La fascinación por el fracaso

Si Limónov fuera un simple recuento de una vida sumamente peculiar, difícilmente habría alcanzado el arrollador éxito obtenido.
Emmanuel Carrère.
Emmanuel Carrère. (EFE)

México

Limónov, de Emmanuel Carrère, es uno de esos libros irresistibles que difícilmente encontrarán a un lector inmune a quedar maravillado tras su lectura. Quizá la parte más evidente de su encanto tiene que ver con la vida de Eduard Limónov, el héroe o el antihéroe del libro, según se considere, a quien Carrère consagró casi cuatrocientas páginas para intentar descifrarlo como si fuera un enigma que, entre más se revela, más complejo e inasible se vuelve. El recorrido de Limónov de poeta underground de una pequeña ciudad de la Unión Soviética, a la bohemia de Moscú donde se mantuvo haciendo pantalones, a Nueva York donde descendió a lo más sórdido del inframundo de la casi mendicidad, a autor de culto con varios libros publicados, a miliciano que combatió por el nacionalismo serbio en la Guerra de los Balcanes, a fundador del Partido Nacional Bolchevique, un partido político cuasi fascista en la Rusia contemporánea, es en sí mismo un arco narrativo perfecto, que el más talentoso novelista envidiaría por lo impecable de su trayectoria. Sin embargo, la forma narrativa elegida por Carrère es igual de decisiva, pues por cautivador que sea su personaje, si Limónov fuera un simple recuento de una vida sumamente peculiar, difícilmente habría alcanzado el arrollador éxito obtenido.

Un gran acierto de Carrère es haber escrito un libro narrativo, no periodístico, en primer lugar porque al ser los libros del propio Limònov la fuente primordial para conocerlo, es evidente que no se puede pretender la objetividad testimonial que respaldaría un texto periodístico. Pero en un sentido es lo de menos: como lectores asistimos a la participación de Carrère como personaje de su propio libro, pues por un lado forcejea constantemente con su propia valoración de Limònov, que le fascina y le repugna de manera intermitente. Y es casi enternecedor leer, principalmente en la primera parte, cómo Carrère contrasta su vida de intelectual parisino cuya máxima aventura en la vida probablemente ha sido impartir clases de francés en una remota ciudad de Indonesia, con la vida aventurera, de forajido de las letras, de Limònov, que por supuesto le ofrece un rico material literario que plasmó en sus varios libros, en tanto un joven Carrère se torturaba por el temor a fracasar en su sueño de convertirse en un gran escritor, precisamente limitado por la cómoda vida de bohemia burguesa que llevaba.

No deja de ser irónico el enorme éxito obtenido por Carrère al narrar la vida de Limònov, quizá el personaje más adicto a encontrar vías siempre novedosas para procurarse el fracaso que podamos encontrar. Sin embargo, al inmortalizarlo en su obra maestra, en cierto sentido Carrère ha potenciado el sueño de Limònov, aquel que expresara en uno de sus libros, el mejor según Carrère, Diario de un fracasado: “La grande y aguerrida tribu de los fracasados, losers en inglés, en ruso nieudáchniki. Vendrán todos, tomarán las armas, ocuparán una ciudad tras otra, destruirán los bancos, las oficinas, las editoriales, y yo, Eduard Limónov, iré en cabeza de la columna, y todos me reconocerán y me amarán”.