Fernando Pessoa y el clarín de la vanguardia

La aparición de la revista Orpheu en 1915 marcó la hora en que el poeta portugués se convirtió en la encarnación de la modernidad de su país y el arribo triunfal de su heterónimo Álvaro de Campos ...
A la derecha, el autor del Libro del desasosiego
A la derecha, el autor del Libro del desasosiego

Ciudad de México

En 1914 Pessoa era un joven de 25 años, tímido, ansioso, a disgusto con su físico e inseguro de sus ideas y creencias. Hizo de la contradicción y la paradoja su sistema de pensamiento, siempre en el marco de una asombrosa lucidez, de una inteligencia que podía resolver y plantear los más intrincados enigmas de la condición humana. Sabio precoz, crítico de todo y de sí mismo, la poesía se convirtió en el método para plantear las grandes interrogantes celestes. El año de 1914 es también en el que dijo que vivió su jornada triunfal al dar vida al poeta Alberto Caeiro, que devino su maestro, como también lo fue de su otro heterónimo: Álvaro de Campos.

Ese 1914 a Fernando Pessoa le quedó claro que la única forma de dar trascendencia a sus ideas estéticas pasaba por la fundación de una revista, de un órgano propio en el que, sin cortapisas de ningún tipo, él y sus amigos afines en pensamiento y obra pudieran dar libre cauce a sus inquietudes literarias, al margen del rancio mundo cultural de su país. Había entrado en conflicto con la revista Á Aguia, de la que había sido colaborador permanente, por su descontento con las críticas que recibían los libros de su amigo Francisco de Sá Carneiro.

*

Con el inicio del siglo XX surge la tradición de lo nuevo: 1912 es el annus mirabilis. Se le considera así pues marca una ruptura con las formas decimonónicas imperantes hasta la época. Los prestigios de la poesía, como se le concebía hasta ese año, habían saltado por los aires víctimas de los movimientos de renovación estética como el futurismo, que proclamaban una nueva sensibilidad. En el siglo anterior el romanticismo fue herido de muerte con la aparición del libro de Baudelaire, Las flores del mal. El poema "Una tirada de dados", de Mallarmé, fue el clavo definitivo en el féretro del simbolismo y significó un verdadero terremoto. Las nuevas formas de organización económica y social exigían el surgimiento de una nueva expresión estética acorde con los nuevos tiempos: las concentraciones urbanas se habían convertido en un tiempo presente ineludible.

La poesía pretendía expresar el futuro. Marinetti, en 1909, en el periódico Le Figaro, proclamó la buena nueva ante el mundo: difundió desde sus páginas el evangelio de la máquina y la velocidad que guiaría los tiempos por venir, el futurismo. Carecía de talento para la poesía pero le sobraba energía como propagandista. Sus gritos y alabanzas a la mecanización se escucharon hasta Portugal. No deja de sorprender que su Manifiesto haya sido traducido al portugués y publicado en un diario de las islas Azores, entonces tan lejanas de Lisboa y tan remotas de los centros culturales europeos. Pero la verdadera presencia del futurismo en suelo portugués se dio hasta que Mário de Sá–Carneiro, habitué de París, lo divulgó en la capital de su país natal.

Con el patrocinio del padre de Sá–Carneiro —el más talentoso de los amigos que formaban parte del círculo de Fernando Pessoa, el más afín a él y que comprendía sus ansias renovadoras (en realidad los otros jóvenes de su grupo seguían muy afiliados al cultivo del arte por el arte, el "arte puro")—, el autor de la "Oda marítima" fundó la revista Orpheu. Lo acompañaron en esa aventura editorial Luís de Montalvor, el mismo Sá–Carneiro, Roland de Carvalho, Pedro Alfredo Guisado, José de Alamada Negreiros, Cortes–Rodrigues, y su heterónimo, Álvaro de Campos.

La existencia de Orpheu fue más que efímera: solo se publicaron dos números. El tercero se quedó en pruebas de imprenta, por carencia de fondos, ya que su principal promotor —Fernando Pessoa— nunca pudo conseguir un mecenas que asegurara la existencia de la revista. Este asunto constituyó un fracaso más en la vida del joven poeta que contribuyó a ahondar su complejo de inferioridad. El fin de Orpheu se debió al suicidio de Sá–Carneiro en París. Al morir éste, el padre del amigo de Pessoa consideró que no tenía ningún compromiso con los amigos de su hijo y retiró el apoyo financiero a la revista.

Orpheu quedó como el hecho más importante de la vanguardia estética en Portugal.

El colaborador estrella de los dos únicos números de Orpheu que vieron la luz pública fue Álvaro de Campos. En sus páginas, en sendos números, aparecieron dos célebres odas impregnadas de whitmanismo y futurismo: la "Oda triunfal" y la "Oda marítima".

Ambas incomodaron a las buenas conciencias: en el fondo y en la superficie eran un insulto al buen gusto y a la corrección literaria, y por ello los miembros más distinguidos del establishment literario reprobaron la actitud de los jóvenes colaboradores de la revista, que se convirtió en piedra de escándalo.

