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Miércoles , 19.09.2018 / 01:18 Hoy

Fernando del Rey: “Las democracias están siempre en riesgo”

El codirector de 'Políticas del odio. Violencia y crisis en las democracias de entreguerras' expone las semejanzas entre los populismos que alentaron el surgimiento del bolchevismo y el nazismo

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Para evitar que en nuestros días triunfen las políticas del odio que han dado lugar a oscuros periodos históricos, marcados por la violencia y la crisis, que vieron surgir fascismos como el de la Alemania nazi o totalitarismos como el de la Rusia bolchevique, hay que construir una ciudadanía universal consciente, preparada e imbuida de valores democráticos, una labor que, en palabras de Fernando del Rey, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense, “es una labor en la que las sociedades en su conjunto deben implicarse, y sobre todo las élites políticas identificadas con el modelo democrático”.

“El mejor antídoto contra los enemigos de la democracia, contra los populismos, contra los redentorismos de todo tipo”, afirma el investigador, “es crear ciudadanos conscientes, pluralistas y organizados democráticamente, una labor que pasa por potenciar la escuela y la cultura, y una responsabilidad que atañe a todos nosotros”.

Del Rey ha dirigido, junto con el también catedrático de Historia del Pensamiento, Manuel Álvarez Tardío, el volumen de ensayos Políticas del odio. Violencia y crisis en las democracias de entreguerras, publicado por Tecnos, en el que se analiza el momento histórico comprendido entre 1919 y 1939, un auténtico laboratorio político en el cual rivalizaron la democracia liberal, el comunismo, el fascismo y el conservadurismo autoritario.

El investigador advierte que, pese a sus diferencias, hay algunas enseñanzas que esa época ofrece a nuestro tiempo, “en el sentido de que podemos tomar conciencia de que las democracias, incluso ahí donde están más consolidadas, nunca están fuera de peligro, y que la Historia nunca está escrita y se puede volver a situaciones desastrosas”.

Por otra parte, de aquellas experiencias “se pueden extraer conclusiones que ahora resultan útiles; por ejemplo, lo fundamental que es preservar esas democracias, lo fundamental que es construir importantes liderazgos democráticos, educar a nuestras élites políticas para que asuman esas responsabilidades y no se dejen tentar por los peligros que amenazan a las democracias y que aún siguen amenazándolas, como lo son las oleadas de populismo de extrema derecha e izquierda”.

En ese sentido, Del Rey considera que para equiparar el ascenso de líderes como Donald Trump con el ascenso de personajes como Adolf Hitler, hay que tener en cuenta que “son épocas muy distintas: lo de los fascismos en la primera mitad del siglo XX o lo del bolchevismo y el comunismo no encuentra ahora parangón. Sin embargo, lo que ocurre en Estados Unidos con Donald Trump es un hecho anómalo, porque durante todo el siglo XX Estados Unidos, junto con Gran Bretaña, fueron los grandes arsenales de la democracia. Que en ese país tan grande, vecino de México, ocurra lo que ha ocurrido, no deja de ser preocupante. Ahora bien, frente a eso debemos confiar en el sistema de contrapesos que tiene la democracia norteamericana, que ha funcionado muchas veces a lo largo de la Historia y que parece ser que sigue funcionando, pues a Trump se le han parado los pies varias veces. De cualquier forma, es preocupante que el máximo responsable de esa democracia y del país más poderoso del mundo tenga el discurso que tiene, un discurso xenófobo, racista e intolerante”.

Para Del Rey, el asunto clave respecto al surgimiento del populismo que encabeza Trump está en “una serie de discursos de salvación, que en realidad son muy viejos y se han vuelto a resucitar como si fueran una novedad; discursos de regeneración frente a las democracias antiguas, pues en el periodo de entreguerras del siglo XX ese tipo de discursos abundaban. Lo evidente es que los lenguajes políticos, las ideas, los valores que transmiten, contribuyen a erosionar las democracias y las instituciones. Frente a eso, la Historia enseña que hay que actuar con contundencia y pararlos en seco. Muchas veces las democracias se han hundido y se han visto envueltas en problemas por no tener claros sus valores y la contundencia con la que hay que actuar frente a sus enemigos. En ese sentido, la palabra y los discursos son muy peligrosos, sobre todo los discursos simplistas, demagógicos, populistas, que ofrecen soluciones mágicas para problemas que son generalmente complejos”.

En cuanto a la manera en que los discursos del fascismo, del radicalismo de derecha y del bolchevismo, infectaron de odio y violencia a las sociedades de entreguerras en el siglo XX, Del Rey sostiene que “el contexto propició que fueran eficaces: las consecuencias de la Primera Guerra Mundial; los desastres que generó; la falta de generosidad con los vencidos; el hecho de que aparecieran muchos países que tuvieron que crear sus instituciones representativas desde la nada; los problemas económicos generados por la Gran Guerra más los que luego vinieron con la crisis de 1929; todo ello generó un marco tremendamente problemático que fue aprovechado por los enemigos de la democracia para lanzar sus discursos y arrastrar, como el flautista de Hamelin, a millones de personas detrás de su demagogia discursiva en un momento en que institucionalmente, económicamente, incluso en el mundo de los valores y la cultura, todo se había desmoronado. La civilización liberal que trabajosamente se había construido en el siglo XIX, y que apuntaba hacia un mundo de progreso, se la llevó por delante la Primera Guerra Mundial. En realidad, todo era muy frágil y la euforia democrática que trajo la paz se demostró un espejismo en la mayor parte de los países donde empezaba a despuntar la democracia”.

El hecho, observa Del Rey, es que esos discursos cuajaron sobre todo en las clases medias, “que habían sido duramente golpeadas por la crisis y la inflación y se habían empobrecido, al tiempo que algunos países se sintieron humillados por los tratados de paz. Eso generó un caldo de cultivo que propició que tanta gente siguiera esos discursos de salvación, porque al fin y al cabo los discursos autoritarios y totalitarios, en su versión populista, llevan un componente de engaño tremendo”.

Una referencia especial merece la Revolución rusa, que en 2017 cumplió su primer centenario. Al respecto, Del Rey comenta que “desde la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la URRS en 1991, los discursos míticos en torno a la Revolución rusa se han acabado y no han levantado cabeza. En el mundo historiográfico no hay una mirada simpática ni comprensiva siquiera hacia lo que fue aquello, porque al fin y al cabo de aquella revolución surgió uno de los monstruos totalitarios más brutales del siglo XX. Lo llamativo fue no que se supiera ya desde el periodo de entreguerras, sino cómo millones de ciudadanos en el mundo se sintieron deslumbrados por ese modelo político, generando mucha esperanza con la aparición de regímenes similares y movimientos políticos por todo el mundo: Cuba, China, Vietnam, Camboya, Etiopía…”.

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