La abolición de la vejez y la muerte

Granjas de células madre, bebés de diseño, manufactura de órganos humanos, clonaciones y otras tecnologías de ética discutible prometen curar la enfermedad y mantener la juventud y la belleza. 

Ciudad de México

Este reportaje se publicó en el segundo número de Milenio Dominical, que salió el 7 de octubre de 2012.

La más reciente cinta de Pedro Almodóvar, La piel que habito, se vale de recientes progresos médicos que han estado en los titulares noticiosos para con­tar una retorcida fantasía erótica. Un prestigioso doctor que ha trabajado en cirugías de punta de reconstrucción facial desarrolla, por medio de injertos trans­génicos, una piel supuestamente indestructible, la cual aplica a un sujeto con el que experimenta una transformación com­pleta que involucra su redefinición sexual, física y mental. En una de las más extrañas venganzas fílmicas, el médico con­vierte al violador de su hija en el doble de su difunta esposa y posteriormente se enamora de él/ella.

Los trasplantes faciales, la legitimidad y ética de los proce­dimientos transgénicos y por supuesto el boom en materia de prótesis inteligentes (resultado de más de una década de guerra) han dejado de ser tópicos de especialistas para con­vertirse en temas de moda que aparecen frecuentemente en las noticias y en toda clase de espacios populares de difusión y discusión. El bombardeo mediático ha enfatizado la ilusión de que semejantes tecnologías cambiarán nuestras vidas en un futuro cercano, no solamente seremos capaces de reparar cuerpos dañados y enfermos, sino que podremos mejorar nues­tras capacidades físicas y mentales. Estos son tan sólo algunos de los constantes recordatorios de que somos cyborgs, seres continuamente transformados por la tecnología y la cultura y no únicamente por la necesidad de adaptarnos al medio y so­brevivir. Nuestros sueños de transformación no tienen motivos exclusivamente sociales o rituales, sino que también se deben al simple placer de reinventarnos para cumplir nues­tras fantasías y materializar en carne propia los de­lirios más personales. Las modificaciones de que somos objeto pueden ser diversas, pero quizás podríamos dividirlas en dos grandes grupos: electromecánicas y biológicas. La premisa cyborg almodovariana de esta cinta es del segundo tipo y puede remontarse al mito de Pigmalión y Galatea; sin embargo, la posibilidad de manipular el tejido vivo y moldearlo para reconstruir al ser deseado parece materializarse hoy en los laboratorios.

El 16 de septiembre de 2012, en la portada de The New York Times apareció un artículo acerca de una nueva tecnología que consiste en escanear en 3D el órgano deficiente del individuo para crear un molde en un material plástico poroso (antes se usaban órganos de cadáveres), el cual luego es bañado en una solución de células madre (las cuales pueden convertirse en cualquier tipo de célula especializada) del propio paciente (para evitar rechazos) con lo que el órgano de reemplazo que­da convertido en un sustituto casi perfecto del original. Hasta ahora la ingeniería del tejido se limita a manufacturar órganos relativamente simples como pueden ser la piel, venas, tráqueas y vejigas entre otros. Sin embargo es posible que pronto puedan elaborarse con esta técnica pulmones, corazones e hígados. Por ahora estos procedimientos siguen siendo en extremo costosos y experimentales.

Esta tecnología para fabricar órganos parece por ahora más cercana, realista y mucho menos controvertida que la opción de crear granjas de órganos en las que se desarrollen fetos sin viabilidad como máquinas para generar células madre o inclu­so se podrían crear y mantener cuerpos humanos completos clonados que, en condición de ganado, servirían únicamente como depósitos de tejidos y órganos para ser usados como par­tes de reemplazo. Ya muchas personas almacenan en nitróge­no líquido cordones umbilicales y material de desecho de sus partos con la idea de que eventualmente puedan ser usados como materia prima en diversas terapias.

