Manjarrez examina la infancia en 13 cuentos

En "Los niños están locos" el escritor mexicano desarrolla el tema de los menores en la Ciudad de México entre las décadas de los 40 y los 70.
“Uno está pensando en cómo era yo, cómo me trataban, qué quería obtener de mis padres y de los demás adultos, cómo me iba en la escuela...”.
“Uno está pensando en cómo era yo, cómo me trataban, qué quería obtener de mis padres y de los demás adultos, cómo me iba en la escuela...”. (Jesús Quintanar)

México

Entre los escritores de su generación ninguno cultiva como Héctor Manjarrez el cuento como verdadera forma artística”, escribió Christopher Domínguez Michael en la nota introductoria del Material de Lectura, cuyo número 113 se dedicó al narrador, poeta, dramaturgo y ensayista.

Unas palabras que vale la pena recuperar ahora que se lanza el volumen Los niños están locos (Ediciones Era, 2016), donde se refleja esa manera de entender al género por parte de Manjarrez, interesado siempre en el lenguaje, en la estructura de los relatos y, en especial, en las historias, algunas de las cuales vienen de su memoria.

“Se trata de cuentos que buscan preguntarse qué es la infancia, qué es mi infancia o tu infancia, lo que todos nos preguntamos cuando tienes niños, sobre todo cuando son chicos; uno está pensando en cómo era yo, cómo me trataban, qué quería obtener de mis padres y de los demás adultos, cómo me trataban en la escuela mis compañeros”, cuenta en entrevista con MILENIO el autor de títulos como No todos los hombres son románticos y La maldita pintura.

El libro contiene 13 cuentos, el más antiguo fue publicado hace 30 años en una versión diferente. Es una serie de historias que parecieran ofrecer un retrato de la sociedad durante tres décadas, pues recorren un arco temporal que va de los años 40 a los 70 del siglo XX. “No te puedo decir que eso fuera un retrato de la sociedad; me gustaría que lo fuera, que ciertos aspectos de la sociedad mexicana, más específicamente de la chilanga, tuvieran una pequeña lucecita que dijera ‘esto era así’, pero no pretendo más desde el punto de vista social. “Tampoco pretendo señalar cómo era la infancia de todos, ni si eso realmente indica que el despotismo que había hacia los niños —reflejo del despotismo político hacia los ciudadanos— produjo tal o cual cosa”, enfatiza.

LA REALIDAD Y LA CREACIÓN

Desde su perspectiva, la sociología y la antropología sí pueden hacer ese tipo de aproximaciones, mientras la literatura, aun cuando dé acercamientos más profundos, tiene grados de fantasía y de imaginación, amén de que no es un deber de la literatura hacer retratos sociales.

“Cuando tratamos de hacer un retrato social exacto no nos sale bien, porque nos quita la fantasía y la imaginación, y de repente nos estamos arrogando un papel de jueces que no. Es como un periodista: sabemos que podemos aportar algo —en eso la literatura y el periodismo son hermanos— para que la gente lo tome en cuenta y lo añada a otros aspectos, a datos que la inteligencia y sensibilidad del lector van recogiendo”.

Las historias parten de la infancia, de lo que solemos hacer en esa etapa de nuestras vidas, pero al mismo tiempo es una mirada sobre los adultos: la relación entre nietos y abuelos, entre madres e hijos, entre la adolescencia y el sexo, incluso entre el futbol y la violencia, en una época de la Ciudad de México muy diferente a lo que se vive en la actualidad.

“Qué es la infancia, sí me lo pregunto; otro poco es qué fue mi infancia en el contexto de una sociedad urbana, de una ciudad en chiquito, provinciana y opresiva, hipócrita, intolerante… Ya no podemos decir que esta ciudad sea intolerante o que sea particularmente hipócrita y opresiva. Aquella sí lo era”.

SIN NOSTALGIA

De distintas maneras, en los cuentos de Los niños están locos se refleja lo que Manjarrez definió alguna vez como una “falsa autobiografía sincera” al referirse a una parte de su obra, pero al mismo tiempo son historias que vienen de tiempos recientes, como la que le da título al libro, que escuchó hace unos años sentado en una banca.

“Un escritor escribe de lo que puede escribir, incluso a veces varía en sus intereses; no tiene mucho sentido que te pongas a escribir sobre tu sociedad si ese año estás pensando acerca de Saturno. Sí podemos contribuir, por ejemplo, con una mirada sobre la sociedad de la Ciudad de México en una época determinada”.

Y añade: “No veo cómo tener nostalgia por aquella ciudad, que era opresiva y desagradable con los débiles… Por cierto, creció esa ciudad y se convirtió en una megalópolis”, asegura quien nació en ella, pero que vivió en Belgrado, Madrid, Ankara, París y Londres, y que volvió a encontrar en la infancia ese territorio para contarse y contarnos.