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Domingo , 09.12.2018 / 18:40 Hoy

Escuchar el silencio

“El gol no es lo que se ve por televisión. Se parece, pero no es así. Ese es el gol que ve la gente. Desde donde yo estaba, la perspectiva era otra”.

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Puede ser la naturalidad con la que se ubica en cualquier parte del campo de juego —muchos metros cuadrados en realidad—. O la facilidad con la que se desplaza de un sitio a otro, sin perder en ningún momento la ubicación ideal para estar cerca del balón. Como también la plasticidad de sus piernas, y esa especie de imán que las rigen para nunca separarse del balón.

En cualquier caso, Andrés Iniesta (Albacete, 1984) está ubicado ya entre los mejores jugadores de futbol de todos los tiempos, lo que resulta doblemente meritorio si se recuerdan otros nombres de sus contemporáneos (Messi y Cristiano Ronaldo); por no traer a cuento a los obligados Kubala, Di Stefano, Pelé, Maradona, Beckenbauer, Cruyff... y el caso de “ser quien soy —lo dice con cierta humildad— en el mejor equipo del mundo”.

La cuestión es muy sencilla, según él. “Tener una buena técnica —escribe en Andrés Iniesta. La jugada de mi vida. Memorias—, ser intuitivo, hallar los espacios y lograr que el equipo (¡diez participantes más!) te acompañe en la jugada cuando atacas, señal de que tienen confianza en ti y de que el adversario retrocede”.

Supuestos que parten de al menos cinco exigencias básicas para ser buen un jugador de futbol en estos tiempos, enumeradas también por él: “la rapidez en la toma de decisiones; la calidad del pase; la capacidad de frenar y acelerar; la habilidad para el control orientado y el cambio de orientación”.

Pero no solo de estas cuestiones, ciertamente técnicas, habla Iniesta en éstas sus memorias adelantadas (debutó como profesional en 2002). También de las tribulaciones más personales a las que comenzó a enfrentarse, siendo un niño, para abrirse un camino en los terrenos de este globalizado deporte, “cosas tan comunes”, dice.

Capítulos de la historia de un profesional en activo que comienza en su pueblo de Albacete, pasa por los años de su casi internamiento en la llamada Masía, la escuela del club Barcelona, y se extiende a sus mejores temporadas portando esa misma camiseta y la de su selección, con la que se hizo campeón del mundo en Johannesburgo, 2010.

Y por supuesto, de su relación con los jugadores quienes han acompañado su carrera, “compañeros de viaje”, y de goles, que de eso trata el futbol, no hay que olvidarlo.

Dos en particular: el anotado al Chelsea en Stamford Bridge, que le permitió al Barcelona pasar a la final de la Champions de 2009, y el marcado en la final del Mundial, 11 de julio del 2010, ante la selección de Holanda.

“El gol no es lo que se ve por televisión. Se parece, pero no es así. Ese es el gol que ve la gente. Desde donde yo estaba, la perspectiva era otra. La sensación en el campo es irrepetible. Quiero decir que es un gol muy mío, que sólo lo he metido una vez. No sé cómo explicarlo, me resulta muy complicado describirlo. No encuentro palabras. Todo lo que había a mi alrededor quedó congelado durante unos segundos. Y escuche el silencio… Sí, sé que puede parecer contradictorio, pero el silencio se puede escuchar”.

Andrés Iniesta. La jugada de mi vida. Memorias fue escrito con la colaboración de los periodistas Marcos López y Ramón Besa.

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