Estudié la vida, pero vivo de la muerte: fabricante de ataúdes

Pedro Jaramillo y sus parientes se han dedicado por décadas al negocio; distribuyen féretros en todo el país y poseen 5% del mercado nacional.

México

Una fábrica de ataúdes es el equivalente a una fábrica de cajas de zapato. Es la manufactura de un producto que se requiere". Con esta filosofía, Pedro Jaramillo dirige un gran taller de sarcófagos metálicos de nombre Litomexa, ubicado al oriente del Estado de México. Allí, un promedio de 50 empleados preparan las cajas a las que —algún día— todos hemos de llegar. "Trabajamos con ataúdes, pero tenemos poco que ver con cadáveres; siendo fábrica, aquí solo hay máquinas, troqueles, grúas, montacargas, pero no difuntos", aclaró.

Jaramillo nunca pensó dedicarse a esto. Estudió biología por negarse a seguir una tradición familiar de 60 años cuando su abuelo, padre, hermano y hasta un cuñado se dedicaron al negocio de los ataúdes; irónicamente él se integró al negocio por falta de empleo. "Con la biología estudié la vida y ahora vivo de la muerte. No me dediqué a mi carrera por muchas razones, pero al final el destino me trajo aquí y preferí esto porque no me gusta la industria funeraria".

Litomexa está dividida en dos predios. En el primero trabajan con las toneladas de lámina que fueron adquiridas en Monterrey y transportadas por carretera hasta un lote en Ecatepec, donde se almacenan para su posterior manufactura.

"Algunas partes del ataúd se cortan a mano, otras se hacen a máquina. Las troqueladoras y estampadoras hacen la concha que no es otra cosa que la tapa del féretro. La fabricamos como si fuera una parte automotriz que después se desorilla, se dobla y se le ponen los aditamentos".

Sorprendido, Pedro Jaramillo descubrió que en esta etapa se requería aplicar su punto fuerte: las matemáticas. Los números entran a escena justo cuando la manufactura manual se fusiona con la industrial y requiere de cálculo, trigonometría, diferencial e integral.

"Es algo similar a cuando estábamos en la primaria y hacíamos figuras geométricas", dijo. En los primeros años, relató, muchas piezas fueron hechas a base de prueba y error, echando a perder kilos de material y horas hombre.

Por increíble que parezca, Litomexa tiene cinco grandes máquinas que no fueron compradas para fabricar ataúdes, sino adaptadas para tal fin como una prensa vulcanizadora que perteneció a la llantera Firestone, otro par de máquinas de la empresa Eco y un enorme horno de pan funciona como curador (secado) de pintura de féretros.

Los números también determinaron la medida de un cadáver. ¿Las cajas debían ser tamaño estándar, mediano, grande o extra grande? "En el caso de México, el promedio es de 1.90 metros, mientras que en Mérida son más pequeños y en el norte más grandes. Se les conoce popularmente con el nombre de tambora, tiene 77 centímetros de ancho por lo que no caben en la fosa tradicional; hubo que hacerlos más pequeños con el nombre de media tambora que aguanta un cuerpo robusto", explica.

Terminado el trabajo de lámina, los féretros son llevados a un segundo predio donde un grupo de pintores, soldadores y decoradores entra en acción. El resultado final quedará envuelto en plástico y los ataúdes serán trasladados hacia diversos estados para su exhibición en funerarias.

Jaramillo fabrica 150 ataúdes por semana y, contando los que produce el resto de su familia, son un promedio de 500. Todos se distribuyen en Chihuahua, Durango, Monterrey, Puebla, Yucatán, Estado de México, entre otros, y, por supuesto, Distrito Federal. Según sus cálculos, esta familia posee 5 por ciento del mercado nacional de defunciones, estimado en 400 mil muertes anuales.

Los días con la muerte

Rodolfo Ramírez, alias Toy Story, corta lámina en Litomexa desde los 14 años. En realidad él quería ser trailero, pero, por necesidad, ingresó como ayudante general y creció fabricando ataúdes. Su mayor habilidad es cortar la lámina con rapidez y precisión. Él recomendó a su hermana Marisela quien, en menos de 20 minutos, decora cada uno de los 22 féretros que "viste" al día con encajes, vidrio y telas. No obstante, ambos hermanos coinciden en que trabajar directa o indirectamente con la muerte, tiene sus bemoles.

"Cuando estoy tapizando la caja, me llego a imaginar dentro de ella y da miedo", confesó. "Si estoy llenando el ataúd de desperdicio me digo, le voy a echar un poquito más para que el difunto no toque el fondo, porque ¡pobrecitos! Sí, están muertos y todo, pero siento feo ¿Qué tal si por no ponerles suficiente relleno me vienen a jalar las patas?" En su tono de voz, Marisela evidencia que detrás de su broma hay una profunda compasión por ese cadáver que no conocerá, pero que indudablemente llegará al cajón decorado con encajes y un vidrio.

"Nadie es eterno, sabemos que todos vamos a caer ahí: no hay más", sentencia Toy Story, quien sabe ya cómo será su ataúd. "Económico y pintado de azul ¡porque le voy al Cruz Azul! Mis amigos me dicen que estoy loco por trabajar aquí, pero de que me envuelvan y me tiren en el canal a que mejor caiga en mi cajoncito... ¡Pus mejor dentro del cajoncito, me lo merezco!"