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Lunes , 10.12.2018 / 03:33 Hoy

Flanear, el arte del caminante

El corazón de esta práctica tan urbana es el andar azaroso y constante, no en busca de nada en especial sino del ocio y el vagabundeo mismo.

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En su canción "The wanderer", Johnny Cash cuenta como se echa a caminar sin rumbo por la calle, levantando algunas piedras para descubrir "la piel y los huesos de una ciudad sin alma". Parece que el narrador de esta historia, que es el mismo Johnny Cash, se echa a caminar por la ciudad para diluir un asunto que tiene que ver con una mujer, una ruptura, un desengaño, un malentendido, uno de esos silencios que crecen desmesuradamente y terminan convertidos en un conflicto. "Me fui a vagabundear con nada más que tú en mis pensamientos", dice Cash, aunque más adelante revela que algo más llevaba, "una Biblia y una pistola", dos armas con las que tenía pensado combatir a los demonios de la carne y del espíritu, por si alguno osaba interrumpir su vagabundeo.

El poeta Charles Baudelaire perfiló, en su libro Fleurs du mal, la figura del flâneur, un personaje que camina por las ciudades sin más objetivo que ese mismo caminar. La palabra flâneur viene de flâner, que quiere decir, en su definición más elástica, caminar vagabundeando.

Alejandro Jodorowsky cuenta en alguno de sus libros de un juego que hacía con sus amigos cuando era joven en Santiago de Chile. El grupo de amigos se tiraba a caminar en línea recta y trataba de no detenerse cuando algún obstáculo, un precipicio, un muro o una casa, se interponía en su ruta. El juego era inocente nada más en apariencia, porque caminar en línea recta con la voluntad de no variar la ruta implica un desafío que se parece al del flâneur del poeta Baudelaire, que no iba estrictamente en línea recta, pero si mantenía la determinación de no detener su caminata, de esquivar los obstáculos, de no caer en la tentación de detenerse a observar los aparadores o los restaurantes, y esto también representa un desafío, sobre todo en este siglo XXI en el que todos corren, o van en bicicleta o hacen hiking y trekking por el campo, pero no caminan por las ciudades, porque la flânerie es un arte necesariamente urbano, necesita una ciudad grande, como las que florecían en el siglo XIX, para que quien camina pueda hacerlo sin encontrar, en ningún momento, un trozo de campo ni un horizonte ni un paisaje, porque el flâneur, como hemos dicho, es un personaje herméticamente urbano, necesita las calles de asfalto, los edificios, la multitud que interfiere permanentemente en su caminar.[OBJECT]

Según Walter Benjamin, el flâneur necesitaba también del capitalismo, ese concepto que era muy claro en la primera mitad del siglo XX y que hoy se ha convertido en un bicho poliédrico que lo invade absolutamente todo y que ha perdido, por decirlo así, su regusto metálico, a cobre, porque ya las grandes transacciones, las enormes maniobras financieras que hacen dos gordos de puro en un edificio de Manhattan, y cuyo efecto secundario es la ruina de un país, se hacen de manera electrónica, en un suspiro inmaculado que no requiere ya no digamos monedas, tampoco plástico, ni papel, ni siquiera la voz de alguien articulando la transacción. Pero en la época en que Benjamin teorizaba sobre el flâneur, el capitalismo se veía de bulto, relumbraba en los restaurantes y en los aparadores de las tiendas, dos elementos urbanos imprescindibles en la ruta de cualquier flâneur que se eche a caminar.

Samuel Beckett practicaba la flânerie con su amigo Giacometti, el escultor. Se echaban los dos a andar por las calles de París sin decirse ni una palabra mientras caminaban, en un riguroso silencio que acentuaba el fino arte de flanear. Escribo la palabra flanear porque me parece que sirve perfectamente como emisaria de la palabra francesa, aunque el diccionario dice que, además de "pasear sin rumbo fijo", significa "moverse y bambolearse como un flan". Antes de seguir adelante propongo que olvidemos esa imagen tóxica del flan.

También flaneaban por París, además del mismo Baudelaire, Andre Breton y Louis Aragon, y de ninguna manera flaneaba Travis, el personaje de la película Paris Texas de Win Wenders, porque a pesar de su contundente wandering su desplazamiento llevaba el objetivo de encontrar a la mujer que amaba. Y quién camina en busca de una mujer no es un flâneur sino un enamorado.

Tampoco flaneaba Nietzsche, que hacía grandes caminatas para pensar, porque las hacía por el campo, ni tampoco Wordsworth, que escribía largos poemas líricos caminando de un lado a otro de su jardín, convencido de que "ponía las piernas al servicio de la filosofía". La filosofía de la poesía, claro.

