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Miércoles , 26.09.2018 / 03:00 Hoy

Ese maíz entró en dos estómagos

El pueblo era pobre, los hombres trabajaban en haciendas; los sueldos, miserables. La tropa saqueó las trojes, alimentaba caballos con mazorcas y semilla desgranada; la población pasaba hambre.

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Ahí está, en la salida del Metro; poco ha cambiado: es Rafael Santiago Galindo, ñahñú, otomí nativo de Jonacapa, Hidalgo. Tío Rafa: chaparrito, moreno, pelo cano, tan blanco como el poblado bigote que aún luce y expande cuando sonríe de puro gusto porque nos vemos de nueva cuenta; en su casa de Cuautepec el Alto conserva cuadernos que ha ido llenando con sus recuerdos del pueblo y la ciudad, a la cual emigró en 1952, en búsqueda de un mejor horizonte.

Escribe a mano, con letra de molde y con esa caligrafía garigoleada que aprendió en la primaria Hermenegildo Galeana, inaugurada por el presidente Lázaro Cárdenas en Jonacapa, tierra de ñahñús que tuvieron una brizna de logro de la Revolución. En ella tío Rafa aprendió las primeras letras y cursó hasta el cuarto año de primaria, para luego ayudar en las labores del campo, acompañando a su padre, Higinio, esposo de Maximina, quienes procrearon ocho hijas y un hijo: él, orgulloso ñahñú, padre de Rubén y Rafael, ambos ingenieros en Comunicaciones y Electrónica, egresados del IPN. Rafael está por doctorarse e imparte clases en la Unidad Profesional Interdisciplinaria en Ingeniería y Tecnologías Avanzadas del IPN (UPIITA).

Higinio decidió enviarlo a la escuela, pero tío Rafa aún añora el campo: “Me llevaba al campo a los animales para que pastaran por las laderas del cerro, entre encinos y flores silvestres, donde la melancolía te llega y entran escalofríos por tanta soledad”.

El Bigotes, le llamaba su primo Fernando. Ambos convivieron en la casa del oftalmólogo Heriberto Fernández, ubicada en Polanco, donde sus tías Hilaria y Cayetana trabajaban, como cocinera una y recamarera la otra. Pero en el campo, cuando niño, la parvada de chiquillos con quienes convivía le llamaban Comino, especia que da rico sabor a los guisados.

—Pero si algo extraño en la vida es el pueblo de Jonacapa. Vivimos en un jacal que ya no existe, con techo de dos aguas hecho con pasto y pencas de maguey. Extraño los callejones empedrados y el aroma salido de los fogones; olía a pueblo, a pueblo campesino con sus fiestas, aunque no había agua ni luz, era muy oscuro; ahí pasé alegrías y tristezas.

Rafa acompañaba a su abuela Manuela hasta la milpa vecina del huizache; su papá la sembraba y ella le llevaba el almuerzo; era muy chico y pasaban por el terreno y los paredones donde su mamá y sus hermanas nacieron. “Saludamos a tío Alberto, primo de mi mamá, y ella le decía: ya acabaste de raspar todos los magueyes que mi papá plantó y no nos diste siquiera una cría para plantar. Y él le contestó: ve a la casa, ahí hay mucho pulque, hasta para bañarte, y yo oí eso sin comprender y le preguntaba a mi mamá; me dijo: cuando murió mi papá Telésforo, mamá Manuela se casó con tío Onofre; cinco hijas de ella, las Galindo, se quedaron solas y la tía Sofía iba a casa de tío Onofre por frijoles y tortillas para las hermanas; pasó el tiempo hasta que se compadecieron de ellas y él le dijo a Manuela: hay que recoger a esas niñas. Se fueron y abandonaron la casita donde había nacido”.

Tío Rafa es un mundo de anécdotas que lleva al papel de sus libretas: “De mi abuelo Telésforo Galindo, mi mamá me platicó que durante la Revolución pasaron por Jonacapa las tropas: soldados y caballos hambreados; establecieron su campamento alrededor de la iglesia de San Buenaventura, nuestro santo patrono. Cantaban y gritaban y anduvieron todo el pueblo llevándose gallinas, borregos; mi abuelo Telésforo tenía un marrano en engorda, con maíz que pepenaba en las milpas de las haciendas, y el marrano iba a comerlo con sus hijas (mi mamá y sus hermanas), pero llegaron los soldados, le ordenaron matarlo y el abuelo no quiso, le había costado mucho trabajo tenerlo. Le pusieron un fusil en el pecho y acató la orden: clavó el cuchillo, destazó, lo arregló… y se lo quitaron todo”.

