considera Laura González Flores, académica del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y autora del prólogo de El rostro de las letras, quien señala que en los retratos de Cuéllar habita “esa sensibilidad que se enamora de la imagen del otro y que busca revelarla”. Argumenta lo anterior echando mano de una cita de Gilles Deleuze: “Enamorarse es individualizar a alguien por los signos que lleva y emite. […] Amar es buscar, explicar, revelar estos mundos desconocidos que quedan envueltos en la persona amada”.

González Flores describe algunos de esos signos: “Si Salvador Elizondo tenía el paquete entero de Delicados junto a la máquina de escribir, Julio Cortázar, José Revueltas, Antonio Alatorre y Jaime Sabines se muestran a sí mismos fumando: más que la de escribir, en estas imágenes la acción que retrata el carácter del escritor es la de fumar–como pensar”.

El rostro de las letras está dividido en tres apartados: “Centenarios latinoamericanos”, que incluye a los autores nacidos en 1914: “Homenajes”, que agrupa a los fallecidos en 2014, y “Retratos”, conformado por los nacidos entre 1897 y 1979. De acuerdo con Laura González, en las fotografías de las dos primeras secciones, en las que aparecen figuras como Octavio Paz, Efraín Huerta, Gabriel García Márquez o Juan Gelman, Rogelio Cuéllar elimina las reglas del retrato como reconocimiento o identificación para crear imágenes que “convocan la fuerza de la presencia”. Se trata, efectivamente, de personalidades inmensas “cuyo valor se asocia con la transgresión implícita en la profundidad y la complejidad del sentido”.

El mérito de la obra de Rogelio Cuéllar es, según la crítica de fotografía, que a pesar de que las palabras no pueden ser retratadas, el creador ha conseguido “captar esa epifanía que viene con la gran literatura”.

 

Literatura revelada

A Rogelio Cuéllar el amor por la imagen le nació viendo cine mexicano durante su niñez en la colonia Portales de la Ciudad de México. Más tarde, a los 17 años, se inició como fotógrafo autodidacta con una cámara Kodak. El primer retrato que hizo de un escritor fue el de Ricardo Garibay a finales de los años sesenta. Conoció al autor de Beber un cáliz mientras trabajaba cubriendo conferencias para el departamento de Difusión Cultural de la UNAM. Garibay pidió a Cuéllar que lo retratara para uno de sus libros: “No tengo dinero para pagarle, le invito una torta y un café”, le dijo. El fotógrafo aceptó y esas serían las primeras de las muchas imágenes que luego haría del polémico narrador. Para El rostro de  las letras, el creador eligió un retrato de Garibay realizado en 1983 en Cuernavaca, Morelos. En la imagen se advierte a un soberbio escritor que no se amedrentaba ante nadie, sentado plácidamente en una banca.

Cuéllar tenía 19 años cuando retrató a Juan Rulfo. La imagen —incluida en el libro, fechada en 1969—, da cuenta de aquel encuentro con el novelista. El fotógrafo ha relatado la anécdota en diversas ocasiones. Quería retratar a algunos autores del Centro Mexicano de Escritores y le recomendaron que empezara con los tutores de la institución. Así lo hizo. Inició nada menos que con Rulfo. “Llegué a las cuatro de la tarde al Centro Mexicano de Escritores. Tímido él, tímido yo, fue un diálogo de silencios. El puro espíritu de Juan Rulfo. Los silencios y los murmullos. Durante la sesión de fotos no hubo diálogo, solo silencios infinitos”, ha evocado Cuéllar sobre una imagen imprescindible que habita ya en la memoria colectiva de los mexicanos.

A Carlos Monsiváis lo retrató por primera vez también en 1969. Por supuesto, a esa imagen le siguieron una numerosa serie de fotografías. A partir de esa fecha las coincidencias entre los dos creadores serían frecuentes. Sobre el fotógrafo, el autor de Días de guardar escribió a propósito de una exposición: “Fíjense en el Cuéllar retratista que espía y acecha temeroso de la rigidez, de las innumerables mentiras de una pose, de los artificios de la conciencia del sujeto frente al objeto que perpetuará sus gestos, máscaras y maquinaciones”.

Lo definió con precisión, Cuéllar ha sabido ir más allá de las falacias de las poses fotográficas y revelar la esencia de sus retratados. Hay una contundente razón por la que escogió a sus personajes: “Definí trabajar con creadores porque necesito trabajar con las personas en las cuales creo”. Así, cada imagen construida por Cuéllar da prueba de su fe y es una exhibición de las realidades contempladas por un testigo privilegiado del acontecer cultural, en particular de Latinoamérica.

Como bien ha escrito la crítica Laura González, su legado es inconmensurable: “Cuando la separación impere, el tiempo pase y la memoria palidezca, quedarán sus fotografías”.