La fatalidad y el humor

El Santo Oficio.
José María Pérez Gay
José María Pérez Gay (René Soto)

Ciudad de México

Catatónico, así quedó el cartujo después de leer el nuevo libro de Rafael Pérez Gay: El cerebro de mi hermano (Planeta, 2013), sobre la enfermedad y los últimos días de José María, el primogénito de una familia de clase media atrapada con frecuencia en agobios económicos por los despilfarros y sueños locos de un padre autoritario.

En otro libro, la novela Nos acompañan los muertos, Pérez Gay cuenta la historia de sus padres, su caída en el oscuro pozo de la vejez, la manera como el tiempo los fue despojando de todo hasta convertirlos en hijos de sus hijos. “No quedaba nada del hombre alto, fuerte y sano que se comió a puños el polvo de la vida”, escribe al recordar el declive de su padre.

La fatalidad acecha en cada página de estas narraciones; sin embargo, en los momentos más dolorosos Pérez Gay recurre a la pócima mágica del humor para aliviar la tensión o conjurar los demonios del desamparo. Sus muertos lo acompañan, y al evocarlos él vuelve muchas veces a su infancia, a la ciudad todavía hospitalaria donde creció, a los momentos felices, dramáticos o aun grotescos de otros tiempos.

En El cerebro de mi hermano, por ejemplo, refiere una de las peleas entre su padre y José María. “Yo miraba esos encuentros con una especie de curiosidad incrédula, como si fueran dos actores durante una representación —dice Pérez Gay—. Así ocurrió la mañana en que mi padre persiguió a mi hermano con un martillo y un cinturón, no miento, y éste, armado de una silla y unas tijeras, lo rechazaba subido en una cama”.

En este libro, las remembranzas llegan mientras Rafael se asoma al precipicio del mal incurable de su hermano y mira en las imágenes de resonancias y tomografías las zonas devastadas de su cerebro. El cerebro de un hombre culto, de memoria portentosa y gran facilidad para los idiomas, de pronto desvalijado por una enfermedad perversa.

El informe—así lo llama Pérez Gay— no oculta las desavenencias entre él y José María, a quien reprochó el plagio de la reseña de la película La vida de los otros, de Florian Henckel, descubierto por Guillermo Sheridan, y con el cual tuvo un serio distanciamiento a partir de las elecciones de 2006. “Nos separó la política. Él se tiró de cabeza a la campaña de López Obrador a la presidencia de la República; a mí me tocó cubrir para El Universal aquellos días y fui todo lo crítico que pude con el candidato de la izquierda, de esa izquierda a la que consideraba y considero proclive al autoritarismo, dogmática, antidemocrática, mal perdedora”, comenta Rafael.

El cerebro de mi hermano es de una honestidad a prueba de balas, un libro breve, vertiginoso; es una historia triste —risueña en algunos pasajes— pero sobre todo es un testimonio de admiración y amor por el hermano ausente, a quien en la familia llamaban Pepe y no Chema, como le decían sus amigos.

Queridos cinco lectores, con uno de los discos de Claudio Abbado sonando una y otra vez en la memoria, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.