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Sábado , 22.09.2018 / 06:53 Hoy

Filosofía para quién

¿Existe una filosofía católica o existen más bien católicos que hacen filosofía?, ¿qué tanto puede hacer la filosofía para renovar o regenerar la propia tradición católica?

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El católico debe simplificar su vida y complicar su pensamiento.

Nicolás Gómez Dávila

Juan Pablo II redactó en 1998 la carta encíclica Fides et Ratio. Este documento es una de las iniciativas más recientes de la Iglesia católica para revitalizar el pensamiento filosófico católico y defender la fuerza de la razón y su capacidad para aproximarnos a la verdad. El documento dirigido, como es lógico, principalmente a los creyentes, aclaraba sin embargo que los temas y problemas ahí expuestos no eran de interés exclusivo para pensadores católicos, sino para la comunidad filosófica en general. Diez años después, Benedicto XVI declaraba que la encíclica trataba un tema de perdurable actualidad y que el pensamiento filosófico resultaba esencial para construir una sociedad más humana y más justa. La realidad, sin embargo, es que el impacto de Fides et Ratio en ambientes no confesionales fue prácticamente nulo. En los sectores católicos, sobre todo en universidades, el planteamiento fue en general bien recibido: fe y razón se animan recíprocamente como dos alas con las cuales el espíritu humano puede elevarse hacia la verdad. Aunque cada una es autónoma, se insiste en la carta, su disociación no es conveniente. En otras palabras: ni el racionalismo ni el fideísmo resultan posiciones pertinentes para hacer filosofía. La fórmula de Juan Pablo II no era nueva: en el siglo XIII Tomás de Aquino había defendido la autonomía de la fe y de la razón añadiendo que, a pesar de ello, se encontraban interconectadas e incluso se iluminaban entre sí.

Con todo y su celebrada aparición, Fides et Ratio motivó al mismo tiempo algunos debates en los propios contextos católicos: ¿no estábamos ante un falso dilema?, ¿qué debían hacer los católicos que hacen filosofía: filosofía o filosofía católica?, ¿buscaba este documento establecer los lineamientos oficiales para hacer filosofía al servicio del catolicismo?, ¿estábamos de nuevo, como había sucedido en 1879 con la encíclica Aeterni Patris de León XIII, ante la rehabilitación del tomismo como la filosofía oficial de la Iglesia católica? Fides et Ratio resolvió pocos problemas y en cambio abrió muchas preguntas para los escasos filósofos que en esta era secular y postcatólica —como ha sido denominada— todavía se preguntan si es posible armonizar su labor filosófica con su credo personal: ¿hasta dónde puede un creyente reconocer la autonomía de una disciplina científica como la filosofía, y hasta qué grado las creencias religiosas afectan la manera de construir los argumentos filosóficos? ¿Está obligado un filósofo católico a hacer filosofía confesional? Con esta clase de interrogantes, la encíclica conseguía en cierta forma uno de sus objetivos, a saber, retomar la gran cuestión que desde siempre se han hecho los grandes pensadores católicos, desde san Agustín hasta Chesterton: ¿cómo sobrellevar las tensiones propias de quien confía sin firme evidencia en la existencia de Dios, y a la vez se dedica al cultivo de una disciplina racional?

En su momento, la encíclica de León XIII tuvo una mejor recepción que Fides et Ratio. León XIII creía que el tomismo contenía los recursos necesarios para aproximar hasta donde fuera posible el catolicismo a la modernidad. Su llamado condujo a un renacimiento de la filosofía tomista en el que destacarían pensadores importantes: Joseph Maréchal, Jacques Maritain, Garrigou–Lagrange, Ettiene Gilson, Cornelio Fabro, entre otros. Varios filósofos consideraron seriamente el llamado de León XIII consiguiendo algunos resultados: el restablecimiento de la escolástica, el interés en la filosofía existencialista y en la fenomenología, e incluso, como en el caso del padre Bochénski, el cultivo de la lógica formal. Sin embargo, a pesar de la genialidad de varios pensadores católicos, el efecto final de la encíclica no fue del todo positivo: la Aeterni Patris condujo a una visión simplista y dogmática del tomismo. Desde entonces, y a pesar de los esfuerzos de los así llamados tomistas analíticos —en cierto modo Elizabeth Anscombe y Peter Geach, pero además Anthony Kenny, John Haldane, Eleonore Stump, y otros—, ha sido difícil conseguir que Tomás de Aquino y otros filósofos católicos se consideren relevantes en el debate filosófico contemporáneo. Algunas excepciones, y a riesgo de omitir el nombre de otros católicos, son tal vez Michael Dummett, Nicholas Rescher, Charles Taylor y Alasdair MacIntyre. A pesar de ser una minoría, todavía existen filósofos con una visión católica interesados en participar activamente en las discusiones filosóficas contemporáneas. Sin embargo, las preguntas centrales siguen abiertas a la discusión: ¿qué significa actualmente ser un filósofo católico?, ¿existe una filosofía católica o existen más bien católicos que hacen filosofía?, ¿qué tanto puede hacer la filosofía para renovar o regenerar la propia tradición católica?, ¿qué puede aportar el catolicismo a la filosofía? Sería deseable una discusión intensa sobre estas cuestiones en el propio catolicismo.

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