En dos de los periódicos más importantes de Portugal aparecieron posiciones contrarias en relación a Orpheu. O Jornal publicó un poema satírico de Antonio Antunes Belo, que en uno de sus cuartetos dice: "Admiro todo el arte complicado/ De los páulicos poetas de Orpheu./ Los admiro porque no entiendo nada/ —Y ellos no entienden más que yo". El término "páulicos poetas" alude al movimiento fundado por Fernando Pessoa, el paulismo, que tuvo su fundamento teórico en su poema "Pauis" al que más tarde le cambió el título por "Impresiones del crepúsculo", y que era para su autor el "arte del sueño moderno" que se proponía "fundir en una sola unidad lo objetivo con lo subjetivo".

Por su parte, Alfredo Carvalho Mourão, en el periódico Terra Nossa, expresó su admiración al contenido de la revista: "una gran obra, en efecto, se propone erigir este grupo gentil de inteligencias que no pretende Formas sino Esencias, que no ansía Altura sino que busca motivo y corazón. Se adivina en toda aquella realización el verbo ignorado y oscuro de una Sinceridad".

El primer número de Orpheu apareció en los puestos de venta en marzo de 1915. Fernando Pessoa, aficionado a la astronomía, le elaboró un horóscopo con base en la fecha del 26 de marzo.

Un trimestre después empezó a circular el segundo número. En él hacía acto de presencia, una vez más, Álvaro de Campos, en esta ocasión con su "Oda marítima", que se convertiría en un clásico dentro del canon del siglo XX y que sigue despertando el fervor de sus lectores. La "Oda marítima" pertenece a lo que en nuestro país Octavio Paz llamó la tradición de la ruptura, entendiéndose por tradición a la fuerza de expresión intrínseca en un texto literario que sustenta su vigencia permanente.

La "Oda marítima" es la etapa final de un proceso de innovación de la tradición literaria portuguesa que se inició con el poeta Barbosa de Bocage (1765–1805). Expresa la culminación y la crisis del subjetivismo. En la segunda década del siglo XX apareció en Portugal este poema de grandes dimensiones, en todos los sentidos, que desbordaba sus propios límites y que no solo está lleno de mundo sino que fue elaborado con los jirones de una biografía que se convierte en un espléndido espectáculo de juego de máscaras, con la tesitura de una pieza de teatro que Pessoa llamó "Drama en gente".

La oda está escrita con el recuerdo insoportable de una orfandad que solo puede ser mitigado por el velo de la subjetividad que envuelve a un mundo onírico, en el que las sensaciones adquieren otra dimensión a través de un viaje inmóvil: el perfecto oxímoron que fascinaba a Fernando Pessoa.

Del paulismo el poeta había pasado al sensacionismo, expresado en versos como "La mejor manera de viajar es sentir/ Sentir todo en todas las formas", que resume la lección extraída de sus maestros, el heterónimo Caeiro y Walt Whitman, el poeta norteamericano que le impulsó a sentir todo con exceso, dejando de lado la "justa medida" aristotélica. El exceso iba a caracterizar a la "Oda marítima": "Cuanto más yo sienta, cuanto más sienta como varias personas,/ Cuanto más personalidades yo viva [...]/ Cuanto más unificadamente diverso, dispersamente atento/ Esté, sienta, viva, sea,/ Más poseeré la existencia total del universo".

La revista fue el foro de la vanguardia que proyectó su sombra sobre todas las facetas de la modernidad de la poesía portuguesa. En sus páginas aparecieron los sorprendentes poemas de Pessoa y Sá–Carneiro. El poema de éste, Manicure, debe su estructura a los experimentos tipográficos de Mallarmé. Ha pasado un siglo desde su publicación y merece una mayor atención fuera del ámbito de la lengua portuguesa.

*

La "Oda marítima" ha sido leída desde casi todas las perspectivas metodológicas. Ha hecho correr mucha tinta. Es una pieza ya clásica: ninguna interpretación agota sus significados. El poema es como un poliedro y algunos de sus lados, en un primer acercamiento, producen desconcierto al lector; por ejemplo, el que se refiere a las alusiones sexuales: motivo de exégesis y encendidas polémicas entre los admiradores de Pessoa.

Según Eduardo Lourenço, si no existieran los más candentes y análogos pasajes de la "Oda marítima", se podría decir que en la literatura universal habría muy pocos ejemplos de tan extraordinaria exploración del polisemismo indefinidamente abierto que es propio de la referencia sexual. Pero naturalmente, conviene no perder de vista lo esencial: el carácter pasivo, o tal vez, más equívocamente, activo–pasivo, de las imágenes que en ciertos pasajes del poema se elevaron, como en la "Oda marítima", a un grado de autocastigo dolorosamente trágico, bajo el voluntario y camuflado exceso que las baña:

Yo podría morir triturado por un motor

Como el sentimiento de deliciosa entrega de una mujer poseída.

