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Sábado , 22.09.2018 / 23:46 Hoy

Fidel Castro, el Café La Habana y la torta cubana

Durante su breve estancia en México, al revolucionario cubano se le vinculó con estos dos emblemas de la gastronomía urbana.

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Fidel Castro llegó a México en julio de 1955. Según él mismo lo cuenta en sus memorias —que se publicaron con el título de Guerrillero del tiempo—, eligió nuestro país para planear su revuelta por su cercanía geográfica y cultural, porque tenía un gobierno estable surgido de una revolución social y porque era un país con apertura a los perseguidos políticos de América Latina y que, en aquel entonces, simpatizaba con las causas democráticas.

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De la ciudad de Mérida, donde aterrizó el avión DC-6 que lo trajo a nuestras tierras, voló hasta Veracruz, de donde Fidel viajó en autobús a la Ciudad de México. Y en esta ciudad, en una casa ubicada en la calle José de Emparán —en la colonia Tabacalera—, fue donde conoció a Ernesto “Ché” Guevara, quien en principio había sido reclutado como médico, pero que con el tiempo se convertiría en un emblema de la Revolución Cubana.

Pero esto es lo que nos dice la historia. Las leyendas que corren de boca en boca, a ras de piso y en las calles de la capital mexicana, nos cuentan otras cosas. Muchas personas decían, por ejemplo, que pudieron ver al futuro gobernante de Cuba y al “Ché”, junto con otros revolucionarios, reunidos en el afamado Café La Habana —ubicado en la esquina que forman las calle de Bucareli y Morelos, en el Centro Histórico de la Ciudad de México—, tomando café tras café, discutiendo a voz en cuello y planeando la estrategia que habría de llevarlos a derrocar el régimen de Fulgencio Batista. Este establecimiento, que existe hasta el día de hoy, también ostenta la fama de haber sido el punto de inspiración donde Gabriel García Márquez escribió parte de su magna obra Cien años de soledad, donde Octavio Paz solía sentarse a leer y editar sus escritos, y donde el escritor chileno Roberto Bolaño se reunía con otros literatos e intelectuales para darle cara y forma al movimiento infrarrealista.

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Y aunque no existen documentos que los confirmen, también existe una historia curiosa que vincula al hombre de las largas barbas y el eterno habano con la mexicanísima torta cubana. El origen del nombre de este platillo de la gastronomía callejera capitalina —que se distingue por su abundancia y por llevar “de todo”— es nebuloso. Aunque hay muchos que se adjudican la creación de este platillo vernáculo, hay quienes afirman que éste debe su nombre a que, a mediados del siglo XX, existía un puesto o un establecimiento en la calle de República de Cuba —también en el Centro Histórico de la CDMX— que, para satisfacer los amplios apetitos de sus parroquianos, solía expender tortas monumentales con todos los ingredientes disponibles, las cuales empezaron a conocerse como “tortas cubanas” en virtud de la calle donde podían adquirirse. Una versión más sostiene que el nombre tiene un origen más mundano, pues establece un paralelismo entre la generosidad de carnes de dichas tortas con las abundancias corporales de las rumberas cubanas de la época, que deleitaban las pupilas y calentaban las imaginaciones de los mexicanos a mediados del siglo pasado. Pero también existe una leyenda urbana en la que Castro sería el creador de tan fastuoso platillo, pues corren rumores de que en esas largas pláticas en el Café La Habana, el cubano pedía de comer una telera rellena con todos los ingredientes. Tal vez la naturalidad con que la solicitaba y el inconfundible acento antillano hicieron pensar al cocinero que así se preparaban las tortas en la isla cubana, y por ello empezó a llamarse así a dichas tortas.

Otra anécdota la cuenta el dueño de La Casa del Pavo, en la calle de Motolinía: en los años 50, un hombre muy alto, con acento extranjero y uniforme de elevadorista, llegaba a pedir una torta, se quedaba viendo al tortero y hacía un gesto de desagrado; después de varias visitas, aquél le preguntó el porqué de su gesto y el extranjero respondió que él podía hacer una mejor; el tortero le dio su mandil y el gorro, y el extraño preparó una torta gigantesca con todos los ingredientes que tenia a la mano; ésta fue incluida en el menú y el fuereño les dijo que no olvidaran que la torta cubana la había inventado Fidel Castro.

Es imposible corroborar cualquiera de estas historias, pero tampoco resultan descabelladas. Y ese es, quizás, el encanto y la fascinación que producen las leyendas.

FM

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