Podemos asumir que todos de alguna forma somos cyborgs beneficiados por la medicina, la alimentación y la higiene


Kazuo Ishiguro en su novela Never Let Me Go (Nunca me de­jes, llevada al cine en el excepcional filme de Mark Romanek, 2010) describe un futuro-presente en el que numerosas per­sonas son creadas como clones y son indoctrinados desde la infancia en un siniestro sistema escolar paralelo para que, lle­gado el momento, sean sometidos a donar sus órganos vitales. Así, dócilmente, en plena salud y juventud pasan de quirófano en quirófano para ser descuartizados en beneficio de algún anónimo misterioso que por alguna razón inexplicable merece sobrevivir a costa del sacrificio de su clon.

Estas tecnologías pueden parecer excéntricas y de una cruel­dad abominable pero es claro que la moral cambia cuando se prometen esperanzas de recuperar la salud, la juventud y la be­lleza. Incontables progresos de la humanidad se deben a sacri­ficios monstruosos del medio ambiente y de nuestra integridad que por razones pragmáticas hemos aceptado y asimilado. No debemos olvidar que es incuestionable que las esperanzas de vida han incrementado de manera notable, que la mortalidad infantil ha disminuido, que la altura media de la humanidad ha aumentado (aunque también se ha incrementado notablemen­te el peso promedio) y que la inteligencia humana, a pesar de lo que podríamos imaginar, se ha desarrollado como demuestra el continuo aumento en el coeficiente intelectual promedio (los resultados de las pruebas de coeficiente intelectual o IQ han tenido un crecimiento constante del 0.3 por ciento anual desde inicios del siglo XX, como demostró James Flynn). Es difícil de creer que la humanidad hoy por hoy sea más sabia que en la antigüedad, sin embargo parecería que el hecho de exponer­nos diariamente a cascadas de estímulos mediáticos tiene una influencia en la “iluminación” cotidiana, el enriquecimiento intelectual o por lo menos informativo de las masas.

No obstante, todo el optimismo invertido en las ilusiones de extender la vida, eliminar las enfermedades y eventual­mente hacer que la muerte sea tan sólo una memoria, vienen a chocar de frente con la incontrovertida realidad del Límite de Hayflick, el descubrimiento de Leonard Hayflick de 1961, de que existe un límite en el número de veces que una pobla­ción normal de células puede divi­dirse (entre 40 y 60 veces) antes de entrar en el proceso de senescen­cia (lasitud, deterioro y muerte)

 Esto contradice la idea de que las células eucariotas (que tie­nen un núcleo, definido por una membrana, en el que llevan su información genética) eran inmortales y podían dividirse por siempre. El debate continúa entre quienes creen que di­cho limite, que corresponde a la reducción del tamaño de los telomeros (regiones de ADN en los extremos de los cromoso­mas) es definitivo y quienes piensan que puede ser burlado.

Es innegable que la ciencia médica, la buena alimentación y la vida sana son responsables en gran medida de haber hecho que la expectativa de vida haya pasado en un par de siglos de los 40 a los 80 años en los países desarrollados (el promedio aumenta en tres meses cada año), y es probable que el día en que la mayoría de la población llegue a los 100 años no esté muy lejos.

Pero llegar a esa edad quiere decir que cada día habrá más y más personas que padecerán de males cardiacos, Alzheimer y toda clase de cánceres. Hayflick pregunta a todos los pregone­ros que aseguran que es posible evitar el deterioro humano por la vejez si alguno de ellos puede impedir que un auto envejezca y, de poderlo hacer, se ganarían su respeto. Con el paso del tiempo las moléculas y las células se deterioran pase lo que pase y la mayoría de quienes venden remedios para ahuyentar a la decrepitud no son más que charlatanes.