A los pocos meses Telésforo murió, quizá por el coraje, quizá por el susto, la impotencia. El pueblo era pobre, los hombres trabajaban en las haciendas; los sueldos, miserables. La tropa saqueó las trojes, alimentaba los caballos con mazorcas y maíz desgranado, mientras la población pasaba hambre. “Pero los animales no digerían todo el grano y mi abuela Manuela les fue siguiendo la pista y en un costal de manta, de esos donde empacan el azúcar, juntó el estiércol que soltaban los caballos. Luego, entre todas las mujeres espulgaron y rescataron los granos de maíz, los lavaron muy bien y con ellos hicieron unas sabrosas tortillas que comíamos con mucho gusto, porque en la comunidad había mucha necesidad. Ese maíz entró en dos estómagos: el del caballo y el del humano”.

¿Y para qué escribe el tío Rafa? Uno lo recuerda en el consultorio del doctor Fernández con su bata blanca, anotando las citas de los pacientes (entre ellos Tintán, Gustavo Díaz Ordaz; políticos, artistas), leyendo cuanto periódico, revista o libro caía en sus manos. “Escribo… no sé. Es mi gusto escribir, me ha gustado mucho siempre, aunque sé que con muchas faltas de ortografía, ya que nada más estudié cuatro años, sin sacar mi certificado de primaria. Mis letras: me entiendo y me entienden mis hijos también. Dicen que van a pasar mis escritos a la computadora para corregir mis errores, pero ya optaron por dejarlos así, le dan valor a las letras que he escrito en mucho tiempo y que llevan una parte de mí: penas, alegrías, historias de Jonacapa, de sus fiestas, de mí, que cuando niño me costaba adaptarme, me daba tristeza que mis compañeros lanzaran como relámpagos sus burlas contra mí, me hacían de todo por chaparro, descalzo, pelón al rape con las tijeras de trasquilar borregos; porque usaba yo mi sombrero de tornillo, todo roto: colgaban los pedazos de mi sombrero; total, yo pobre, un indígena, un hombre que empezaba vivir.

“En mi pueblo Jonacapa no había Biblia, palabra, sabiduría, era otro mundo, otro tiempo; en mi casita se hablaba otomí, otro poco de español. El nahñú lo hablaban mis padres, mi abuela y mis tías. Yo entendía muy bien sus sonidos y tonadas, revuelto con el español. Era una confusión, viví mis dos mundos, confundido uno con el otro. Era feliz acompañando a mi padre a arar con la yunta de bueyes: me subía al arado entre la mancera y la tilera, me sentaba en la cabeza del arado para que se enterrara más, arriaba a la yunta y así andábamos vuelta y vuelta, armando surcos y yo mirando a lo lejos si mi mamá ya venía para darnos de comer y mi papá alegre silbaba canciones: “Modesta Ayala”, “Hace un año”, “Margarita, Margarita”...

Tío Rafa evoca sus trabajos en las haciendas, la temporada de tres años en Querétaro y su llegada a Ciudad de México en busca de trabajo; lo encontró en una óptica de la calle Venustiano Carranza, estuvo a prueba durante un mes pero permaneció 32 años. Luego, albañil, pintor de brocha gorda. Ahora, pensionado. De Jonacapa se trajo a “su güera”, Epifania, y con ella sacaron adelante a Rubén, Rafa y María del Rosario, ya finada. Son su orgullo y sonríe al recordar lo que le decía Gustavo, el optometrista: “¿Para qué compras esa revista de chistes, el Jaja? Para qué: eres como los burros: cargan alfalfa y no la pueden comer”. Al poco tiempo entró a la escuela nocturna, de 7 a 10 de la noche, hasta que obtuvo su certificado de primaria. Ahora su hijo Rafael prepara estudiantes de Ingeniería Biónica para crear “sistemas artificiales para reproducir las características y la estructura de organismos vivos”.

* Escritor. Cronista de Neza.

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