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Domingo , 27.05.2018 / 14:47 Hoy

Exigencias al servicio del lenguaje

'Teoría de las pérdidas' es un libro sólido en su construcción poética, no adolece de yerros obvios ni de caídas involuntarias; demuestra un dominio técnico que se refleja, sobre todo, en la elaboración de imágenes, acertadas en su may

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Diego José

Me arriesgo a iniciar con una tautología: los libros galardonados con el Premio de Poesía Aguascalientes no tienen por qué responder a una tendencia determinada ni a una manera esperable de escritura, pero por la relevancia del galardón crean una particular expectativa. Deben —si la exigencia puede considerarse una categoría atribuible post reconocimiento— refrendar cuanto destacó el jurado y, de ser posible, distinguirse por una serie de rasgos poéticos evidentes.

Teoría de las pérdidas (México, FCE, 2015), de Jesús Ramón Ibarra, es un libro sólido en su construcción poética, no adolece de yerros obvios ni de caídas involuntarias; demuestra un dominio técnico que se refleja, sobre todo, en la elaboración de imágenes, acertadas en su mayoría: “El dolor no toma la forma del cuerpo/ que lo contiene./ Rebasa sus lindes,/ instaura su imperio de cuchillos”; otras desconcertantes por su desigualdad significativa: “¿De qué grave músculo toma su voz la sangre/ cuando La que canta reparte bisutería?”. También se trata de un conjunto poético que constata el desarrollo escritural de su autor, porque concentra varios tópicos comunes a su obra previa como el mar y la metáfora del marinero.

Teoría de las pérdidas está organizado en tres apartados —que a mi parecer serían cinco— sin una continuidad específica: “La niebla del almirante”, “Fábula del hambre” y “Voluntad del polvo”. No hay un tema dominante sino recurrente que se describe en el título, sin que por ello se aclare durante el desarrollo de los apartados la relación específica con el tipo de pérdidas que se abordan: la despedida de la musa en “Papeles para el desaliento”, la lejanía de la mujer en “La niebla del almirante”, o la eminencia de la muerte en “El arte de la oncología”.

El estilo que consigna Jesús Ramón Ibarra en este libro denota un trabajo minucioso con el lenguaje, incluso por encima del discurso, es decir: el acento y la preocupación del poeta están en el manejo del lenguaje más que en aquello que se propone decir. Se percibe que las palabras fueron escogidas, sopesadas y sometidas a prueba dentro de un largo proceso de decantación estilística, con la notoria intención de no fallar. Este espinoso oficio de corrección se adquiere en los talleres, en la lectura comparada o en la auto–confrontación poética. En este sentido, el jurado (María Baranda, María Rivera y Jorge Fernández Granados) que premió por unanimidad el libro de Jesús Ramón Ibarra no se equivoca cuando señala como virtud principal del libro el hecho de conseguir “una forma poética progresivamente concentrada y certera”. No se trata de un lenguaje impostado ni críptico, pero sí premeditado en cuanto a la función que debe cumplir en el poema, por ejemplo, la manera en que modifica la proposición de una frase consabida, enriqueciéndola: “Asume el Dios henchido/ su posición de ángel armado hasta las alas./ Al centro del vértigo,/ en la corona argenta de la fiebre”. Su construcción es interesante porque rehúye a toda costa el lugar común, optando por una sintaxis —muchas veces compleja— y por la aparición de palabras que funcionan como acicates del sentido —aunque por momentos vuelven confusa la función de la imagen—: “dobla sus alas al siniestro de esa voz contrita”. Sin embargo, esta batalla contra el léxico —en la que Jesús Ramón Ibarra triunfa con solvencia— tiende a encubrir la emoción que contienen los poemas, con una especie de pudor en que se suple lo visceral con un lenguaje que impresiona pero que reduce, por contención, su poder emocional.

En contraste con lo que sugiere la portada y el cintillo publicitario, considero que el peso poético del libro se concentra a partir de la segunda mitad del volumen: “Fábula del hambre” (demasiado breve para mi gusto); “El arte de la oncología” y “Voluntad del polvo” (ambos con excelentes piezas) donde la asperidad del lenguaje impulsa con mayor acierto la carga emotiva que asume, demostrando que el rigor estilístico no está peleado con la claridad, ni debe servir exclusivamente como ornato.

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