Estamos al borde de una era en que podremos rediseñar bebés en el útero materno, no solamente para prevenir enfer­medades congénitas y males degenerativos, sino al mejorar su legado genético y protegiéndolos contra varias deficiencias y vulnerabilidades. Esto podría parecer una extensión de la ne­cesidad de vacunar niños contra las enfermedades comunes de la infancia, ya que en cierta manera ambas prácticas consisten en una especie de reprogramación del sistema inmunológico, pero estos nuevos procedimientos difieren, ya que anuncian una era de bebés de diseñador en la que podremos solicitar características específicas tanto físicas como mentales para ser “improntadas” en nuestros descendientes. En la cinta Gattaca, de Andrew Niccol (97) el protagonista Vincent Freeman es con­cebido sin ayuda de la tecnología, por lo que resulta ser “inva­lido” para los altos estándares de una sociedad que practica la eugenesia y la discriminación genética. Sin embargo, cuan­do Vincent compite en una carrera de natación en el océano contra su hermano Anton, quien ha sido concebido mediante selección genética, logra derrotarlo y poner en evidencia que: “No hay gen para el espíritu humano”.

Ahora bien, no son pocos quienes señalan que desde hace décadas todos los bebés son bebés de diseñador. Basta con­siderar que los índices de mortalidad previos al siglo XX esta­ban encima de 30 por ciento y hoy están por debajo de cinco por ciento en los países desarrollados y, en el peor de los casos, en naciones como Chad, en 20 por ciento. Podemos asumir que todos estos sobrevivientes son (somos) de una forma u otra cyborgs, seres beneficiados por la medicina, la alimentación y la higiene. Sin embargo, aún estamos lejos de una sociedad donde el individuo podrá ser reprogramado y modificado para tener una inteligencia superior y un físico olímpico.

La piel que habitamos hoy es un envase maleable, uno que quizás podamos rediseñar, mejorar, hacer más resistente y du­radero, y eventualmente trascender o sustituir. Esta fantasía transformer ya se vende en forma de una diversidad de pro­ductos y servicios. En una era de consumo compulsivo no es raro que soñemos con invertir en un cuerpo nuevo y más atrac­tivo, ni es inusual que pensemos que es posible convertir en carne nuestras fantasías más delirantes, como en el caso del médico del filme de Almodóvar. Esta liberación puede parecer ideal pero en términos reales implica redefinir y quizás perder la condición humana.


CRONOLOGÍA 

Desde finales del siglo XIX Hans Dreich comienza a experimentar con clones. Logra crear dos erizos de mar al separar las dos células de un embrión y obtener dos ejemplares idénticos.

La primera cirugía exitosa de cambio de sexo de hombre a mujer fue realizada a Lili Elbe, en Alemania en 1930.

En 1970 comienza la investigación para el desarrollo de interfaces entre el cerebro y la computadora en la Universidad de California en Los Ángeles.

Los científicos Manfred Clynes y Nathan Kline crearon en 1960 el término Cyborg para referirse a un humano mejorado capaz de sobrevivir en un prolongado viaje especial.

Norbert Wiener acuña el término cibernética en su libro de 1948: Cybernetics: Or Control and Communication in the Animal and the Machine.

El término ingeniería del tejido aparece en un encuentro de la National Science Foundation en 1987. Se le define como “la aplicación de los principios y métodos de la ingeniería y las ciencias biológicas para el entendimiento de las relaciones entre función y estructura en los tejidos normales y patológicos de los mamíferos”.

En 2004 el término “Bebé de diseñador” deja de ser patrimonio de la ciencia ficción para ser incluido en el Diccionario de inglés Oxford: “Un bebé cuya información genética ha sido seleccionado artificialmente por ingeniería genética combinada con fertilización in vitro para asegurar la presencia o ausencia de determinadas características o genes en particular”.

Primer trasplante parcial de rostro: tuvo lugar en Amiens, Francia el 27 de noviembre de 2005. Isabelle Dinoire fue operada por los doctores Bernard Devauchelle y Jean-Michel Dubernard.

Primer trasplante total de rostro: un equipo de 30 médicos españoles el 20 de marzo de 2010.