El fantasma de Griffith

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Hace unos 100 años, D.W. Griffith pasó horas amargas cuando los defensores de la población afroamericana lo llevaron ante los tribunales.
Hace unos 100 años, D.W. Griffith pasó horas amargas cuando los defensores de la población afroamericana lo llevaron ante los tribunales. (Especial)

Ciudad de México

Hace unos 100 años, D.W. Griffith pasó horas amargas cuando los defensores de la población afroamericana lo llevaron ante los tribunales por el modo como se refería a los negros en sus películas. Para el realizador sureño, uno de los fundadores de Hollywood, los negros eran sucios, indisciplinados, viciosos, y tenían entre sus escasas ambiciones la obsesión de relacionarse eróticamente con las mujeres blancas.

Aunque sus pulsiones racistas fueron reprimidas con ayuda de la ley, su semilla quedó sembrada en las fértiles tierras de la naciente industria cinematográfica. Como un niño malcriado, Hollywood creció con la idea frecuente de que los chinos eran torvos torturadores, los rusos fracasados, los mexicanos perezosos sin remedio, los franceses torpes seductores, los españoles ridículos toreros, y así.

Pero la semilla del racismo no se quedó con sus floridos frutos en Estados Unidos. Muchas cinematografías en buena parte del mundo la han hecho suya con frecuencia, imitando los productos hollywoodenses, buscando tal vez reproducir su éxito comercial. La más o menos reciente incorporación al esquema racista estadunidense de los asiáticos como sempiternos terroristas que viajan desde Irán, Irak o Afganistán a cualquier parte con tal de amenazar la paz del mundo, no ha pasado desapercibida para los cineastas europeos.

Hace unos días, una convocatoria de una empresa productora difundida por internet en busca de actores para actuar en una película, sacudió muchas conciencias en el mundo del cine. Parecía concebida con el más franco espíritu racista de Griffith. Los interesados en el casting pueden aspirar a la interpretación de los personajes de Fátima, una mujer musulmana con "físico de sueño", prostituta de evidentes rasgos árabes; Mamadou, un hombre negro, agresivo y cómico, que sepa bailar y hacer bromas; François, un rico heredero, guapo y blanco; Henri, un hombre de piel muy blanca que deberá "hablar como un burgués blanco", y si nació en un barrio de ricos tendrá mayores posibilidades de quedarse con el papel, y Rachid, un sujeto con acento árabe, de tipo magrebí, para interpretar a un ladrón capaz de correr muy rápido.

Cuando el escándalo comenzó a crecer hace unos días en Francia, la prensa buscó sin éxito a los responsables de la convocatoria, pero uno de los empleados del sitio web entró a su modo en explicaciones: "Sí, son clichés racistas, pero para mí no se trata de un racismo mala onda, sino de un racismo chistoso", y terminó aceptando que sí, que los directores de los casting se apegan a menudo a estos clichés.

Hartos de ver en las pantallas esos clichés degradantes, algunos cineastas franceses han levantado la voz para protestar. Ya no quieren ver humillados a los negros, a los árabes, ni a las prostitutas exóticas que responden siempre al nombre de Aminata o Fatou, en países donde el 90 por ciento de los casos de odio racial no son denunciados.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa