A la estela de los abuelos cyborgs

En el panorama de las letras mexicanas, una de las novedades más llamativas la constituye "25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana".
25 minutos en el futuro
25 minutos en el futuro (Especial )

México

Decía Isaac Asimov que quienes teorizan sobre ciencia ficción jamás corren el riesgo de ponerse de acuerdo en algo tan fundamental como es su definición. La naturaleza escurridiza del término, acuñado por Hugo Gernsback en 1929, llevó a John W. Campbell, director de la célebre revista Astounding, a declarar con cinismo que ciencia ficción era todo aquello que compraban los editores de ciencia ficción. En efecto, en el abigarrado paisaje del género, no es difícil confundir las obras más representativas de esta literatura con los sucedáneos narrativos y extraliterarios que explotan sus motivos recurrentes. La fecha exacta de su nacimiento es otro asunto polémico. Brian Aldiss la estableció retrotrayéndose al Frankenstein (1818) de Mary Wollstonecraft Shelly.

En el panorama de las letras mexicanas, una de las novedades más llamativas la constituye 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana (Almadía/Conaculta, México, 2013), extensa y ambiciosa antología preparada al alimón por Bernardo Fernández BEF y Pepe Rojo, quienes también colaboran como traductores. Los antólogos suscriben de entrada el dogma originario de Aldiss e incluso lo refuerzan adjudicando a Edgar Allan Poe el papel de esposo simbólico de Mary Shelly, padre indiscutible, según ellos, de la ciencia ficción. Así, convencidos de que toda buena cf es de noble cuna anglófona, parten del convencimiento de que Estados Unidos y Canadá se sitúan actualmente a la vanguardia de esta literatura, sobre todo a partir de la revolución cyberpunk de los años 80 y tras lo que ellos consideran el declive de la hegemonía literaria de aquellos narradores a quienes bautizan despectivamente como los abuelos cyborgs: Asimov, Bradbury y Clarke (ABC que podría engrosarse con Zamiatin, Orwell y Huxley). Como Campbell, no les interesa en última instancia profundizar en una nueva teoría del concepto ciencia ficción, y prueba de ello consiste en que su breve estudio introductorio la menciona indistintamente como subgénero o género. Tampoco reconocen en su desarrollo la influencia de autores de otras esferas idiomáticas, y aunque aceptan las aportaciones de la literatura de viajes fantásticos, solo dan crédito a Wells, ignorando, por ejemplo, al griego Luciano de Samósata, a los franceses Cyrano de Bergerac y Julio Verne, hasta a un fraile franciscano, Manuel Antonio de Rivas, que en el siglo XVIII fabulaba ya un delirante viaje lunar desde Yucatán.

Pero, más allá de esta visión fragmentaria, condicionada por una confesa filia angloamericana, 25 minutos en el futuro constituye un colosal esfuerzo que apunta a dos dianas: actualizar para el lector hispanoparlante un orbe narrativo que hasta la década de los 80 traducían editoriales españolas y argentinas, y que después ha quedado desatendido; provocar un efecto infeccioso de entusiasta contagio, una descarga que siga alimentando nuestros "sueños eléctricos". BEF y Rojo presentan especial atención a trabajos nunca antes vertidos al castellano (por eso excluyen a William Gibson y Kim Stanley Robinson), si bien la presencia de veteranos como Margaret Atwood y Bruce Sterling pone en entredicho lo nuevo de parte de la antología.

El muestrario de narraciones, que ocupa más de setecientas páginas, por momentos resulta necesariamente disparejo. Hay relatos formidables, como los de Ted Chiang, Cory Doctorow, Will Clarke o Paolo Bacigalupi, y otros que no pasan de la mera anécdota u ocurrencia. En algunos pasajes los neologismos y la logorrea cientificista se suceden en parrafadas ininteligibles. Contra lo que podría pensarse, muchos de los argumentos siguen remitiendo a la época de los abuelos cyborgs: alienígenas, plagas bacterianas, inteligencia artificial, aunque el repertorio se amplía con el cómic como modalidad del género, la nanotecnología, la ingeniería molecular, el impacto de las redes sociales en la propia identidad y su vínculo con el espejismo de la fama y el poder político, así como la hipotética transformación post–humana del hombre a consecuencia del radical perfeccionamiento tecnológico. En esta selección casi no hay distopías, aunque sí una ucronía sobre el momento en que Bush fue informado del ataque a las Torres Gemelas. Algunos relatos aluden tangencialmente a México.

25 minutos en el futuro nos invita a reflexionar acerca de los vertiginosos avances científicos y tecnológicos que experimentamos a nivel colectivo y emocional. Es un espejo de reflejos múltiples que permite asomarse al futuro encarnado en nuestro presente y a la paradójica percepción de que el hoy haya dejado de ser irremediablemente lo que sigue siendo. Y representa, quizás aun contra el gusto de BEF y Rojo, un magnífico pretexto para volver los ojos hacia extraordinarios narradores de ciencia ficción latinoamericanos (Levrero, un todavía desconocido Rafael Pinedo, Bioy Casares). Y una oportunidad, por qué no, de visitar otra vez a los entrañables abuelos cyborgs y reapropiarse de sus brillantes metáforas de la realidad huidiza, de las que tanto se puede aprender todavía.