ENTREVISTA | POR RAÚL CAMPOS

Dos jóvenes sociólogos y un veterano antropólogo indagan sobre las dificultades de ser indígena y roquero en las comunidades chiapanecas y sobre la recreación de su cultura a través de esta música ya universal.

Etnorock, fusión sonora en el sur de México

Ciudad de México

Después del festival de música de Avándaro, el rock, exclusivo de las clases medias y altas oriundas de las urbes, se integró a la cultura "populacha" mexicana y con el tiempo fue llegando a las regiones más recónditas y marginales del país. Este proceso es estudiado por Edgar Ruiz, Alan Llanos y Martín de la Cruz, sociólogos y antropólogo, quienes interesados en descubrir cómo se gestó esa influencia del género en las comunidades tzotziles de Chiapas, plasman en Etnorock: los rostros de una música global en el sur de México (Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, 2014) la forma en que las nuevas juventudes indígenas han hecho de esta música una manifestación híbrida, cuyas sonoridades tradicionales coexisten con la energía roquera, creando así el etnorock.

¿Cuándo inició el movimiento de rock indígena?

Alan Llanos: Puede rastrearse en el proceso migratorio que desde 1960 se está dando en la región conurbada de San Cristóbal de las Casas, pues provoca que lleguen muchos indígenas a habitar la ciudad, un espacio globalizado donde interactúan las diversas comunidades indígenas con la gente local y turistas y demás que van llegando. Así, los jóvenes van a manifestar su identidad indígena, juvenil y musical mediante el rock. En estas manifestaciones culturales, los jóvenes recrean toda esa herencia cultural de su pueblo de origen, entremezclándola con las expresiones urbanas que han crecido.

Edgar Ruiz: En los últimos años este fenómeno se volvió más visible, pero en Los Altos de Chiapas ya va para 20 años. Inició con la agrupación Sak Tzevul (Relámpago Blanco). No es un movimiento homogéneo, pues ha ido transformándose, ha cambiado de nombres y ha abanderado de distintas formas, diferentes causas.

¿Cómo definen el etnorock?

Martín de la Cruz: Es una fusión de sonoridades donde mucha música tradicional indígena, que estaba limitada al campo ceremonial y ritual, está siendo visible, recreada y reinventada por los jóvenes, lo que hace que trascienda las barreras locales y sea convertida en espectáculo. Hace visible cómo hoy los jóvenes de las comunidades indígenas están viviendo entre lo rural y lo urbano sin dejar de tener presente su origen, que converge con todas sus tradiciones a la hora de hacer música.

¿Podría hablarse del etnorock como subgénero del rock?

ER: Más que hacer una taxonomía del rock, deberíamos volver a verlo no como una música pura sino como un producto de apropiaciones. Es música negra, jazz, blues y otras más. Se territorializa, se adapta y ciñe a los contextos que llega, no es este rock blanco angloparlante que más se ha dado a conocer. No es que sea un subgénero, sino que viene a complementar las maneras diversas en que el rock durante más de 50 años se ha incorporado en los distintos contextos.

¿Cuáles serían sus características?

MC: En este caso de Los Altos de Chiapas, es básicamente rock en tzotzil o bats'i rock, que significa rock original o verdadero, aunque también se canta en tzeltal; y que reinventa la música tradicional, aquí los grupos refrescan su lengua a partir de nuevas composiciones que hacen más amplio su abanico musical.

Alan, tú trabajaste con Slemk'ok Band, que es rock tzotzil cristiano, ¿Qué dificultades han tenido por esta peculiar combinación?

AL: Slemk'ok Band, que significa Llamas de Fuego, tiene la encomienda, según ellos, de llevar las buenas nuevas de Cristo a través de la música. Lo hacen criticando la manera en que las congregaciones religiosas se acercan a los jóvenes para hacerles ver el bien. ¿Han tenido dificultades? Sí, porque para los líderes religiosos esta forma de legitimar la fe no es válida sino para hacerse de un público utilizando el nombre de Dios. Para ellos es todo lo contrario, es su manera de tener una conexión espiritual y de integrarse con sus comunidades. En Chiapas ha habido intolerancia religiosa desde hace más de 40 años, mucha gente ha salido por disidencia religiosa y política violenta, y sus padres fueron desplazados por eso; y ellos son una contracultura dentro del rock tzotzil, porque critican la tradición indígena que los tenía oprimidos, contrario a las bandas normales, que cantan y veneran su pertenencia cultural.

Son doblemente discriminados: por indígenas y por cristianos. Eso ha provocado que se les piense como gente que nada más está utilizando una palestra cultural para llevar un mensaje religioso, pero no, te acercas a escuchar sus canciones y te das cuenta de que las reminiscencias religiosas son mínimas: en dos estrofas pueden hacer alusión a Dios y el resto es una connotación política.

Edgar, tú trabajaste con la banda Vayijel, ¿Qué me puedes decir respecto a ellos?

