ENTREVISTA | POR ALEJANDRO ALVARADO

Beatriz Espejo Escritora

La aparición de Si muero lejos de ti, un libro de relatos, sirve de punto de partida para ahondar en la relación de la escritora veracruzana con la literatura y algunas de sus grandes figuras

“Nunca he escrito obras fáciles”

Beatriz Espejo
Beatriz Espejo (Especial )

México

¿Qué tan verídicas son las historias que aparecen en su libro y qué tanto hay en ellas de juego literario?

Contienen ambos recursos. "La celebración", por ejemplo, el cuento sobre Agustín Yáñez, es absolutamente autobiográfico. Delio es un personaje que trabajó muchos años como mesero en mi casa. Arturo de Córdoba, quien era yucateco y en realidad se llamaba Arturo García, se lo recomendó a mi papá. Delio tenía tal confianza en la familia que se metía en las conversaciones, le daba por hablar en inglés y cosas de esas. Una noche, importunó groseramente a Agustín Yáñez, a quien habíamos invitado a cenar, se mofó de él. Narro el suceso tal como sucedió, no le quité una coma ni un punto.

¿El cuento "Marilyn en la cama" está inspirado en una Marilyn Monroe un poco soñada, un poco inventada?

Tiene mucho de cierto, como cuando se tiró del avión en un paracaídas y anduvo animando a los soldados desde arriba. Conocí a su marido, Arthur Miller, cuando ella ya había muerto. Yo había estudiado un par de años en Estados Unidos. A mi regreso, Marco Antonio Montes de Oca me preguntó si no quería ser traductora de Arthur Miller y acepté sin que me pagaran, por el solo honor de conocerlo. Resultó un hombre áspero y antipático, venía casado con una fotógrafa, mucho más joven que él. Miller me dijo que lo único que no permitía que le preguntara la prensa era sobre Marilyn. Podía preguntársele todo lo que fuera, menos sobre ella.

¿Qué tanto valor le da usted a la forma en un cuento?

Un cuento difícil de escribir fue "Solo los reyes tienen tales placeres", que trata sobre Leonardo da Vinci, una figura que siempre he adorado. Tenía veintitantos años cuando me fui a perseguir todas sus obras por Europa para verlas en persona. Es el cuento más difícil de todos, porque está escrito en plural mayestático; está contado por Francisco I de Francia. Sin embargo, a medida que va avanzando, la figura de Leonardo surge poco a poco.

El cuento sobre Maximiliano y Carlota, "Miserere mei Deus", es uno de mis favoritos. Carlota siempre ha sido la parte oscura de la pareja, pero yo la veo como la parte oscura de la situación que se presentó. No la creo loca. Fue muy feminista y se casó por amor. Su papá era el gran casamentero de Europa, el intermediario para unir a las parejas reales; pensó que su hija debería casarse por amor. La matrimonió con un segundón sin mucho derecho a reinar, Maximiliano de Habsburgo. Desde el principio de la boda, Carlota tuvo una serie de presagios no muy favorables y, luego, Maximiliano le pegó una sífilis y ella no pudo tener hijos. Yo me metí en la piel de Carlota y cuento la historia desde ese punto de vista.

Así como el cuento de Carlota lo escribí en muy poco tiempo —me paraba en las noches a escribirlo y lo terminé en un par de sesiones—, el de Salvador Díaz Mirón, "El poeta y el bandido", me llevó como diez años. Tardé mucho en recabar el material para construir la historia. Es un Díaz Mirón ya viejo para la época, como de cincuenta y tantos años. Yo había leído a Díaz Mirón desde niña, porque en casa de mis padres estaban todos sus libros. Mi mamá era veracruzana y sentía mucho afecto por él. A mí, sus bravuconadas me caían en gracia. No es el tipo de hombre que realmente me encanta, pero al mismo tiempo su esteticismo, su autoconfianza, su amor por su propia madre, me parecían estupendos. Lo que no me gustaba es que fuera tan partidario de Porfirio Díaz y que sacara la pistola a la menor provocación. Era muy joven cuando fue diputado; su familia poseía dinero, era dueña de un diario. Él y Manuel José Othón, del que también hablo en el libro, son los dos poetas más importantes de la época modernista; para mi gusto, los que más destacan de ella en México. Estoy consciente de que mucha gente diferiría de la opinión, pero a mí ambos me imprimieron una honda huella.

