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Martes , 23.10.2018 / 23:05 Hoy

Existencialismo

El arquitecto puede llevar su actividad a una dimensión más profunda, siempre y cuando sea capaz de pensar de modo crítico y cuestionar la naturaleza de la encomienda que se le presenta.

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El pensamiento crítico aplicado a la arquitectura nos obliga a concentrarnos en los motivos existenciales de nuestra actividad profesional. La tecnología de la construcción se ocupa de dar soluciones materiales a los problemas de esa disciplina, pero no explica las razones filosóficas detrás de las encomiendas que se transforman en proyectos realizados.

En su importante libro La arquitectura y la crisis de la ciencia moderna, publicado en inglés en 1983, el teórico mexicano Alberto Pérez Gómez aclara el asunto del modo siguiente: “Según la teoría, el mayor objetivo del arquitecto es construir del modo más económico y eficiente, evitando cuestionarse el porqué de la construcción y la justificación existencial de dicha actividad”. Así es como queda establecida con claridad la crucial diferencia entre el porqué, la parte existencial del proyecto, y el cómo, la parte técnica del mismo.

En realidad, el único que conoce la parte existencial de un proyecto es quien lo encarga, al que describimos coloquialmente como “el cliente”. Esa persona o institución encomienda al arquitecto la solución más adecuada a sus necesidades: una casa, edificio o cualquier tipología que cumpla con sus requerimientos de espacio y representatividad ante la sociedad.

Sin embargo, el arquitecto puede llevar su actividad a una dimensión más profunda, siempre y cuando sea capaz de pensar de modo crítico y cuestionar la naturaleza de la encomienda que se le presenta.

Un ejemplo notable de una postura crítica frente al ejercicio de la profesión es la obra y pensamiento de Giancarlo de Carlo. El italiano cuestionó los fundamentos del Congreso Internacional de Arquitectura Moderna, realizado en Fráncfort en 1929, que giraban en torno al concepto de existenzminimum, ideado por Ernst May (paradójicamente, la expresión alemana se traduce al español como “mínimo existencial”). De Carlo sostuvo que le parecía inútil discutir maneras de reducir los espacios habitables al mínimo posible, para resolver el problema de la falta de vivienda popular mediante la producción industrializada de prototipos para casas mínimas. En su postura se cuestionó: ¿por qué una vivienda debía reducir al mínimo posible sus áreas, materiales y espacios, en lugar de apuntar hacia la producción de viviendas más espaciosas, cómodas y equipadas? De nuevo el modernismo de la arquitectura había impuesto la búsqueda de soluciones técnicas adecuadas a problemas que habían de aceptarse sin ser cuestionados.

Hoy en día muchos arquitectos seguimos ocupados en las soluciones y no en los cuestionamientos existenciales de nuestra actividad. Quizá por esta razón permanecemos marginados de las decisiones cruciales que afectan a nuestras acciones. La mayoría de los arquitectos actuales se comportan del modo más pragmático posible para alinear sus intereses con las agendas económicas, políticas y sociales dominantes. Hacen esto para garantizar su lugar en la sociedad y conseguir el mayor número posible de proyectos, sin poner en duda la naturaleza de los encargos. Desde luego, los hay críticos, como De Carlo en su momento, que obtienen menos proyectos, pero su labor contribuye más a ampliar los horizontes de la profesión que si permanecen obedientes a los derroteros que les marca la clase política en el poder.

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