La fotografía ha sido como escribir con la luz: Lavista

“Sigo revelando en el cuarto oscuro, me gusta el blanco y negro”.
“Sigo revelando en el cuarto oscuro, me gusta el blanco y negro”. (Mónica González)

México

Sus fotografías hablan de lo que ha vivido y lo que ha visto. Pero la palabra que la define a ella y a su obra es vitalidad. A sus 71 años, Paulina Lavista recuerda que bailaba twist, y aún lo hace; un brillo indecible se instala en sus pupilas al recordar que todo lo ha vivido intensamente, como cuando aprendió a leer.

“Me acuerdo perfecto —dice—. Fue a los cinco años: en mi primer día de escuela la maestra sacó un cartelón muy grande y dijo: ‘Esta es la A; luego sacó un cartelón que tenía la M de imprenta, y juntas se lee ‘ma’. Entonces ya podías leer y escribir mamá; escribiendo eso podías con todo lo demás”, dice Lavista.

También aprendió a nadar en un día, desarrolló un método para acabarse los zapatos en dos días y fue capaz de inventarse un dolor de apéndice para que sus papás le hicieran caso, aunque tras la operación se arrepintió profundamente.

La fotógrafa, que fue reconocida por el Sistema Nacional de Fototecas (Sinafo) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) por una trayectoria de 40 años dedicados a la fotografía en sus diferentes expresiones, dice que su labor como retratista de personajes de la vida cultural ha sido la más destacada, pero que su obra abarca muchos otros temas.

Una de sus imágenes más famosas es la del escritor Jorge Luis Borges en Teotihuacán, tomada en 1973; Paulina contaba solamente con algún dinero para la gasolina, un vocho y las tres últimas tomas de un rollo. “Tenía que hacerlo y me salió”, recuerda.

Fue descubriendo su vocación como fotógrafa poco a poco: muy niña vio la imagen de un bailarín suspendido en el aire, y a los 15 años conoció a una fotógrafa judeo-alemana, Úrsula Bernard, quien, tras retratar a su padre, estuvo en su fiesta de 15 años y le tomó algunas imágenes que la determinaron a seguir ese camino.

Fue un camino que no resultó nada sencillo por la falta de recursos y la inexistencia de escuelas. En 1967 compró su primera cámara en pagos, con el sueldo que obtuvo de unas producciones fílmicas en torno a los Juegos Olímpicos de 1968.

Por entonces era una joven bella  y también había recibido aquella llamada de Salvador Elizondo (de quien se enamoró a los 14 años de edad) en la que le dijo: “Quiero que seas mi chamaca”.

“La fotografía fue muy fuerte para mí; ha sido como escribir con la luz. Salvador Elizondo, mi esposo, me apoyó mucho: fue mi primer crítico, mi primer curador, me obligaba a superarme. Gracias él expuse muy joven, en 1972, en el Palacio de Bellas Artes; pero no sabía revelar todavía, sino hasta 1972, cuando me compré mi equipo completo”, señala. Si bien sus imágenes evocan a una gran parte del mundo cultural, Lavista explica que una de las características de la fotografía es la que más le fascina: el azar en un instante.

“Por otra parte, la modernidad para mí encierra una contradicción terrible: la fotografía —que para mí es un fenómeno mágico; por más física que me la explique no deja de ser mágica— liberó a la pintura de la preocupación de reproducir la realidad, y con el invento del negativo se hizo masiva, posible de archivar y de reproducir infinitamente. Pero la era digital hace fotografías que mienten, son manipuladas con Photoshop; me parece que así la fotografía vuelve al punto del que partió, ya no reproduce la realidad.

“Ahora todos tenemos cámara en el celular; eso no está mal, pero se han perdido procesos importantes: ya casi nadie imprime sus imágenes, y si se pierde el celular, se pierde la memoria. Así de sencillo”, reflexiona.

 “Obviamente por mi edad me cuesta trabajo adaptarme a algunas cosas; yo sigo revelando en el cuarto oscuro, me sigue gustando el blanco y negro. Y, para mí, como decía don Manuel Álvarez Bravo: todo es válido, nomás depende del resultado”.

Admiradora de Henri Cartier-Bresson, Lavista cuenta con un archivo donde sobresalen los carretes vacíos de película fotográfica contenidos en un costal. Está arriba de lo que fue biblioteca de su marido. Estudia ahora la posibilidad de donar ese archivo a la Fototeca Nacional, y actualmente escribe su autobiografía.