Resumen la trayectoria de Picasso en 10 cuadros

Debido a su remodelación, el Kunstmuseum de Basilea ha cedido durante un año obras del artista malagueño al recinto español
'Arlequín sentado', 1923.
'Arlequín sentado', 1923. (Especial)

Madrid

Pablo Picasso (Málaga, 1881-Mougins, 1973): el nombre nos suena siempre familiar. Aunque fallecido hace décadas, el artista no ha perdido presencia por sus exposiciones itinerantes o permanentes que atesoran los recintos más renombrados del mundo.

En verano, Madrid es una ciudad particularmente llena de vida. No resulta extraño que el Museo del Prado, sitio obligado de convergencia de nativos y fuereños, cobre una creciente efervescencia, aunada a la temporada vacacional. Ahora, desde Basilea han llegado obras maestras de Picasso —quien en vida transitó los pasillos de la institución madrileña y en muerte los engalana— para entremezclarse con Tiziano, Veronés, Goya y Durero.

El Kuntsmuseum, en vísperas de su remodelación, cedió gratuitamente al Museo del Prado, durante doce meses, diez cuadros que abarcan sesenta años de historia del pintor malagueño (encarnación de habilidad, profundidad y poder de
expresión), presentándolo por etapas: azul, rosa, cubista, surrealista y expresionista.

La exposición 10 Picassos del Kunatmuseum Basel, realizada con la colaboración de la Comunidad de Madrid, se complementa con dos documentales proyectados en la galería jónica norte del museo. En uno se devela el proceso creativo de Picasso en palabras de Clouzot, mientras que el otro narra la historia de cada cuadro a través de algunos protagonistas, como Las señoritas de Aviñón, Los dos hermanos y El aficionado.

La antología va más allá de lo puramente conceptual: su dimensión comunicativa es tan patente y bien articulada que logramos comprenderla sin necesidad del audio-guía. Pablo Picasso, hombre del cual no hay quimeras, dejó un testimonio especialmente prodigioso en torno a la pintura por la exactitud de sus composiciones —ensambles geométricos superpuestos—, uniones perfectas que ni los sentidos ni la razón podrían concebir separadas.

Picasso nunca tuvo necesidad de enfatizar sus dotes artísticas: fueron la voluntad y el carácter los que primeramente empezaron a distinguirle, lo cual luego recayó en el genio. Hay algo de básica importancia en él, que lo hace gozar de fama mundial: conoció a la humanidad tal cual, al desnudo. Lo que pinta son imágenes verdaderas que no se escabullen y se magnifican exactamente cuando podemos reconocernos en ellas.

Uno de los motivos por los que la obra de Pablo Picasso no amenaza con desaparecer irremisiblemente de memoria alguna, reside en su modalidad inédita de aprehensión. Los conocedores la contemplan y la admiran, pero también los que no saben se conmueven. Así, pues, nuestra devoción hacia Picasso dista de ser algo superficial y momentáneo. En Arlequín sentado (retrato del pintor Francisco Salvado vistiendo un elegante traje de arlequín, obsequio de Jean Cocteau, 1923), por ejemplo, las formas son precisas pero al mismo tiempo advertimos su radicalidad sensible: el hombre modificado trasciende.

Una vida dedicada al arte, como la de Pablo Picasso, es una vida bellamente empleada que, además de acrecentar un carácter conceptual, expande horizontes sociales. Sus obras son una muestra de los aspectos más elevados de la actividad humana, estimación incondicional en las artes.