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Viernes , 22.06.2018 / 18:28 Hoy

Estados, vidas y bienes, a un clic de ciberterroristas rusos

Los 'hackers' de hoy en Moscú tienen su antecedente en los artistas utilizados por Stalin para alterar las fotografías oficiales de donde, luego de 'eliminarlos', borraba a sus enemigos

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Jordi Soler

Yoann Barbereau, el director de la Alianza Francesa en Irkutsk, Siberia, tuvo un affaire extramarital con una mujer que estaba conectada, también probablemente por la vía venérea, con un poderoso militar que vive en la ciudad. La cana al aire de monsieur Barbereau le ha costado responder ante un juez por el delito de posesión de material pornográfico infantil. La relación entre el amantazgo con una mujer adulta y la pornografía infantil es la venganza del militar que, valiéndose de los servicios de seguridad de su localidad, implantó el material pornográfico en la computadora personal del señor Barbereau.

Este novedoso procedimiento, de implantar material en las computadoras de sus enemigos o de filtrar información personal robada de esas computadoras por un equipo de hackers, se llama Kompromat, y es una de las armas que utiliza el Kremlin para amedrentar o liquidar socialmente a sus enemigos.

El Kompromat, además de implantar pornografía infantil, falsifica fotografías, monta videos donde puede verse a diversos enemigos del Estado ruso revolcándose con un trío de prostitutas, siembra drogas y, a nivel colectivo, el año pasado intervino las computadoras de la compañía de luz de Ucrania y dejó en la oscuridad a un cuarto de millón de ciudadanos para hacerles entender que las manifestaciones contra Rusia pagan un alto peaje.

El disidente ruso Vladimir K. Bukovsky, que vive en Cambridge, Inglaterra, desde hace muchos años, tantos que fue uno de los asesores de Margaret Tatcher, responde estos días ante el tribunal inglés por el material de pornografía infantil que encontró la policía en las dos computadoras que tenía en su casa. Bukovsky era amigo de Alexander V. Litvinenko, el ex oficial de la KGB que fue envenenado en el año 2006 con polonio, un procedimiento físico y brutal, que no tiene que ver con la escabrosa virtualidad del Kompromat. Todas estas historias han comenzado a publicarse a raíz del caso de la información comprometedora sobre Hillary Clinton que se filtró durante la campaña presidencial y cuyo origen se encuentra, de acuerdo con la CIA, en el Kremlin, en un grupo de hackers o ciberterroristas rusos que trabajó para favorecer a Donald Trump.

El universo de los ciberterroristas opera desde la Dark Web, esa zona de internet donde toda el hampa cibernética, hackers, traficantes de armas o de órganos, pornógrafos infantiles y terroristas del ISIS se mueven con gran soltura y a la que solo puede accederse con un software y unos códigos desconocidos para el usuario habitual de internet. Por 600 dólares, pagados en Bitcoins, la moneda virtual, uno de estos hackers puede fastidiarle la vida a cualquiera que tenga una computadora conectada a internet: puede implantarle pornografía infantil o vaciarle con un clic su cuenta de banco.

El Kompromat tiene un vistoso pistoletazo histórico: cuando Boris Yeltsin era presidente de Rusia, el Fiscal General del Estado echó a andar una investigación sobre la corrupción en el Kremlin que, de haber prosperado, hubiera llegado hasta el mismo presidente. Yeltsin pidió al director de la FSB, antes la famosa KGB, que le ayudara a desactivar la amenaza de Yuri Skuratov, el Fiscal. El director de la FSB puso manos a la obra y en unas horas fabricó un Kompromat muy eficaz: grabó a un hombre parecido al Fiscal en una cama con dos jovencitas y ordenó que el video, que tenía una calidad convenientemente brumosa, fuera transmitido en la televisión. Aquel Kompromat destruyó la investigación, la carrera y la vida de Yuri Skuratov, y Boris Yeltsin contrajo una deuda enorme con el director de la FSB, que lo había salvado y que era, ni más ni menos, Vladimir Putin. Yeltsin quedó tan agradecido, que nombró a Putin Primer Ministro y lo dejó encarrilado para que se convirtiera en el presidente de Rusia.

La manipulación de la realidad, esa ficción de Estado con la que Rusia aniquila a sus enemigos, ya la practicaba Stalin. En el Kremlin había un equipo de artistas, fotógrafos y pintores que se dedicaban a retocar, o a veces a rehacer, las fotografías, con el objetivo de desaparecer la imagen, el rastro de un camarada cuyo cuerpo ya había sido desaparecido. El retoque se hacía a todos niveles y en múltiples direcciones; empezaban por lo básico que era, técnicamente, un peeling facial al jefe; con una serie de toques magistrales dejaban tersas y uniformes las partes cacarizas de la cara de Stalin. Después de dejar muy guapo al patrón procedían a desaparecer de la fotografía al camarada en discordia, que en los periodos turbulentos podían ser tres o cuatro. Todo se hacía con pinceles y aerógrafo: si detrás del tovarich, en la foto original, había un tapiz con flores de lis, el artista rellenaba el hueco que había dejado el colega en desgracia con la minuciosa reconstrucción del tapiz.