ER: A Vayijel (espíritu animal protector) le gusta la estética dark y metalera, compone sobre situaciones cotidianas, muerte de seres queridos y fiesta, pero también retoma algunos elementos de su tradición. Sus integrantes usan máscaras que representan a personajes míticos de su cosmovisión, por ejemplo: el j'valopat'ok, una criatura nocturna que habita el inframundo, es parte de la mítica dentro de sus composiciones, y mediante ellas expresan una forma de volver a arraigarse al pueblo, porque justo tienen que ir a la ciudad a trabajar o estudiar y empiezan a experimentar la discriminación de la ciudad.

El baterista alguna vez me contó que tenía muchas ganas de entrar a un bar en la noche, pero eran espacios negados para muchos jóvenes indígenas, porque son considerados como menores de edad por la visión paternalista del indio; pero el rock ha sido la forma a través de la cual han logrado entrar a esos lugares.

¿Podríamos decir que existe una industria cultural de bandas de etnorock?

ER: Si hablamos de rock y pensamos en la industria musical creemos en una gran disquera y personajes industriales capaces de vender millones de discos. En efecto, hay una emergencia de la industria musical, pero con los tintes de lo que en los años noventa e inicios de los 2000 fue la industria independiente.

MC: No son producciones a gran escala, pero gustan a la gente, están apropiándose de los espacios públicos tanto en San Cristóbal como en sus comunidades, y también se están moviendo en el circuito de los festivales culturales, aunque los chavos no viven de eso, conjuntan su actividad musical con el trabajo cotidiano. Lo que ellos quieren es dar a conocer su música y no acotarla solo a este discurso indigenista y de eventos culturales, sino generar una industria musical un poco más robusta sin contradecir el principio de arraigo al pueblo.

AC: Hay una constante búsqueda de espacios en que se inicia con promotores culturales, luego con instituciones que puedan financiarlos a un nivel local, luego estatal y federal, y empiezan a tener estas estrategias de manera que comienzan a generar su propia industria independiente para proyectarse: ven disqueras independientes y ven la necesidad de tener un representante. Es todo un proceso de profesionalización en el que tienen que capitalizar su música para competir con el rock "legítimo".

¿Con qué dificultades se han enfrentado estas bandas para presentarse fuera de estos espacios indigenistas?

ER: Para poder darse a conocer entran en este circuito donde es necesario presentar un demo, tener una propuesta musical, una estética, y es difícil que se les escuche como roqueros sin que sea explicitada su apariencia étnica, por ello tienen que jugar con esa estética propia de los trajes tradicionales de manera que se puedan "roquerizar". Otra es la apertura de espacios. Generalmente donde ellos se presentan son espacios culturales como los foros municipales y museos, que es volver a museificar al indígena vivo. A pesar de ello, se han podido relacionar con agentes del rock nacional desde una perspectiva alternativa, que han posibilitado que bandas como Vayijel vengan al DF a presentarse en el tianguis de El Chopo. En el Vive Latino, el año pasado se les dio un espacio bien pequeño pero significativo a bandas como Sak Tzevul, Lumaltok, Hektal y Yibel Jmetik Balamil; y en Cumbre Tajín, a Tool y Primus, quien les abrió fue Vayijel.

¿Cómo ha sido la respuesta del público?

ER: En el DF la recepción es de mucha expectación primero, como: "¿Quiénes son? ¿Por qué están vestidos así?", y entonces comienza todo un proceso de evaluación musical. Vaya, son públicos exigentes que más allá de la cuestión étnica, están esperando un buen sonido musical: es una evaluación de la técnica, del recurso sonoro y la calidad de la música, siempre están en una constante prueba que los lleva a una perpetua especialización y profesionalización. Aunque también pueden ser muy condescendientes, dicen: "bueno, porque es indígena nos gusta", y muchas veces los músicos quieren ser evaluados por su quehacer, más que por su cuestión étnica.

AC: Están haciendo una revalorización de la cultura estética, porque cuando se presentan para la misma población joven indígena ocurre una expectación magnífica: observar a chavos de la misma edad que no tienen vergüenza de portar el traje tradicional y cantar en su propia lengua materna, situación que se vive bastante en aquella región, y el escuchar de repente a un grupo que tuvo las agallas de presentarse públicamente, ha generado una idea de repensar qué pueden hacer ellos con su condición indígena. Llegan a una presentación hablando español y luego haciéndolo en tzotzil.

¿Entran en la clasificación de rock nacional?

ER: La categoría rock nacional surge entre los años setenta y mediados de los ochenta, cuando el rock en México cae en una estigmatización, en una negación de los espacios urbanos, y los jóvenes empiezan a buscar espacios incluso marginales para poder expresarse. Es decir que el rock nacional es una forma de responder a una forma de política de marginalización y rechazo, como lo que significó Avándaro en el 71 por la persecución estudiantil, la guerra sucia, la emergencia de movimientos urbanos y populares.

En general, el rock nacional expresa otras realidades. No considero que el etnorock deba sumarse a una categorización como la de rock nacional, pues habla por una realidad de sí mismo, e incluso no veo que los roqueros nacionales se definan así, porque el rock en México ya pasó por un proceso de universalización, y las bandas de rock tzotzil están en este sentido apropiándose de un sonido global desde una situación concreta y territorial.