¿Qué es lo que más le interesa cuando escribe un cuento?

Contar la historia y ahondar en la psicología de cada personaje; es decir, que los cuentos no se queden en la mera superficie sino que bajen y hagan pensar. "Así era Alberto Gironella", por ejemplo, es un cuento que en unas cuantas palabras retrata al pintor. Eso me interesa, pero, además, me interesa que el lenguaje se deslice como si fuera mantequilla. Eso es lo difícil, que no hayan ripios, que no hayan cacofonías, palabras repetidas y que eso no se note. Nunca he escrito obras fáciles. De ahí que no sea una escritora de grandes ventas; sin embargo, mis libros se agotan.

¿Le importa que trascienda su obra?

De la centena de cuentos que llevo escritos, algunos van a trascender, uno que otro, no pido mucho. Y es chistoso, porque casi todos los textos de este libro son melancólicos y, sin embargo, los de más éxito son en los que resplandece mi sentido del humor.

¿Cómo influyen esos estados de ánimo cuando se sienta a escribir un cuento?

Eso no te lo impones. El mismo texto te habla. Yo siempre digo que ellos imponen su tamaño, su tono y sus personajes. La historia brota sola una vez que el escritor sabe hacia dónde va, cómo va a desarrollar la historia, desde qué ángulo, con qué personajes, en qué tesitura, si en lo cómico o en lo dramático, si breve o si da para mucho.

¿Qué tan importante ha sido para usted su matrimonio con Emmanuel Carballo?

Es una relación importante, porque nos hemos llevado bien. Cada uno tiene sus propios intereses. Estar casada con él me ha permitido clavarme leyendo un libro tardes enteras, actividad que difícilmente aguanta un marido que no entiende lo que es la literatura.

¿Existe alguna influencia recíproca entre ustedes?

No, para nada. Nuestros gustos tampoco son, precisamente, los mismos. Si tú nos lees a los dos descubres que escribimos de una manera distinta. Yo creo atmósferas y personajes y Emmanuel tiene una prosa contundente, incisiva, inteligente, que no admite réplicas. Lo mío se presta a muchas interpretaciones.

¿La literatura fue lo que los unió?

Nos acercó el que nos conocimos muy jóvenes. Yo tenía 17 y él 27, y nos gustamos. Él era guapísimo en ese momento, pero era casado. Nos dejamos de ver durante largo tiempo. Siguieron pasando los años y yo me casé con otro hombre. Cuando me divorcié volvimos a encontrarnos y terminamos casándonos. Ya era un poco el destino el que nos llamaba... Pero si tú me preguntas que si yo le enseño mis cuentos, no; él lee mis trabajos cuando ya están publicados. Emmanuel tampoco me pide opinión sobre algún párrafo que él haya escrito.

Me hizo una crítica sobre el primer libro que escribí, La otra hermana, un libro muy chiquito que publicó Juan José Arreola. Apareció cuando yo tenía 19 años. Arreola fue quien me pulió como escritora en su taller. Era un maestro extraordinariamente generoso.

Hábleme de esa experiencia en el taller de Juan José Arreola.

Te cuento desde el principio. Una vez iba a salir con un muchacho muy guapo. Íbamos a ir al teatro, pero vi anunciado que Juan José ofrecería una conferencia en un auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras. Pese a que ese muchacho ya había comprado los boletos, yo no quise ir al teatro sino a escuchar la ponencia de Juan José. Lo que es el destino. Cuando entramos al foro ya había comenzado la conferencia. Arreola parecía un ángel caído del cielo que se arrancaba mechas de pelo, se colocaba detrás de nosotros y no sé qué más. Hablaba de Góngora. Yo era muy joven y no entendía la poesía gongorina, pero en medio de todo, sentada, empecé a pensar que Juan José era un verdadero genio. Me dije: "Este es el maestro que yo he esperado toda la vida". Él impartía un taller literario en Río Volga [en la colonia Cuauhtémoc]. Al terminar la conferencia hablé con él y me aceptó en su taller. Daba sus clases los miércoles a las siete de la noche. A esa hora se disparaban para allá todos los escritores que ahora son consagrados: José Emilio Pacheco, José Agustín. Así comenzó esa relación tan importante para mi formación que es, después de todo, una de las grandes experiencias de mi vida.