Un retrato de 1926 nos presenta a Stalin en su oficina rodeado por los camaradas Antipov, Kirov y Shvernik. Entre esta fecha y 1949 puede verse cómo Antipov se desvance del retrato, el lugar que ocupaba está vacío, el extremo de la mesa y la pared llenan el hueco como si nadie hubiera estado nunca ahí. Luego siguió Shvernik y al final el aerógrafo cayó sobre Kirov. Así, desde 1949 hasta la fecha, Stalin aparece solo en esa foto donde había cuatro, se le ve guapo, lleno de vitalidad e impecablemente resanado de sus partes cacarizas. La fotografía retocada, como puede intuirse, nada más era la parte visible de un extenso proceso de desvanecimiento que incluía reconformación de documentos, encierro y tortura de familiares y amigos, y destrucción de cualquier cosa que pudiera probar que el desaparecido había existido alguna vez.

Abro aquí un paréntesis para consignar un curioso, y delirante, eco que tuvo el método de Stalin en Inglaterra, concretamente en the swinging London: la tumultuosa portada del álbum Sgt Pepper’s, de los Beatles, tenía, entre todos los personajes que ahí aparecen, la figura de Mahatma Gandhi. Los directivos de la compañía disquera, después de valorar la repercusión sociopolítica que podía tener la portada, decidieron borrar la figura del venerable Gandhi de aquel collage psicodélico, porque les parecía que la presencia de ese hombre, que le había arrebatado la India a Gran Bretaña, iba muy a contrapelo con los sentimientos del imperio inglés. Seguramente no recordaban, o no quisieron recordar, que antes de que Gandhi les arrebatara India, los ingleses le habían arrebatado a los indios su país. La exclusión de Gandhi fue simple, un brochazo burdo que todavía puede apreciarse en la portada, quizá con la intención de que los observadores del futuro pudieran advertir que la estrella del pacifismo planetario había sido borrada de ahí a mansalva.

Más adelante, ya sin Stalin y en plena carrera espacial, los artistas del Kremlin seguían manipulando la historia. Como la Unión Soviética estaba empeñada en ganarle a la NASA la carrera espacial, los científicos y los historiadores soviéticos cooperaron ocultando varios fracasos estrepitosos, mientras los artistas se ocupaban de retocar los testimonios fotográficos. Pongamos por caso el de la malograda perra Laika, el primer animal que salió de la tierra en un cohete y que sufrió, en lugar de la tradicional desaparición, una flagrante aparición. En noviembre de 1957 esta pobre perra heroica, que viajaba dentro de una cabina mal aislada, se carbonizó a los pocos segundos de que su cohete abandonara la Tierra. El equipo de científicos, historiadores y artistas del Kremlin, bien asesorado por un veterinario estatal, sustituyó a Laika por una perra parecida y la regresó a la tierra convertida en heroína nacional. La diferencia entre Laika y su sustituta era una mancha en el anca derecha que, uno de los viejos expertos en reconstruir fotografías, pintó sin más dificultad.

Doblemente dramática fue la historia del astronauta desaparecido, protagonizada por Iván Istochnikov, capitán del Soyuz 2, que no llevaba más tripulación que una perra, otra, llamada Kloka. El 25 de octubre de 1968 a las 9 de la mañana fue lanzada la nave del capitán Istochinikov al espacio. Un día después ya estaba instalada en la órbita de la Tierra, esperando el acoplamiento de una nave gemela, que sería la segunda piedra de la primera estación orbital. Con ese triunfo indiscutible la Unión Soviética se pondría a la cabeza de la carrera espacial contra Estados Unidos. Mientras esperaban el acoplamiento, y para ir calentando el ambiente de aquel logro de calado cósmico, el capitán Istochnikov y su perrita Kloka realizaron una caminata, o más bien un flotamiento sobre el vacío espacial: hay una fotografía donde se ven los dos flotando en el espacio, Kloka tiene la cabeza metida en una esfera transparente y el cuerpo en una rara prenda integral que oscila entre un sleeping bag y una camisa de fuerza. Finalmente la nave gemela llegó, pero algo pasó que no pudo completar el acoplamiento y el control de Tierra perdió contacto con el capitán Istochnikov, que fue percibido por última vez paseando por el espacio con la perra Kloka. El Soyuz 2 apareció días después, lo encontró la nave que no había podido acoplarse, estaba vacío y golpeado, no se sabe si por un meteorito. Nunca se supo en qué rincón del espacio quedaron Istochnikov y Kloka, pero el Kremlin difundió un comunicado oficial en el que se informaba que en el accidente de la nave Soyuz 2 no había habido víctimas porque se trataba de una nave sin tripulación, manejada a control remoto desde la Tierra. Una vez liberada la noticia, los artistas del Kremlin desaparecieron, con su aerógrafo y sus pinceles, al capitán Istochnikov, mientras los encargados de desaparecer la evidencia física confinaron en una mazmorra, en Siberia, a familiares y amigos del desaparecido.

En la era de Vladimir Putin para desaparecer a los enemigos del Kremlin, se ha cambiado a los artistas por los ciberterroristas; en lugar de reconstruir el pasado se implanta un archivo o un programa que destruye el futuro de la persona que incomoda al régimen. Se trata de dos métodos distintos, el soviético y el ruso, que persiguen el mismo objetivo: desaparecer al que disiente.

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