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Lunes , 18.06.2018 / 06:37 Hoy

Evangelia

Por cortesía de Penguin Random House presentamos cuatro fragmentos de la más reciente novela del escritor regiomontano que comenzará a circular en estos días.

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David Toscana

Ya los ángeles, arcángeles y querubines le habían advertido al Altísimo que era un desatino enviar a su hijo a la Tierra, pero Jehová difícilmente oía consejo. Tal como no lo oyó cuando le aconsejaron no crear al hombre. Por eso llegó el día en que Luzbel le dijo: “Mira, Señor nuestro, jamás habías tenido un disgusto con los venados o los leones, con las lombrices o las hormigas, con los peces o las aves, con las nubes o los astros, y ahora te la pasas haciendo llover azufre sobre ciudades, abriendo en el suelo grietas que se tragan a miles de hombres, mandando pestes, inundaciones y sequías que de paso matan a esos venados, leones y lombrices con los que no tenías problema alguno”.

El Señor de los Cielos también fue de oídos sordos cuando vino a dar con el disparate de elegir un pueblo y bendecirlo por sobre las demás naciones. “Tu bendición caerá como una maldición”, le previnieron. Mas Él ya había resuelto llevar a cabo su plan. Le recomendaron que eligiera a los hititas o a los sumerios o a los amoritas. Hasta podrían ser los propios egipcios, que con una buena dosis de cataclismos acabarían por olvidarse de Amón–Ra, Isis, Sejmet, Osiris, Neftis y Geb para aceptar a un solo dios. Pero no, la propia testarudez del Creador le hizo simpatizar con el más obstinado de los pueblos. Y ya que vio en sus elegidos madera de sufridos, torturó a los hombres con la circuncisión y sometió a las mujeres; a todos les prohibió la sabrosura del cerdo y los placeres de los mariscos. Los abrumó con centenares de mandatos y prohibiciones. Como una deidad de las cavernas se gozó en el sacrificio y quemazón de animales y pidió sangre en su altar. Cuando no lo complacían, azotaba a sus elegidos con una saña que Zeus nunca practicó. Pero hasta ahí, nadie podía acusarlo de no comportarse como un dios.

Cierto es que también tuvo buenos momentos con ellos y por un tiempo les dio tierra y hasta un reino. También practicaba algunos milagros bondadosos. Su preferido era permitir que alguna anciana se embarazara.

A decir de los ángeles del cielo, el juicio de Jehová de la sabiduría se torció a causa de esas bandadas de escritores y pensadores griegos que, sin ser del pueblo elegido, sin ser profetas que escucharan los dictados del Dios de Abraham y de Jacob, habían escrito y pensado mejor que Él con la mera asistencia de una musa. Y aunque en el cielo no hay noche ni día, metafóricamente se dice que pasó las noches en vela leyendo los relatos griegos que en fondo y forma superaban a los de Jonás y Job y ni se diga a textos tan profundamente aburridos como el tercer libro de Moisés o las peroratas interminables de Ezequiel o el ridículo diálogo que sostuvo con Abraham sobre el número de justos necesarios para perdonar a una ciudad o sus mandamientos carentes de poesía o tantas historias que se contaban dos o más veces. Durante unos instantes celestiales que en la Tierra se sintieron como siglos, se olvidó de escuchar los ruegos y lamentaciones de los hijos de Israel por atender a los rapsodas que contaban historias fascinantes de manera fascinante y, para cuando acordaba, ya a su pueblo lo habían despedazado en alguna batalla o lo habían exiliado o se hallaba bajo el yugo de un imperio. “Los griegos debieron ser mi pueblo elegido”, concluyó el Altísimo. Les habría dado el don de la profecía a Esquilo y a Sófocles. El Pentateuco sería una maravilla narrada por Homero.

Miró con envidia a esos dioses griegos que se emborrachaban, copulaban con diosas, engendraban hijos y vivían en las alturas las emocionantes intrigas por las que pasaban reyes y emperadores terrenales. Y así fue como le vino la idea de engendrar un hijo, y que ese hijo emulara las acciones de Aquiles y liberara al pueblo de Israel con una guerra que ensombreciese las batallas de Saúl. Mas sin tener en los cielos una pareja femenina, hubo de diseñar un proceso mediante el cual el Espíritu Santo portara su simiente allá abajo, donde los mortales.

Aunque María tenía la gracia de sus trece años, estaba lejos de poseer la belleza de Sara o Ester o Betsabé o Rut, pero aun ante esa muchacha rural e inexperta, Dios se sintió apocado. Él no le hablaba a una mujer desde que echó a Eva del paraíso con palabras que nunca hubiese empleado un caballero. En su faceta de seductor, Jehová era incompetente. Por eso hubo de enviar a un ángel que hiciese de casamentero.

El acto se consumó sin deseo y fue tan poco deleitable que ni aun con su gnosis divina pudo el Señor comprender por qué los hombres perdían la cabeza y hasta mataban por hacer eso mismo. “No soy humano”, se encogió de hombros, “mucho de lo humano me es ajeno”. Y era una gran verdad. Dios no sabía lo que era tener hambre, ampollas en los pies, comezón en la espalda, cólico estomacal, ojos irritados, nariz congestionada, calor o frío, borrachera y cruda, diarrea o caries, insomnio, una uña rota, tortícolis, lepra o dolores postcircuncisión, como tampoco miedo, deseo carnal, ganas de robar o remordimiento. Su contacto con lo humano se reducía a ciertas pasiones como la sed de venganza, la demagogia, los celos y el egoísmo. Sobre todo esto último. Por eso el mandamiento primero era el más importante. Él lo cumplía cabalmente, amándose a sí mismo por sobre todas las cosas desde el principio de los tiempos.

Ahora estaba experimentando una pasión humana: la rabia mezclada con el impulso de culpar a otros por las propias faltas. Y es que después de haber bendecido a tantos de su pueblo con unigénitos o primogénitos varones, después de haberle dado a Jacob trece hijos, entre los cuales doce fueron hombres, vino a resultar que Él tuvo una niña.

Podía esperar a que Emanuel muriese y viniera a sentarse a su derecha, entonces la transubstanciaría en el hombre que siempre debió ser, para enviarla de nuevo a Belén de Judea en forma espiritual y celular, y que al paso de los meses se volviera un recién nacido. Pero eso podía tardar muchos años, y para cuando Juan estuviese predicando y bautizando en el Jordán, quizá “el que había de venir” no estuviese siquiera en un vientre de mujer. Él no podía alzar la mano contra su propia hija para acelerar el proceso, pues cualquier dios sabe que tiene prohibido el deicidio.

Jehová se resignó. Tendría que esperar a que las cosas se dieran por sí solas.

Cruzó los dedos cuando se enteró de que las huestes de Herodes marchaban hacia Belén para matar a cada varón menor de dos años. En la masacre bien podrían incluir a Emanuel. Por eso mismo no hubo un ángel del Señor que dijera a José que huyera a Egipto, cosa que de cualquier modo no hubiese podido hacer sin el oro que se llevaron los magos.

*

Dado que el historiador Flavio Josefo no habló de la masacre de los inocentes, tal como no lo hizo ningún cronista ni ninguno de los testigos que vivieron tan pavorosa experiencia, el asunto se convirtió en tema para la leyenda; y la leyenda habló de las madres desesperadas que corrían con sus niños en brazos o se escondían en cualquier callejón o bajo un mueble; habló de soldados que alanceaban o acuchillaban o azotaban o descuartizaban o pisoteaban a las criaturas que no tenían conciencia para saber qué estaba pasando pero sí captaban que había que temer y llorar. En el futuro los pintores darían su mejor aproximación a esas madres horrorizadas, a esos niños muertos o a punto de morir y se solazarían mostrando los músculos de los romanos que contrastaban en belleza con la crueldad de sus actos y expresiones. Leyenda y arte convertirían este hecho más que verdadero en una lucha entre las huestes de Herodes y las madres aterradas.

Como si en Belén no hubiera hombres.

Como si esos niños no tuviesen padres.

Como si los padres no supieran defenderlos.

No, damas y caballeros, matar a tanto niño no es cosa liviana. No es como si los inocentes estuviesen en una plaza pública listos para ser alanceados.

La campaña duró cuatro días.