¡Arrójenme a los hornos!

¡Métanme bajo los trenes!

¡Golpéenme a bordo de los barcos!

¡Masoquismo a través de maquinismos!

¡Saudade de no sé qué moderno y yo y el ruido!

¡Uu–lá ho jockey que ganaste el Derby,

Morder entre los dientes tu gorra de dos colores!

(¡Ser tan alto que no pudiera entrar por ninguna puerta!

Ah, mirar es en mí una perversión sexual!)

¡Eh–lá, eh–lá, he–lá, catedrales!

¡Dejadme partir a la cabeza del encuentro con vuestras esquinas,

Y ser levantado de la calle lleno de sangre

Sin que nadie sepa quién soy!

¡Oh tranvías, funiculares, metropolitanos,

Rozaos conmigo hasta el espasmo!

¡Hilla!, ¡hilla, hilla–ho!

El yo poético se encuentra solo en el amanecer de una mañana de verano. Está en un muelle desierto. Mira hacia lo lejos: mira hacia el lado de la barra, mira hacia lo indefinido. Un barco se aproxima al puerto clásico a su manera. Por un intersticio se filtra lo indefinido. El muelle sobre el que afirma sus pies ese yo poético se transforma: pertenece ahora a la esfera de la imaginación. Bajo los pies surge otro muelle, se realiza un tránsito de lo real a lo ideal, mientras el barco avanza. El muelle se sitúa entonces fuera del espacio y del tiempo, e internamente dentro del yo poético "un timón comienza a girar lentamente".

El timón marcará el ritmo de las diferentes etapas del poema y en su movimiento elaborará una perfecta estructuración interna de él. El timón es el referente del ámbito de lo marítimo, ese ámbito con el cual el yo poético desea identificarse pues contiene la memoria histórica de un pasado glorioso, cuando los marineros a bordo de sus primeros navíos descubrían dilatados territorios: "todo el muelle es una saudade de piedra" y los objetos navales serán los "viejos juguetes del sueño".

El barco atraca pero el yo poético zarpa y se adentra en la vida marítima que es identificación y totalidad del mundo. El timón se acelera y lo sacude nítidamente. Hay un arrebato de enumeraciones y sucedidos de la vida marítima, hechos tocados por la violencia: piratas ebrios, crueles, abordajes, saqueos y asesinatos, orgías de sangre, y alusiones sexuales en las que el yo poético adquiere la condición de lo femenino. Y como en la "Oda triunfal", se presenta un cambio de ritmo, de intensidad y de temática luego de alcanzar un clímax en la evolución del poema: "Se rompe en mí algo. El rojo anochecer./ Sentir además para poder seguir sintiendo". Se provoca un anticlímax al evocar la infancia: "Oh, mi pasado de infancia/ muñeco que me destrozará". ¿Curioso o extraño punto de contacto con la "Oda triunfal"? La referencia al pasado rompe una vez más con los postulados del futurismo. Luego se intenta, inútilmente, recuperar la euforia sensacionista: "Evoco, por un esfuerzo voluntario [...], pero la canción es una línea recta trazada dentro de mí". Y se inicia un progresivo regreso al muelle real. El yo poético habla de que dentro de él el timón se detiene. Se desvanecen las líneas de lo indefinido: han quedado en la región del sueño la incursión por el glorioso pasado y la aventura. El yo poético es otra vez un alma solitaria, y en el muelle, frente a la inmensidad del río y del mar, esa soledad parece que se intensifica. Se diría que el yo poético de súbito entró en el reino de lo onírico y de él sale. Se da cuenta que está otra vez sobre el muelle, inmóvil como su alma. Son ciertos el puerto y la ciudad y el barco, ciertos como la tristeza que lo invade: "un semicírculo de no sé qué emoción/ En el silencio conmovido de mi alma".

La pérdida del paraíso de la infancia fue para Fernando Pessoa la pérdida de un tiempo que era solo suyo: un tiempo perdido que el poeta buscará recobrar como Proust, pero esta acción está destinada al fracaso. Hay una interdependencia entre el tiempo y el yo, dos unidades que se manifiestan en las obras literarias. Las dos unidades se suman para formar una sola. La ruptura entre el presente y su pasado provoca inevitablemente la fracturación del yo. Este hecho plantea con toda su relevancia un problema de identidad. Los heterónimos nacen de esa fractura.

El poema termina con una tristeza, la del fracaso, con una emoción indescriptible en la entraña del silencio, del silencio conmovido de su alma, del alma Campos–Pessoa.

Ninguna publicación de la época hubiera concedido espacio a la "Oda marítima". Era necesario que Pessoa fundara su propio órgano de expresión. La incomodidad de Pessoa con su medio cultural y la incomodidad del establishment con él eran indisolubles. Un siglo después aún nos asombra que el autor de la "Oda marítima" haya sido el héroe de una inolvidable hazaña: ser la encarnación total de la vanguardia en su país.