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Lunes , 24.09.2018 / 07:27 Hoy

Experiencia religiosa

Toscanadas


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Los teólogos están de acuerdo en que el momento más relevante de la existencia del Hijo del Hombre es la resurrección. Al respecto Pablo es tajante y enmarañado: “Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”.

Sin embargo, pocos de los grandes artistas se atrevieron a pintar esa escena y mayormente la hallamos en obras recientes, cursis y mal hechas: luces que brotan de una cueva, rocas redondas al lado de una tumba, cristos bobos que irradian luz o cristos doblemente bobos saliendo del sepulcro de José de Arimatea.

En cambio la escena preferida es la de la crucifixión. Ahí sí tenemos una gran variedad de obras maestras del Jesús clavado, la mayoría de ellas idealizada, la gran mayoría inventándose un taparrabos que no llevaban los crucificados, y unas cuantas con mayor dramatismo, como las de Mantegna y Grunewald.

Hay también una buena cantidad de Cristos muertos. Según la sucesión de la acción, a veces están bajándolos de la cruz; a veces están rodeados de gente doliente, como en Lamentación sobre Cristo Muerto, de Mantegna; también pueden aparecer casi ingrávidos en el regazo de la madre, como en la Pietà de Miguel Ángel, y en ocasiones se hallan abandonados en la tumba mientras allá afuera los vivos guardaban respetuosamente el día de reposo. Entre las últimas, mi preferida es la de Hans Holbein el Joven; su Cristo parece asombrado de estar muerto.

A pesar de las palabras de Pablo y de los teólogos, a los creyentes también les gusta la crucifixión. La resurrección es intelectual y biológicamente más complicada. Por eso el símbolo del cristianismo no es una piedra rodante sino una cruz. Además la cruz sirve para exhibir a ese judío joven semidesnudo de facciones italianas y cuerpo de pugilista welter, ese hombre objeto, hombre cosificado, que a lo largo de los siglos siempre ha atraído más a las mujeres que a los hombres. Ellas siempre tuvieron al Hijo en pelota; pero los hombres nunca vieron a la Madre en cueros. Por eso tantísimas monjas, religiosas, místicas y creyentes orgasmearon con el Señor, mientras que los hombres del cristianismo no gozaron de un equivalente, ni siquiera con María Magdalena. Para una mujer, entregarse eróticamente al Señor fue siempre cosa santa. Supongo que para el hombre, tener pensamientos regodeantes con el cuerpo de María sería cosa impura, pero no tengo noticia de que alguien lo hiciera. Quizá por eso cada vez hay mayor desproporción entre mujeres y hombres que asisten a la iglesia.

Si Dios no fuera tan necio, aprendería de la política mexicana. Se juntaría con el enemigo con tal de ganar más seguidores, más exvotos. Haría una coalición con Afrodita, aprovecharía su hermosura, sus curvas, su desnudez, ese cuerpo incosificable que es todo espiritualidad. Y entonces, no nomás ellas, también los hombres tendríamos experiencias religiosas.

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