Un espejismo

“En nuestros enemigos”, escribe el que Guillermo Fadanelli (1960) “no vemos más que faltas, y en las personas que no son simpáticas, multitud de cualidades”.
Guillermo Fadanelli, "El hombre nacido en Danzig", Almadía, México, 2014, 168 pp.
Guillermo Fadanelli, "El hombre nacido en Danzig", Almadía, México, 2014, 168 pp. (Especial)

México

Dicho por Schopenhauer, aquello de que “el amor y el odio falsean por completo nuestro juicio”, viene a representar una llamada de atención por demás pertinente en los tiempos de la probidad. “En nuestros enemigos”, escribe el que Guillermo Fadanelli (1960) llama el filósofo más arrogante de la historia, “no vemos más que faltas, y en las personas que no son simpáticas, multitud de cualidades”.

Cuestiones que antepongo aquí a fin de puntear lo peliagudo que resulta expresarse acerca de la nueva novela del mexicano Fadanelli (Lodo, Malacara, Educar a los topos, ¿Te veré en el desayuno?, Mis mujeres muertas), en la que además de alojar sus, supongo, más personalísimas vivencias, desdobla la esencia del pensamiento del que también nombra como el hombre de Danzig.

La narración, que desde sus inicios rueda vertiginosamente —como la piedra; y hay que aprovechar su fuerza y su destino— para descollar las tribulaciones desatadas en su protagonista por el abandono de su pareja, Elisa Miller, se llena pronto de reflexiones filosóficas, metáforas y guiños. Que si bien responsabilidad compartida, al ser narradas desde la primera persona, consiguen su razón de ser en todo lo humano contenido en la novela El hombre de Danzig, lo que para su autor parece ser el significado de la literatura. Eso que por metafórico es más concreto aún.

Abandonado repentinamente por Elisa Miller, el protagonista de El hombre de Danzig encarga a Riquelme, famoso detective de pacotilla, rastrear su paradero por la gran ciudad. En tanto él, ex basquetbolista, ex universitario y maestro de nada, lo hará en los laberintos del pensamiento filosófico en sí mismo acumulado, y en sus encuentros con otras mujeres (Mónica, Elena, Sonia).

O en María de Gournay, joven con quien Montaigne tuviera una relación paralela a su matrimonio, puesto que el pasado es lo que sucederá, por descabellado que esto parezca. “Llegará tu María de Gournay, ten paciencia”, le dice al protagonista un Montaigne calvo y esculpido por Paul Landowski.

Nueva invención (una trampa más, un espejismo) en la novelística de Fadanelli: El hombre de Danzig. Juego también (el más viejo deporte de la humanidad: patear el culo). Sí. Porque con Schopenhauer, Fadanelli entiende que “el elemento intelectual no es el opuesto a la voluntad”.