Luego de la acometida inicial, hubo que tomar control sobre la población. Sacar a los habitantes a las calles y hacerlos marchar fuera de los muros. Aunque Belén fuese pequeña había muchos escondrijos. No resultó fácil inspeccionar cada casa, cada almacén, cada pozo o cavidad, cada mueble, horno y tinaja. Afuera de las murallas, las mujeres lloraban con grandes voces para ahogar el llanto de los niños que dejaron ocultos. Los romanos prendieron fuego a pajares y almacenes y en cualquier sitio que dejara una duda. Cuando las madres vieron el humo pidieron ir adonde habían dejado a sus hijos; ellas mismas acabaron por delatar los escondites porque les quedaba la huera esperanza de que un ser humano mostrara la misericordia que el fuego nunca tiene, o quizá porque el acero deja un cuerpo muerto, en tanto la hoguera se lo lleva todo.

Cuando obligaron a los betlemitas a salir de la ciudad, María alzó sobre su cabeza a Emanuel desnuda. Exhibió lo mejor que supo su mujeridad. De cualquier modo un romano se acercó a husmear, no fuera a ser un truco o, según se decía por aquellos días sobre los eunucos, un exceso de circuncisión. Quienes gustan de ver señales premonitorias habrán notado que María sostenía a Emanuel de sus brazos extendidos, y la pequeña dejaba caer su cuerpo relajado y desnudo delante de soldados enemigos.

Al final, junto con las criaturas, habían muerto once hombres betlemitas y tres mujeres, además de cuatro enviados de Herodes. No hubo cuenta de heridos. Los soldados se llevaron a diez prisioneros y los encerraron en Masala. Cinco fueron ejecutados. Los otros cinco salieron libres poco tiempo después, cuando Herodes acabó de morirse.

Entre los caídos y arrestados hubo varios canteros y carpinteros. No es que fueran más beligerantes que el resto de los pobladores, pero ellos tenían a mano lo más parecido a un arsenal. A un romano le partieron la cabeza con golpe de martillo; a otro le clavaron un cincel. Dos más murieron de pedrada certera y cuchillada profunda.

Cuando por fin las madres dejaron de abrazar y besar a sus pequeños cadáveres, se cerraron los sepulcros. Ahí pasarían la suma de sus noches los Santos Inocentes, de los que luego se sabría que no eran ni santos ni inocentes ya que jamás pasaron por el ritual del bautismo y llevaban en sus almas el pecado que Eva les había heredado.

Como no hubo necesidad de llevarse a Emanuel a Egipto y quedaron vacantes algunos puestos de carpintero, José decidió quedarse en Belén y, en vez de que se cumpliese lo que anunció el Señor por medio de Oseas, cuando dijo: “De Egipto llamé a mi Hijo”, hubo de aceptarse que la tal no era una profecía mesiánica sino una licencia poética que hablaba de los israelitas saliendo de los dominios de Faraón mil quinientos años atrás. Por supuesto a José y María les gustó esa interpretación, pues no les venía en gana hacer tan largo viaje solo para no contradecir al bueno de Oseas, profeta menor.

*

En la corte celestial se tomó una resolución poco meditada: la Trinidad se convertiría en Tétrada. Había que mandar al mundo otro Hijo de Dios para que padeciera y fuera sepultado.

—Esta vez –el Creador jaló la oreja de Gabriel– asegúrate de que sea circuncidable.

El arcángel asintió a sabiendas de que él no tenía parte en el asunto.

Se optó por hacer la nueva Anunciación directamente en Belén. No es que ahí hubiera tantas vírgenes a punto de desposarse, pero tampoco César Augusto habría de organizar otro censo para justificar que una embarazada saliera de Nazaret y le pillara el parto justo en la ciudad de David.

Fue Gabriel quien realizó algo parecido a un censo. Le satisfizo encontrar dos candidatas cuyas ascendencias podían rastrearse hasta Abraham, pasando, por supuesto, por la sangre davídica, cosa que no era tan complicada, pues cuarenta generaciones después del reinado de David había tantos descendientes suyos que casi todos en Belén y en el resto de Judea e incluso en Galilea podían asegurar que algo les correspondía de esa sangre real y hasta por más de una ruta en las complicadas genealogías, que para eso David había tenido con sus mujeres diecinueve hijos varones mas no se sabe cuántos con sus concubinas; y vaya uno a saber cuántas hijas procreó durante sus estancias en Hebrón y Jerusalén y cuando andaba de paseo y cuando sus campañas militares, y ni se diga si buscamos la descendencia que tuvo a través de las setecientas esposas y trescientas concubinas de su hijo Salomón.

