“Me duele la tristeza de un país sometido a la guerra”: Rosero

El escritor colombiano, cuya novela En el lejero acaba de ser reeditada, considera que “el deber de un escritor es asumir literariamente la realidad de su país”.
Evelio Rosero considera que el deber de un escritor es asumir literariamente la realidad de su país.
Evelio Rosero considera que el deber de un escritor es asumir literariamente la realidad de su país. (Especial)

Ciudad de México

Hace una década apareció en una pequeña editorial universitaria de Colombia la novela En el lejero, de Evelio Rosero (Bogotá, 1958), en la cual ya aparecían algunos de los temas que dominarían su obra, como la violencia, la guerrilla, el narcotráfico y, sobre todo, el secuestro: una historia vigente, que al mismo tiempo parece una pesadilla de la que no se logra despertar en muchos pueblos latinoamericanos.

“Me duele mucho la tristeza de un país sometido a la guerra, con el erario condenado a comprar más armamento o a pagar la corrupción del país, y no hay escuelas ni hospitales. Esto es lo que a mí me afecta en un sentido elemental”, asegura en entrevista con MILENIO el narrador a propósito de la reedición de la novela, ahora bajo el sello de Tusquets.

En el lejero cuenta la historia de Jeremías Andrade, un hombre viejo y enfermo, quien acaba de llegar a un fantasmal pueblo, distante: un lugar en la niebla, donde busca ponerse en contacto con la extraña comunidad de seres que lo habitan en busca de su nieta, secuestrada hace muchos años, sin saber que se adentra en una metáfora que transita el territorio de la vigilia y el sueño, la pesadilla y la esperanza.

“He sido un escritor que ha trabajado mucho con la imaginación, pero en las últimas novelas, como En el lejero, Los almuerzos, Los ejércitos y La carroza de Bolívar, sí abordo directamente el conflicto colombiano, en especial porque el problema de la guerrilla lleva más de 50 años y es lo que afecta a cualquier colombiano. El deber de un escritor es asumir literariamente la realidad de su país, sentar una opinión, un precedente. La literatura es útil porque convoca a una reflexión”, dice.

Para él, la literatura siempre ofrece una forma distinta, renovadora, recreadora de la realidad; es un arte, una invención, pero siempre parte de una base que es la realidad, que en este caso el dolor de un país; en otro puede ser el amor, la pasión, la amistad.

 

Pesadilla de la realidad

En el lejero es una expresión muy colombiana que se refiere a la lejanía, con una perspectiva un tanto más melancólica de la realidad que no se encuentra en el diccionario; en la novela se refiere al espacio más profundo, donde hay una atmósfera sombría, en la que la tristeza y el dolor acompañan a todo el relato, incluso con un tinte fantasmal, muy relacionado con Juan Rulfo, si bien el principal objetivo de Rosero era sanar el dolor de una realidad de la que es partícipe.

“Si no escribiera esas problemas, lo tenía represado en mí y sería mucho más difícil. Creo que es una lucha contra la indiferencia que hay en muchos colombianos con lo que está ocurriendo ahora; nos hemos acostumbrado tanto a las víctimas de las masacres, de los secuestros, que ya parece algo natural, pero no debería causar indiferencia sino al contrario: una rebelión, ya sea del espíritu o con la voz popular, donde se dé la unión de la gente en contra de esto.”

Para Rosero es indispensable no habituarse a la violencia, más allá de que la costumbre suele llevar a los individuos a pensar en sí mismos y no en lo que le sucede a los demás. Afirma: “La realidad es una pesadilla que ocasiona este tipo de ficción. No es un propósito consciente el crearla, sino que ya existe alrededor: me empuja a crear ese tipo de historias, aunque siempre haya una esperanza: los mismos secuestradores, sometidos por la guerrilla, le devuelven su nieta al protagonista. Esa ya es una esperanza, porque es la colectividad la que decide solidarizarse con su dolor. Ahora espero que haya una esperanza en mi país.”

El escritor sigue interesado en contar lo que sucede en Colombia, “por eso escribo”. Hay dolor, tristeza y, sobre todo, inconformidad.