Gandhi, como se sabe, era un gran caminador; basta citar, para acreditarlo, su célebre Marcha de la Sal, ese desplazamiento multitudinario que sirvió para disolver el monopolio que había establecido en su país el imperio inglés sobre la sal. Aquella marcha kilométrica salió "desde el ashram de Sabarmati hasta las marismas salinas de Dandi, a orillas del mar, cerca de Jalalpore". La marcha era técnicamente un satyagraha, es decir una "fuerza verdadera", una acción colectiva, con un propósito específico, implementada de manera pacífica. Pero aquella marcha de Gandhi y la multitud que lo seguía no tiene relación con el flanear, se trata de una caminata con un objetivo sociopolítico; sin embargo, años antes, cuando Gandhi estudiaba en Londres, caminaba diariamente entre siete y 15 kilómetros, recorría la ciudad de arriba abajo para reflexionar pero también para mantener a raya, para distraer por medio del ejercicio físico, a esa tentación triple que constituían las mujeres, la carne y el alcohol, una prohibitiva trinidad que era el fundamento cotidiano de sus colegas y que él, por respeto a sus creencias y a las de sus ancestros, estaba decidido a ignorar. Parte de aquellos flaneos por las calles de Londres, frecuentemente interrumpidos cuando se le cruzaba Hyde Park, que es como el campo, terminaban en algún restaurante vegetariano que estaba siempre en la periferia, pues en aquellos años la cocina londinense no se había universalizado. Si Gandhi hubiera sido joven en el Londres del siglo XXI, quizá no hubiera flaneado tanto, pues se hubiera topado todo el tiempo con sofisticados restaurantes vegetarianos, ovoveganos, lactovegetarianos, veganos tradicionales y hasta ovolactovegetarianos.

Por cierto, Satyagraha es también el título de una ópera, en tres actos y cantada en sanscrito, que escribieron Philip Glass y Constance DeJong, basada de manera tenue en la vida de Mahatma Gandhi porque, como suele suceder con las piezas donde batalla la música orquestal con las palabras, la historia que se cuenta tiene que ceder su espacio a esa batalla y termina siendo un apunte y, en el caso de Satyagraha, Gandhi acaba siendo un lejano referente, como sucede con las otras dos óperas que completan la trilogía, Einstein on the beach y Akenatón. En todo caso en el Gandhi de Glass no hay ni rastro del competente flaneo que el campeón de la resistencia no violenta ejecutaba por las calles de Londres.

Otro flâneur emblemático fue el poeta francés Gerard de Nerval, que nació en la provincia pero se convirtió en poeta, y flâneur, en París. De Nerval son más famosas sus largas caminatas de un país a otro, sus grandes viajes a pie cruzando la campiña europea, y también son muy célebres sus periodos de internamiento en hospitales psiquiátricos, que él combatía con más fuego, con lecturas enfebrecidas de libros de magia negra y hechicería. Entre un internamiento y otro Nerval flaneaba durante horas por las calles de París, no para combatir angustiosos desórdenes cardiacos como hacía Samuel Beckett, ni para descubrir debajo del asfalto "la piel y los huesos de una ciudad sin alma", como hacía Johnny Cash; Nerval caminaba siguiendo una idea y dejaba que esa idea fuera configurando el camino, porque sabía que mientras se mantuviera flaneando la melancolía, que tanto y tan violentamente lo atormentaba, permanecía al margen, agazapada y al acecho pero al margen. La melancolía por las mujeres de las que había estado enamorado, la melancolía por sus años de infancia, la melancolía de tanto darle a la melancolía y que con mucha frecuencia lo conducía, con todo y que la evitaba con su flaneo ininterrumpido, a la tumba de Jean-Jacques Rousseau, que está en el centro de un lago, en la Isla de los Álamos, en Ermenonville, una población a 52 kilómetros de París. Esos kilómetros nos dan una idea del competente flaneo que ejecutaba Nerval, porque después tenía que regresar a París.

Desde luego que esas caminatas salvajes desbordaban los límites del flaneo pues se desarrollaban, en su mayor parte, por el campo y el flanear, como sosteníamos al principio, es un arte eminentemente urbano. Pero este continuo desbordamiento queda olvidado, perdonado, por la forma tan flâneur que eligió Nerval para terminar sus días, y de paso aniquilar definitivamente su melancolía. Uno de sus internamientos en la clínica psiquiátrica lo provocó un flaneo que hizo por la rue Mouffetard tirando, como si se tratara de un perro, de una langosta amarrada por el cuello con una cinta azul añil. En las anotaciones que hizo el doctor Blanche, el último que lo atendió, consta que a partir del verano de 1854, Nerval ya no dejó de caminar. Caminaba tanto por la ciudad que ya nunca regresó con el doctor Blanche, aún cuando éste no le había concedido el alta médica. En uno de aquellos impecables flaneos, Nerval pasó por una calle oscura que formaba parte de su ruta habitual, la Rue de la vieille-lanterne, en el barrio de la Boucherie, y nunca sabremos por qué, aunque no le faltaban motivos para hacerlo, se ahorcó colgándose de los barrotes de una ventana. Era de noche y fue descubierto hasta el día siguiente con el sombrero todavía puesto en la cabeza. El poeta Baudelaire dijo, al enterarse del sitio que había elegido para morir, que se había empeñado en "liberar a su alma en la calle más oscura que había podido encontrar".

Gerard de Nerval fue enterrado, en 1855, en el cementerio de Père-Lachaise y su tumba, como él mismo hacía con la de Rousseau, sirve hoy de destino y de punto de partida a los flâneurs más selectos de París.

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