Entre las dos candidatas, Gabriel eligió a una virgen de quince años llamada Margalit. Aunque su nombre tenía origen helénico, ella era fiel seguidora de la ley de Moisés y temerosa de Dios. Además, era más bella que la otra.

El ángel esperó a que Margalit quedase sola para entrar en su aposento por la ventana.

—¡Salve, muy favorecida! —le dijo—. El Señor es contigo. Bendita tú entre las mujeres.

Margalit se turbó a tal punto que agarró un azadón y apaleó al alicaído mensajero.

Por eso hoy nadie reza el Ave Margalit.

Gabriel esperó una noche de luna llena para visitar a Shifra, la otra virgen, que por ser poco agraciada sería más sumisa. Primero la llamó por su nombre para no asustarla; luego procedió con su ostentoso saludo:

—¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo. Bendita tú entre las mujeres.

Shifra se turbó mucho por estas palabras, y se preguntaba qué clase de saludo sería éste. El ángel le dijo:

—No temas, Shifra, porque has hallado gracia delante de Dios. Y he aquí, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Éste será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su padre David, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Entonces Shifra dijo al ángel:

—¿Cómo será esto, puesto que soy virgen?

Respondiendo el ángel, le dijo:

—El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios. Y he aquí, tu parienta Elisabet en su vejez también ha concebido un hijo.

—No tengo ninguna parienta con ese nombre —dijo Shifra.

—Eso importa poco –Gabriel creyó recordar que el parentesco entre el Cristo y Juan el Bautista no estaba en ningún libro de profecía, así es que pudo haberse saltado esa parte del anuncio.

Entonces Shifra dijo:

—He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.

Y el ángel se fue de su presencia.

Shifra se sintió tan llena de gracia que comunicó a sus parientes la noticia del embarazo divino. Naamah, su prometido, la repudió.

Antes de que cantara el gallo, los hombres de la ciudad la habían apedreado.

El cuerpo de la madre de Dios yació sobre la tierra hormigueada con la semilla de su vientre aún palpitante, hasta que el propio arcángel Gabriel lo llevó a darle sepultura.

*

María había sido la primera en sorprenderse cuando alumbró una niña. Aunque en un principio el nombre de Emanuel le había parecido de hombre, pues terminaba como Abel, Israel, Daniel, Samuel, Zorobabel o el propio Gabriel que vino a imponérselo, lo cierto es que también podía funcionar para una mujer, como Raquel, Jael o Jezabel. No iba ella a desconfiar de Dios, así es que su promesa seguiría vigente. Emanuel habría de ser grande y sería llamada Hija del Altísimo y el Señor Dios le daría el trono de David su padre.

José fue quien se sintió desesperanzado cuando vio lo que su mujer había parido. Llegó a pensar que Jehová le había gastado una broma y el trono de David sería, sin metáforas, el trono de David: un trasto desvencijado que le traerían al carpintero para lijar y cambiarle una pata rota y luego olvidarían durante años hasta que pasara a manos de su hija Emanuel, que habría de sentarse en él para amamantar a sus hijos o desgranar una granada. La llegada de los magos con obsequios lo había llenado de ambición. Se preguntó cuánto oro habría en el cofre, si medio talento o aún más. Supuso que el incienso y la mirra serían de la mejor calidad. También con ellos hizo conversiones monetarias. Por eso tuvo una fuerte discusión con María cuando los magos se retiraron con sus tesoros y al fin les dieron un momento de privacidad el Señor y su ángel.

Por causa de la lujuria también le había molestado a José que Emanuel hubiese nacido niña. Luego de casarse con María, pasó meses en los que no pudo conocerla hasta que llegase el alumbramiento y transcurrieran los cuarenta días de purificación ordenados en la ley. Mas por razones que José desconocía, Moisés había decretado que la impureza de la mujer duraba el doble cuando paría a una de su mismo género.

La noche en que Emanuel cumplió ochentaiún días, José lloró de felicidad.

Desde ese momento habría de darle poca tregua a María madre de Dios a la que también volvió María madre de Jacobo y de José y de Judas y de Simón y de otras tantas hermanas y, a fuer de la mortandad infantil, de al menos otros tres críos que no llegaron a edad adulta.

Por eso, aunque el arcángel Gabriel hubiese convencido a su Señor de volver a intentarlo con la propia María, habría sido imposible encontrar una vacante en ese vientre tan industrioso.

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