El escritor de cine

Buena parte de la obra de José de la Colina ha tenido un primer escenario en la prensa, como es propio de un caballero que lleva años ganán­dose la vida como escritor.
Patán
(Cortesía)

Ciudad de México

José de la Colina me propuso matrimonio. Bueno, casi. Fue a la mitad de una cena en la que estaba otro colaborador de este periódico, ese muy querido amigo que es Nicolás Alvarado. Ahí, en la mitad del restaurante, me dijo: “Tú y yo hubiéramos hecho una buena pareja”. A lo que añadió algo que hubiera resultado tranquilizador si no hubiera resultado inútil (porque las mujeres, lo sabemos quienes lo conocemos, le gustan mucho): “Pero sin sexo, ¿eh? Algo más de tipo morganático”. No era una idea descabellada. El comentario lo dejó caer luego de un rato de hablar de cine con extraordinarias coincidencias de gusto, y sabemos lo determinante que es el cine en términos de felicidad matrimonial (es buena idea reconsiderar el vínculo con una mujer que se siente obligada a revisar, digamos, toda la filmografía iraní).

Las coincidencias se centraban en el viejo cine norteamericano, el de los años 30 a 50, que Pepe, como yo y, añadiré, como Nicolás, a pesar del daño cultural que intentaron hacerle sus profesores franceses, tenemos por el momento del cine, por una fuente inacabable de guiones sutiles y desprovistos de pretensiones, de brillantez interpretati­va y sobre todo de lecciones inmejorables de realización. Es, aquel Hollywood, sin competencias reales, la casa de gran parte de los grandes maestros.

Estas certezas se las debo primero que a nadie a mi padre, otro cinéfilo de vieja escuela y otro escritor como dios manda, pero me parece justo decir que también a “De la Colina”, como se refería a él Luis Buñuel. Aunque es un notable ensayista de asuntos literarios y uno de los mejores cuentistas que deambulan por el mundo, lo conocí, igual que muchos de sus lecto­res, como un escritor de cine, lo que es un espantosamente ambiguo modo de decir que él, como Guillermo Cabrera Infante, no es un crítico al uso: es mucho más que eso —y eso nada más no es poco. Lo conocí por mi afición a Buñuel, ese “genio sin talento”, como le dice inmejorablemente Pepe en algún lugar; una afición que me hizo sustraer del librero paterno y leer Prohibido asomarse al interior, el libro de conversaciones con el aragonés que hizo a dúo con Tomás Pérez Turrent. Va la recomendación, casi la orden perentoria, para los lectores de este suplemento que no le hayan pegado un mordisco a ese libro excepcional: hay que leerlo, ya. Es un retrato insuperado de Buñuel en sus palabras, una memoria de los años fundacionales del surrealismo, una visita al cine mexicano en sus buenos días; un libro, en fin, lleno de sustancia y lleno de gracia.

Desde entonces leo todo lo que se me atraviesa de la obra de Pepe, particularmente la parte de esa obra que habla de cine. Harán bien los lectores en aprovechar que tanto Milenio, donde es columnista desde hace ya un buen tiempo, como la revista Letras Libres, de la que es un habitual, tienen amplios archivos en línea. Buena parte de la obra de José de la Colina ha tenido un primer escenario en la prensa, como es propio de un caballero que lleva años ganán­dose la vida como escritor. Lo que pasa es que —vaya envidia— sus artículos son, lejos de los asuntos coyunturales, perdonarán el terminajo, ensayos que en ocasiones también pueden tener algo de pieza narrativa y que a ratos no eluden lo autobiográfico. Ahí están todas sus preferencias, explicadas, compartidas y razonadas. Ahí podrán los lectores entender por qué John Ford es el mejor cineasta de la historia, qué tan guapa era Gene Tierney (no sé si es una favorita de nuestro autor pero busquen Laura, de Otto Preminger, que está en los botaderos de DVD por dos pesos y es una joya), por qué no envejece Cantando bajo la lluvia, y a Hitchcock, y a Shirley Temple, y a Marlene Dietrich, y a Esther Williams, y a Ernst Lubitsch y desde luego a Billy Wilder, que tal vez sea el director favorito del que suscribe (decirlo me valió la casi propuesta de matrimonio).

O, mejor, recuerden que los escritores viven de sus regalías, y vayan a la librería y busquen su libro sobre Buñuel, o alguno de sus libros misceláneos, como el reciente De libertades fantasmas o de la literatura como juego. Van a encontrar algo de cine, pero sobre todo van a comprobar lo bien que escribe este señor. De eso o de lo que sea. L

 

Pie de foto c buñuel

 

De pie: José de la Colina, Emilio García Riera, Arturo Garmendia; sentados: Tomás Pérez Turrent, Luis Buñuel. Restaurante Charleston, México D. F.