Las aventuras con mi padre

La hija del escritor Fedro Guillén, fallecido hace 20 años, recuerda las múltiples complicidades que tuvo con él.
El narrador, poeta, cronista y ensayista Fedro Guillén murió en la Ciudad de México el 29 de mayo de 1994.
El narrador, poeta, cronista y ensayista Fedro Guillén murió en la Ciudad de México el 29 de mayo de 1994. (Cortesía)

Ciudad de México

Cuando era niña mi padre, Fedro Guillén, me llevaba a recorrer las calles del primer cuadro de la ciudad. En esos recorridos descubríamos lugares icónicos de la urbe y eran como entrar en otro mundo en donde habitaban Porfirio Barba Jacob, Francisco I. Madero, José Vasconcelos, León Felipe y muchos seres más, quienes revivían por el recuerdo que de ellos tenía mi padre.

El sonido de la máquina de escribir es uno de los primeros recuerdos que tengo pues papá, todos los días, echaba mano de una vieja Remington para hacer sus colaboraciones o libros. Aquellos golpeteos se volvieron parte de mi imaginario y, quizá, me despertaron de alguna manera la necesidad de imitarlo.

En aquellos años mi casa era el centro de reunión natural para los amigos de mis padres. Yo era una niña entrometida y me integraba a aquellas reuniones sin sentir que no fuera parte de ese conjunto de personajes unidos por su amor por el arte pero, también, por su pasión por la vida y su ánimo por celebrarla. Alguna vez, Pepe Revueltas me trajo un payaso borracho; me enojé mucho con él no por un purismo etílico sino porque en mi lógica infantil los payasos no tenían derecho a emborracharse.

Cualquier pretexto era bueno para acompañar a mi padre, y por ello en muchas ocasiones estuve de oyente en las clases que impartía, de Literatura y Sociedad, en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Allí fue profesor durante 37 años y se retiró de ella hasta su muerte. Era un hombre generoso que gozaba intercambiar con sus alumnos lecturas, recuerdos y sabiduría; tenía la destreza de seducir con las palabras a quien quisiera escucharlo.

Fue amigo de todos los exilios que se dieron en nuestro país. Quizá porque su memoria fue agradecida ya que Guatemala recibió a mi abuelo, Flavio Guillén, cuando su vida corría peligro pues fue gobernador de Chiapas en la época maderista.

No recuerdo un solo día que mi padre no estuviera leyendo y siempre regresaba a sus clásicos: Tolstoi, Rolland, Dostoyevski y la Biblia. De este últimamente decía que era un libro de gran factura literaria más allá de la religión que uno profesara. Fue un escritor comprometido con una estética pero creo que no me equivoco si afirmo que la lectura era para él una necesidad casi corporal.

Un día como hoy, de hace veinte años, su corazón dejó de latir por un infarto fulminante. Y cómo podría ser de otra forma si él era un apasionado fulminante. En sus tarjetas de presentación ponía la siguiente leyenda: "Fedro Guillén le pide que se permita entregar su corazón a la violencia", entendiendo a ésta como una herramienta más para poder disfrutar plenamente de la vida y de sus placeres.

Ése era mi padre, a quien celebro con toda la violencia que sea necesaria para nunca olvidar que seguimos siendo cómplices más allá de la distancia física.