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Jueves , 19.07.2018 / 22:38 Hoy

Estampas de un anti Don Juan

A fuego lento


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Roberto Pliego

Quienes alguna vez disfrutamos de la compañía y la curiosidad intelectual de Sergio González Rodríguez no podemos sino celebrar este libro póstumo que mucho le debe a la ubicua disciplina del auto escarnio. Tomando el papel del que se observa a sí mismo, el autor–protagonista ejerce una suerte de narcisismo al revés, con un dejo de serenidad psicológica que sirve de estímulo al humor negro. No le tiembla el pulso a la hora de confirmar su nula gracia física ni su mala estrella con las mujeres.

Caminamos así por una galería de retratos femeninos. Está la que huye unos instantes después de un encuentro indeseado, la de la única y última cita (“estás tan feo que siempre tienes que andar con alguien que dé la cara por ti”), la bonita que de seguro trabaja para una agencia de espionaje, la pintora que ha perdido sus curvas, la amiga que declara su amor y a la vez rechaza su influencia, la indiscreta estudiante de doctorado , la barroca de Jalisco, la del cabello casi a rape y vestimenta negra, la teibolera, la sirena en la pista de baile… Y mientras las vemos desfilar a nuestro lado, vemos también a Sergio González Rodríguez anhelando el trato con las mujeres para terminar, una vez más, solo en el cine o leyendo a Milan Kundera, Bram Dijkstra o Robert Wright.

No hay que valorar Amigas: los años noventa fueron mejores (Almadía, México, 2017) como un álbum de estampas autobiográficas, aunque tenga la apariencia de un confesionario. Sus 54 momentos convocan al Sergio González Rodríguez periodista, narrador, erotólogo, es cierto, pero el anonimato de las mujeres que entran y salen de las páginas hace que juzguemos los duelos verbales o las deliciosas conversaciones —siempre en la frontera entre la misoginia y el lance caballeresco— a través de un velo de ilusión. De N., L., I., R. D., retorcidamente treintañeras o veinteañeras, conocemos tan solo sus palabras, nunca su figura o su rostro, pues eso son, seres parlantes en cuyas bocas duerme un aguijón.

A pesar de que el narrador–protagonista rueda de fracaso en fracaso, no deja de festejar la belleza y la inteligencia femenina, siempre huidizas. Hay en esta postura una sabiduría que nada le debe a la resignación y sí mucho a la tentativa de observar como requisito para descifrar a ese astronómico misterio que son las mujeres.

Si en la oscura noche, un dios burlón ha querido que el deseo amoroso y carnal se confine a los inmóviles rincones de un bar o una cafetería es porque encuentra una dicha malsana en la frase, que suena a las bodas entre una flauta dulce y un arma de fuego, “¿podríamos ser solo amigos?”

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