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Miércoles , 20.06.2018 / 19:04 Hoy

Estilo nada más

Hombre de celuloide


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Fernando Zamora

La película El rascacielos comienza con música de Bach y un aire de cuento que pronto se vuelve pesadilla. El rascacielos de arquitectura funcionalista es un pretexto para culpar de los males del siglo al modelo neoliberal.

El director Ben Wheatley tiene ritmo, no cabe duda. El montaje se mueve con base en una repetición de patrones que al principio emociona. Fogueado en la producción televisiva Doctor Who, Wheatley promete mucho pero cumple poco. Porque El rascacielos tiene más forma que fondo. Hay aquí más imagen que contenido.

Y la cosa no estaría mal si la intención fuese expresamente la de ofrecer una obra de arte visual. Sin embargo, Wheatley y los productores de El rascacielos están tratando de regalarnos la versión fílmica de una famosa novela inglesa que con el mismo título da cuenta de la descomposición social y cultural de Londres en la segunda mitad del siglo XX. El edificio tiene que ser entonces la alegoría de un país que está a punto de entregarse al gobierno de Thatcher cuya vocecita chillona escuchamos en un discurso al final. No lo consigue.

Entre Bach y Abba, la banda sonora es prueba de la inexperiencia del director quien, como todos los novatos, ha puesto más interés en la música que en la narrativa. En fin, que no hay duda de que Wheatley tiene estilo pero le ha sucedido que esta historia lo tiene a él tan sin cuidado como a nosotros. La verdad es que por más que interesan los primeros minutos de la obra, poco a poco nos vamos desconectando.

Y nos vamos desconectando sobre todo porque El rascacielos no está pensada para ser una obra de arte visual sino más bien arte narrativo, de modo que las imágenes se interponen entre el mensaje socialista y nosotros. No pasan ni quince minutos cuando hemos perdido toda esperanza de entretenernos. No ha quedado claro ni siquiera si tendríamos que reírnos o indignarnos con esta burda metáfora del edificio moderno que, según el autor de la novela, es la política capitalista en el corazón de Inglaterra.

Las mejores escenas preceden la aparición de Jeremy Irons, un actor que (nunca creí que escribiría esto) resulta sobreactuado. Irons es Royal, arquitecto pudiente que en el jardín de su penthouse organiza fiestas decimonónicas, pero con música de los años ochenta. Tom Hiddleston es el antagonista: médico de buena estampa, se ha mudado al edificio. Ni la relación con el arquitecto ni los paralelismos entre uno y otro oficio se hacen esperar. Después de todo, Royal es el Frankenstein de la arquitectura, el creador de una mole de concreto y fierro que comienza a “devorar” a sus habitantes.

El edificio vivo es un clásico del cine de terror. Walled In, por ejemplo, trataba de un arquitecto que se ofrecía a sí mismo en sacrificio por su obra maestra, un rascacielos tan truculento como el de esta película que tiene muy buena imagen, suficiente como para ser nominada en los festivales de Toronto y San Sebastián, pero que a decir verdad no ofrece ni misterio ni entretenimiento. Es un ejercicio de estilo, nada más.

El rascacielos (High Rise). Dirección: Ben Wheatley. Guión: Amy Jump basada en la novela de J. G. Ballard. Con Ricardo Tom Hiddleston, Sienna Miller, Jeremy Irons, Luke Evans. Gran Bretaña, Irlanda, Bélgica, 2016.

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