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Martes , 19.06.2018 / 11:51 Hoy

Exprimir el alma

Generalmente se culpa a las nuevas tecnologías que absorben todo el tiempo, particularmente de las generaciones más jóvenes, que cada vez muestran menor interés, por dedicar tiempo a leer.

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Eduardo Rabasa

Es indudable que la cultura atraviesa por un momento complicado. Fuera de los fenómenos de entretenimiento masivos, parecería que hay una especie de vuelta al mecenazgo, ya sea público o privado, y que las actividades culturales dependen de ser financiadas por millonarios filántropos o por el Estado, pues ya sea en literatura, teatro, danza, música y demás, es prácticamente imposible que tanto los artistas como las organizaciones encargadas de promover la cultura puedan subsistir.

En el caso de los libros, generalmente se culpa a las nuevas tecnologías que absorben todo el tiempo, particularmente de las generaciones más jóvenes, que cada vez muestran menor interés, cuando no franco desdén, por dedicar tiempo a leer. Por eso es cada vez mayor el énfasis que pone la propia industria editorial en publicar libros sencillos, cortos, amenos, poco exigentes, que de preferencia contengan crímenes sangrientos, softporn, magos, vampiros, hadas o dragones. En la práctica ello equivale a una especie de autocensura, pues son los propios editores, agentes literarios, prensa cultural e incluso cada vez más los autores quienes tiran la toalla ante la idea de editar y promover libros buenos, que además pudieran tener un suficiente éxito comercial como para hacer sustentable su publicación.

Sin embargo, me parece que hay un vínculo poco explorado entre las dificultades que atraviesa la cultura y el modelo de trabajo (y de vida) imperante, pues desde el momento en el que el paradigma dominante consiste básicamente en entregar la vida al trabajo y la acumulación, se renuncia de manera tajante a un sinnúmero de actividades que por definición carecen de un fin práctico, que tradicionalmente han estado más asociadas al cultivo espiritual. Es lo que el filósofo coreano-alemán Byung Chul-Han ha llamado la “explotación de uno mismo”, pues mediante las exigencias laborales, la conectividad ilimitada y la ambición de siempre tener otro poco más, las personas consagran su existencia casi completa a las actividades que le reportan su subsistencia, en el caso de la inmensa mayoría, o la posibilidad de acumular más, en el caso de unos pocos. En términos muy concretos, es realmente difícil pensar que después de una jornada laboral extensa (que además ahora se extiende a la exigencia de estar atento al smartphone en la casa todo el tiempo, por si el jefe o la oficina tuvieran alguna demanda urgente de atender, y el jefe y la oficina siempre tienen demandas urgentes de atender) la gente tenga energía para dedicar un par de horas de atención concentrada a leer un libro, ir al teatro, ver una película, etcétera. De manera comprensible, a menudo más bien lo que se desea es simplemente algo que permita pasar el rato, y olvidarse por unos instantes del trabajo, esa actividad que si en teoría constituye un fin para poder vivir, cada vez más se ha convertido en lo que se entiende por la vida misma.

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