Del verbo espiar

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La canciller alemana Angela Merkel
La canciller alemana Angela Merkel (EFE)

Ciudad de México

La de espía es una de las profesiones más oscuras en todo el mundo. También era hasta hace poco una de las más prestigiadas y mitificadas. La literatura y el cine de buena mano ayudaron mucho al endiosamiento de quienes hurgan en los archiveros de las oficinas ajenas, en los cuartos de hotel, bajo las sábanas de las camas de políticos, diplomáticos y ricachones. Para nuestro inocente regocijo, escritores y cineastas han dotado de vida a un montón de espías hábiles y rudos con un arsenal tecnológico de última generación al alcance. Los veíamos tan ajenos y celebrábamos su lejanía. Pero ahora sabemos que husmean también en la vida de todos. Meten las narices en los rincones más privados de quienes nada deben ni temen. Por esas intrusiones en la vida cotidiana de millones de personas muchos perciben ahora a los espías como vulgares metiches, un mal inevitable en todos los tiempos de la historia, al servicio de gobiernos, industrias y de toda clase de individuos poderosos.

 Sabemos ahora que, en un ejercicio de paranoia y prepotencia, los gringos siguen con detenimiento todos los días cada paso que dan millones de personas en todo el mundo. Pero sabemos también que no se divierten en soledad. La de espiar es una práctica cotidiana para casi todos los países del mapa.

Cuando el gobierno alemán se supo espiado por los estadunidenses, a tal grado que hasta el teléfono de la canciller Angela Merkel estaba vigilado de manera permanente, puso el grito en el cielo. No pasó mucho tiempo para que se supiera que los alemanes espiaban también. Trascendió luego que los gobiernos de España y Francia también acopiaban información de todo tipo… para entregarla a los estadunidenses.

En nuestros tiempos tan espiados con notable desparpajo, quienes acechan de manera profesional quedan al nivel de obreros, de taxistas, de taqueros. Y no por clasismo, sino porque pueden estar en todas partes. Si alguien no lo cree, puede echarle un vistazo al Diccionario de inteligencia y seguridad, una suerte de “manual del espía” que a pedido del gobierno español ha preparado con mucho empeño Antonio Díaz, un profesor de Ciencias Política de la Universidad de Cádiz, experto en asuntos de inteligencia. Se presume que muchos espías lo portan ya bajo el brazo para lo que se ofrezca.

Según este manual que descifra códigos para los usuarios, establece criterios y hasta les dicta la manera de actuar según el caso, trabajan en este bajo mundo de zapatos gastados y pantalones luidos nada menos que 16 tipos de agentes: consular, de influencia, desestabilizador, diplomático, doble, durmiente, encubierto, especial, ilegal, infiltrado, informante, operativo, potencial, provocador, revelador y secreto.

Como se ve, la profesión está tan desprestigiada como saturada. De hecho, cualquiera puede estar espiándonos en este preciso momento. La vecina, el de la tienda, el boticario, el cajero en el banco. Nada nuevo, pues.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa.